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 Libros silenciados: Reflexiones sobre el caso de María del Carmen Tapia.- Heraldo

110. Aspectos jurídicos
Heraldo :

Reflexiones sobre el caso de María del Carmen Tapia

Heraldo, 1/11/2017

 

La primera vez que leí, hace muchos años, Tras el Umbral, me quedé un poco perplejo. La pregunta que latía en el fondo, y que quizá en aquel entonces no fui capaz de formular explícitamente es si sería verdad toda la acusación que Escrivá le había dirigido a Maricarmen, es decir, si la actuación de Maricarmen realmente había justificado toda la cadena de decisiones y actuaciones del Padre sobre su caso.

 

Por su parte, Maricarmen sufre su propia perplejidad. En su libro repite en varias ocasiones que no podía explicarse lo que había sufrido precisamente del Padre y Fundador. Pues bien, considero que en el momento presente estamos ya en condiciones de dar una explicación suficiente sobre lo ocurrido, aún cuando quede finalmente algún residuo conjetural en toda esta historia. Voy a tratar de explicar qué fue lo que ocurrió, yendo tal vez más allá de la comprensión de la misma Maricarmen...



El mecanismo para la eliminación del numerario

Cuando comencé a colaborar en las labores internas leí una nota que me impresionó especialmente. Decía muy al final que si un miembro de la Obra llegara a sentirse carismáticamente llamado a reformar el espíritu del Opus Dei, habría que facilitarle la salida de la institución. Creo recordar que el tema general de la nota era cómo ayudar a los miembros que atraviesan dificultades en su vocación. 

 

En aquel entonces yo era un muchacho, y entendí que aquel documento, muy anterior a las Praxis y a los modernos Vademécum, hablaba de esa posibilidad como una hipótesis improbable, que quizá llegara a ocurrir alguna vez en un futuro remoto. Gracias a Opuslibros sabemos que la realidad ha sido, muy por el contrario, que muchos miembros de la Obra, sin necesidad de sentirnos reformadores, hemos manifestado nuestros desacuerdos con modos de hacer las cosas en la Obra y lo hemos comentado en la charla, a los directores y en carta dirigida al Padre.

 

Expresamos nuestros desacuerdos, dudas y opiniones porque sabíamos que debíamos ser sinceros acerca de todo lo que ocurría en nuestro mundo interior, pero también porque confiábamos en la Obra, en la rectitud de los directores y del Padre, y por tanto en su capacidad de rectificar. También estábamos dispuestos a cambiar de parecer si se nos explicaban las cosas. Pero estábamos muy equivocados. La consecuencia de esa sinceridad y esa confianza fue que se puso en marcha todo un mecanismo, bien previsto en el Opus Dei, mediante el cual se intenta el total sometimiento de la persona o, en caso de no lograrse, la expulsión de la institución. No se pierde lo que estaba perdido, se decía.

 

En el año 2007, Otaluto escribió un artículo que resulta estremecedor. Lleva por título "Un mecanismo sutil para la eliminación del numerario". Ahí se explica que el opus dei es un organismo que expulsa aquello que le resulta extraño. (Vademecum de los consejos locales, pag.48). Fue descrito así por el mismo fundador, esto no es nuevo. Ese organismo tiene un sistema inmunológico extremadamente sensible, apenas detecta el peligro, se pone en marcha un mecanismo sutil, pero eficiente y despiadado, que culmina con la eliminación del numerario.

 

No obstante lo anterior, debe tenerse en cuenta que la crítica al espíritu o a los modos de la institución no es un motivo suficiente para dimitir a alguien. Se hace necesario entonces lograr que el miembro “rebelde” solicite espontáneamente su salida, para lo cual hay que hacerle la vida imposible, o bien encontrar razones que sí justifiquen la expulsión. Mientras tanto, al miembro se le margina prudentemente para que no dañe a otros miembros ni al impulso proselitista.

 

Escrivá sabía que la Iglesia no le daría la razón

A mi modo de ver, Maricarmen Tapia es un caso ciertamente emblemático, pero finalmente un caso entre muchos otros (cfr. No valió la pena). Como es evidente por toda la información que conocemos de esta mujer, Maricarmen era una persona con mucha personalidad, enorme valentía y gran capacidad de liderazgo. Además, era un espíritu libre como pocos. Ciertamente que durante un buen número de años se encontró fanatizada, como casi todos nosotros mientras fuimos jóvenes. Pero ya en Venezuela logró una madurez y una audacia personales (Tras el umbral, p. 313) que no tenían cabida en el Opus Dei. Hasta que llegó un momento en que alcanzó la suficiente lucidez y valentía para cuestionar la doctrina del fundador según la cual los miembros que se confiesan con sacerdotes ajenos al Opus Dei no pecan pero hacen muy mal, han comenzado a oír la voz del mal pastor y han comenzado a emprender el camino de la infidelidad. Lo que no sabía Maricarmen es que la manifestación explícita de ese desacuerdo implicaba comenzar a pisar un terreno minado que terminaría haciéndole explosión.

 

En Tras el Umbral nos cuenta que desde su primera admonición se le señaló que uno de los motivos de aquella llamada de atención era que se había atrevido a “murmurar” unos documentos del Padre. Sin embargo, no se le dio a conocer de qué documento e indicaciones se trataba. No tuvo más remedio que conjeturar que se trataba de aquellos en los que se proscribía que los miembros de la Obra pudieran elegir con libertad su confesor, dentro o fuera del Opus Dei. Maricarmen menciona dicha conjetura en la página 320 de Tras el Umbral.

 

En mi opinión, este silencio resulta enormemente elocuente, y resulta clave para entender el caso de Maricarmen. En los años en que fui Director a nivel delegacional, nunca supe que se le ocultaran a nadie los motivos por los que se le hacía una admonición, y evidentemente resulta completamente anómalo que a alguien se le esté llamando la atención sin expresar claramente el motivo por el que se le corrige. Téngase en cuenta que una admonición no es una llamada de atención cualquiera. Es una llamada de atención con la potencial consecuencia jurídica de concluir en la expulsión del miembro, en caso de que el miembro se empeñe en no rectificar.

 

Tenemos pues, un cuadro compuesto por los siguientes elementos. Por una parte, la molestia del Fundador era superlativa. Por otra, a Maricarmen nunca se le dijo con claridad cuál era el objeto de esa molestia. Aunque se habló de documentos “murmurados”, Maricarmen no llegó a saber nunca de que documentos se trataba y qué indicaciones contenían. Nótese también que ese silencio se mantuvo hasta el final, y Maricarmen terminó dejando el Opus Dei sin saber por qué se le echaba de la Obra. Una de las cosas en las que ella más insiste en su libro es la falta de claridad con la que transcurrió todo el proceso desde que fue llamada a Roma hasta su salida del Opus Dei. De la supuesta murmuración de documentos se derivó después a temas de carácter sexual, los cuales nunca fueron materia de las admoniciones. Los temas sexuales sólo aparecen implícitos en la tercera admonición, y un poco más explícitos en la despedida (Los “adioses”, pág. 350-352).

 

Como es evidente, Escrivá de Balaguer estaba manejando una carta que, de cara a Maricarmen, se vio obligado a mantener oculta. Y tenía que mantenerla oculta por una razón muy clara: Escrivá sabía que la Iglesia nunca le daría la razón, y entonces Maricarmen finalmente le habría ganado la partida. De haber conocido Maricarmen el motivo por el que se le echaba de la Obra, se corría el riesgo de que ella llevara el tema hasta sus últimas consecuencias. Era preferible mantener el silencio y llevar la pelea en otra dirección (el tema sexual). Me parece sumamente claro que Escrivá era consciente que estaba contraviniendo un mandato de la Iglesia católica, de rango pontificio (decreto Quemadmodum de León XIII), cuando limitaba la libertad de los miembros de la Obra en temas de conciencia personal.

 

Repito que Escrivá debió haber tenido plena conciencia de lo que hacía y aún así siguió adelante. Y sin duda sus principales allegados también lo sabían y fueron cómplices en ese asunto tan importante. De algún modo logró darles la seguridad necesaria en que estaban cumpliendo la voluntad de Dios, pese a que desobedecían un grave mandato. Esa desobediencia estaba llamada a marcar la Obra para siempre, y constituirse como una característica central del Opus Dei, de su gobierno, de su dirección espiritual y de su efímera eficacia. Porque el tiempo nos ha demostrado que esa decisión ha sido también la ruina del Opus Dei.

 

Yo alguna vez escuché la razón de esa gravísima decisión del Padre. No puedo recordar de labios de quién, porque han transcurrido muchos años desde entonces, pero del concepto no tengo la menor duda. La razón que se esgrimía era que el fundador quería evitar que a la Obra le pasara lo que, según él, le había pasado a otras instituciones religiosas y a la misma jerarquía de la iglesia. Por esa falta de conocimiento de los superiores sobre la conciencia de sus subordinados, se había introducido la corrupción en ellas, aún en los más altos cargos de su organización, con la consiguiente pérdida de eficacia sobrenatural. Escrivá estaba convencido de que la eficacia de las funciones apostólicas dependía esencialmente de la santidad personal de quienes las ejercen. Por tanto, sin el debido conocimiento de esa idoneidad espiritual, no se podían tomar decisiones correctas en la asignación de los cargos y encargos apostólicos. Muy en concreto, lo que más preocupa en la Obra es que alguien que no vive la castidad tenga funciones de dirección y se ocupe en esas condiciones de la vida espiritual de sus hermanos.

 

La falta de libertad en la elección de confesor

en el marco global de la dirección espiritual y el gobierno del Opus Dei

Como es claro, la doctrina según la cual un miembro de la Obra sólo tiene buen espíritu si se confiesa con sacerdotes de la Obra, es un aspecto del modo peculiar como se lleva la dirección espiritual en la Obra, como parte del gobierno de la Institución. Maricarmen puso el dedo en la llaga y eso enfureció al fundador. No estaba criticando ningún detalle periférico, sino que estaba nada menos que cuestionando el punto sobre el que habría de pivotar la eficacia de la Obra.

 

Esta modalidad de dirección espiritual fue concebida por el fundador muy pronto, al menos en sus rasgos más esenciales. Se remonta a cuando en la Obra no había más sacerdotes que el propio fundador. En aquel entonces, nos decía, se encontraba atado de pies y manos para hablar con sus hijos de los temas que aparecían en confesión. Acudió entonces, para el sacramento, a la ayuda de sacerdotes externos mientras él se limitaba a atenderlos fuera de confesión, en lo que se conoce como charla fraterna. Pero aquellos sacerdotes dieron muy pronto “malos” consejos a algunos miembros de la Obra. Esos sacerdotes fueron su corona de espinas, decía. Se cuenta por ejemplo, que la primera vocación se perdió porque al mencionar en confesión que le llamaba la atención una chica, el confesor lo animó a tratarla.

 

No conocemos el detalle de lo sucedido con esa primera vocación. Lo que sí sabemos es que aquel consejo es visto en la Obra como la voz de Satanás, y que causó un gran sufrimiento al fundador. Aquel primer numerario habría estado llamado a ser canonizado, ejemplo para todos en la Obra. Gracias a Dios, después pudieron ordenarse hermanos nuestros y entonces la charla fraterna y la confesión fueron de la mano, conduciendo al miembro de la Obra a través de las borrascas de la vida interior. Cuando por el número de vocaciones ya tampoco le fue posible al Padre atender las charlas de sus hijos, se encomendó esta tarea a otros miembros de la Obra, los cuales representan al Padre en esa función.  Siempre se nos animó a hacer la charla y contar nuestras cosas a los directores como si fuera el mismo Padre quien recibía nuestras confidencias.

 

Todo suena muy bonito y muy familiar: el Padre y sus hijos que le abren su corazón. Pero este modo de proceder es precisamente lo que la Iglesia católica rechaza porque consagra la confusión entre gobierno y dirección espiritual. Cabe argüir en contra de la separación de gobierno y dirección espiritual, diciendo que el Opus Dei no es una institución sino una familia, o que no es una relación entre súbditos y autoridad, sino una relación entre un padre y sus hijos. Pero todo esto, por sublime que sea, no hay quién se lo trague hoy en día: ni la autoridad de la Iglesia, ni los miembros de la Obra. Quizá muy al principio la Obra tuviera una configuración semejante a una familia, pero con el pasar del tiempo la Obra se ha convertido en una superestructura con formas y configuraciones marcadamente institucionales. Y entonces la confusión entre gobierno y dirección espiritual resulta claramente inaceptable.

 

¿Por qué es tan importante la separación entre gobierno y dirección espiritual? Y la respuesta es clara: porque es la única forma de proteger a la persona frente a las pretensiones omnímodas a las que propende la institución. Esas pretensiones omnímodas de lo institucional sobre la persona están en la raíz de todos los males de la Obra. Es la primacía de lo institucional sobre lo personal. En el Opus Dei lo institucional lo fagocita todo. La conveniencia de separar gobierno y dirección espiritual queda paradigmáticamente demostrada en el Opus Dei por reducción al absurdo.

 

Hay un principio cristiano fundamental que dice que ninguna estructura institucional está por encima de la persona, sino que todas las estructuras están a su servicio y al servicio de sus derechos fundamentales. Un principio que la Iglesia católica no se cansa de repetir. Pero en Escrivá y su Obra las cosas se entienden al revés: la realización, la felicidad y la santidad de la persona se concreta precisamente en sacrificar toda su existencia al servicio de la institución. El miembro de la Obra se ha de hacer holocausto en su entrega a la Obra. El miembro es un simple instrumento. La persona sólo tiene el derecho de no tener ningún derecho.

 

En la Obra se pretende que el consejo de aquel sacerdote al primer miembro numerario fue un consejo frívolo y descaminado, y no se repara en que quizá, ¿por qué no?, fue un consejo adecuado y sobrenatural, pero que miraba al bien de aquella persona, que carecía de vocación para el celibato.

 

Por el contrario, la Obra acomoda todo a su servicio. Muchas supuestas vocaciones al Opus Dei no han sido más que producto de las innumerables argucias institucionales para conseguir reclutas a toda costa, importando poco o nada la verdadera vocación de la persona. Este mal es innegable en la Obra, y es una gran injusticia. Es radicalmente anticristiano e incluso inhumano que la Obra se sirva durante años de seres humanos bienintencionados para después de décadas quitárselos de encima porque le cuestionan sus incongruencias. También resulta inhumano someter a seres humanos bienintencionados a unas exigencias para las que carecen de vocación.

 

Lujuria oculta, orgullo manifiesto

Pero volvamos a Maricarmen. Ella tuvo la lucidez y la valentía de oponerse desde Venezuela a las pretensiones del fundador de controlar las conciencias de los miembros de la Obra. Y por eso se explica tan claramente que haya desatado una fuerte voz de alarma. Maricarmen atentaba contra una de las claves más profundas del Opus Dei. Por eso el fundador se la llevó a Roma y la encerró en una habitación durante siete meses, para lograr que se sometiera o para que pidiera “espontáneamente” su salida. Fue un procedimiento cruel e inhumano, muy acorde con su personalidad dictatorial. Pero ella aguantó todo ese tiempo, esperando contra toda esperanza, sin doblegarse, pero también sin pedir su salida de la institución. Se le habría concedido de inmediato; era lo que deseaban, porque la consideraban extremadamente peligrosa y porque comprobaron que se había convertido en una persona a la que no se podía manipular (cfr. p. 322. La explicación de Francisco Vives no tiene desperdicio. En esa conversación el único tema fue la soberbia de Maricarmen, que se había atrevido a cuestionar la doctrina del Fundador, aunque ahí tampoco se menciona para nada el objeto de esa soberbia).

 

Maricarmen fue secuestrada por Escrivá durante 7 meses, pero no se trata de un secuestro legalmente punible. Ella estaba ahí, sometida a la autoridad de Escrivá, por propia voluntad. En el momento en el que ella pidiera su salida de la Obra se le habría concedido y habría quedado libre. De esto no tengo duda. Pero como ella no se marchaba, se buscaron desesperadamente hechos graves y externos con los que pudieran dimitirla. Creían tener un antecedente de tipo sexual con Raimundo (cfr. idem pág. 317-318) y podrían buscar otros. En la Obra se considera que la peor soberbia es criticar la doctrina del Padre. También se tiene la convicción de que lujuria oculta, orgullo manifiesto. "Tú no eres nadie en el Opus Dei", le dijeron, reclamándole que se atreviera a murmurar documentos suyos. Tales manifestaciones de soberbia seguramente esconderían pecados de naturaleza sexual. La misma lógica se aplicó al caso de María Angustias Moreno, y a tantos otros, como se ha puesto en evidencia en esta web.

 

Aquí aparece un asunto interesante. Como yo mismo pude comprobar, esa línea de investigación a menudo daba resultado. Cuando un numerario presentaba lo que en la Obra se llama "espíritu crítico", más pronto o más tarde se descubría que también había dificultades con la castidad. No siempre era así, pero ocurría en no pocos casos. Esa constatación parecía confirmar el enfoque: quienes critican a la Obra lo hacen desde una inconfesada lujuria. Además, era una salida cómoda para los directores: tu verdadero problema es la castidad, es decir, el sexo como medio de control de personas. Lo que nunca se nos ocurría pensar es algo que resulta evidente para una mirada imparcial, y es precisamente que las dificultades con la castidad son fácilmente explicables cuando una persona está ahí sin verdadera vocación, cuando ha llegado al limite de sus fuerzas, cuando descubre que vive una vida absurda y se encuentra desgastado de tanta estupidez normativa.

 

Vuelve a relucir la razón de por qué es tan importante la separación entre dirección espiritual y  gobierno institucional. La autoridad sólo pensará en función del bien de la institución (que reclama el sometimiento de la persona) y nunca pensará en el bien de la persona misma (que bien podría estar reclamando, por ejemplo, que está ahí por meras artes y estrategias proselitistas, no por vocación).

 

En el caso de Maricarmen, el propio Escrivá, con toda su autoridad en la Obra y el brusco apasionamiento que le caracterizaba, puso en marcha una búsqueda de pecados de naturaleza sexual. Había que encontrarlos porque seguramente los habría. De encontrarlos tendrían la excusa para humillarla y ponerla en la calle. Lo ideal sería conseguir documentos jurados para llevar a cabo la dimisión de Maricarmen.

 

No sabemos qué llegó de Venezuela, pero antes quiero mencionar las graves incongruencias de todo el proceso. En primer lugar, la materia de la primera admonición canónica fueron los "histerismos y lloros" con los que recibe la noticia de que no volvería a Venezuela, y que había murmurando documentos. Ninguna de estas dos cosas son materia válida para una admonición canónica. La materia de la segunda admonición fue la desobediencia de escribirse con Ana María Gilbert y tener un apartado en Roma, es decir, una desobediencia. Esto tampoco es materia grave y externa que justifique una admonición, y tampoco puede ser segunda admonición, pues la primera versa sobre otro tema. Recuérdese que una segunda o tercera admonición debe versar sobre reincidencias en la materia de una primera admonición.

 

La tercera admonición es todavía más irregular porque carece de materia y, por tanto, mal puede seriarse con las dos primeras. Por los comentarios que Escrivá le hace en la despedida (cfr. idem p. 351), parece claro que alguna documentación se había recibido de Venezuela sobre los supuestos desvaríos sexuales de Maricarmen. Sin embargo, esas supuestas acusaciones no constituyeron la materia de ninguna de las admoniciones. La conclusión es muy clara: nunca lograron certeza de esos hechos, o al menos no fueron hechos externos escandalosos. La insinuación que de ellos hace el Padre en esa ocasión (cuando le habla de matrimonio "para  desahogar por ahí todos tus instintos") es insuficiente para un acto con consecuencias legales.

 

Las irregularidades mencionadas son sumamente graves y significan que el fundador y sus allegados cometieron una grave injusticia, pues se valieron de un procedimiento legal, manipulándolo a su antojo, para hacerle la vida imposible a una numeraria y precipitar su salida de la Obra, volviéndola loca con acusaciones genéricas que ella no podía comprender porque no se le hablaba con el mínimo de claridad.

 

No conocemos la manera como la región de Venezuela fue respondiendo a los requerimientos de Escrivá sobre el caso de Maricarmen, y en qué términos estaban plateados esos requerimientos. Pero basta observar  el enorme peligro de construir una “verdad”, una historia, bajo la orden del Padre, que se encontraba convencido de que había hechos ocultos de naturaleza sexual. El recuerdo de cualquier gesto, sonrisa o saludo, que en otro contexto carecería de significado, adquiría ahora connotaciones perversas. A mí me encaja perfectamente el liderazgo de Maricarmen con aquella acusación de que había logrado que la quisieran a ella más que a la Obra (idem p. 322), dando lugar después a sospechas sobre truculentas perversiones. Todos los líderes se ven rodeados de adeptos. Junto a equívocos y malentendidos se logró construir una hipótesis horrenda que no alcanzó rango de verdad probada, pero que se esgrimió como amenaza para instarla a que pidiera su salida. También se esgrimió para excluir a Maricarmen de la causa de beatificación y canonización del fundador. No podía ser de otra manera.

 

 

Conclusiones: el Opus Dei no rectificará

¿Lo anterior demuestra que el Opus Dei carece de un origen divino? No, pero sí demuestra al menos que no todas las ocurrencias de Escrivá tuvieron origen divino. Pero entonces tenemos a un fundador que no sabe distinguir lo que procede de Dios y lo que procede de sí mismo. Escrivá cree que todo lo que procede de sí mismo procede de Dios. Peor: cree que es de Dios todo lo que procede de sí mismo y todo lo que procede de sus sucesores, siempre y cuando no le contradigan a él. Me parece muy extraño fundador y muy extraño santo.

 

A mí lo dicho aquí me hace concluir varias cosas:

 

1.    El Opus Dei tiene en su entraña modos de proceder fundacionales que contravienen principios muy delicados e importantes de la Iglesia Católica. Tal es el caso de la no separación de la dirección espiritual y gobierno de la Institución llevada a cabo en la Prelatura. Como la Obra sabe que esos modos de proceder son inaceptables, los oculta a la jerarquía y se las arregla para continuar poniéndolos en práctica, justificando del modo que sea las iluminaciones del fundador.

 

2.    En su concepto original, tal y como está configurada fundacionalmente, la Obra procede afirmando en la práctica una supremacía de lo institucional sobre lo personal. Esto ha dado lugar a consecuencias perniciosas a lo largo de su historia. Entre las más graves se encuentra el atropello que continuamente hace de las personas, a quienes utiliza a su servicio, desechándolas luego cuando ya no le son útiles y/o cuando comienzan a darse cuenta de las incongruencias del así llamado “espíritu de la Obra”.

 

3.    La mayor parte de los miembros de la Obra, incluidos muchos directores, son buenas personas, que proceden con la mejor de las intenciones, pero que han sido deformadas en su conciencia y se ven enredadas en modos de proceder anticristianos e incluso inhumanos con el pretexto de cumplir la voluntad de Dios.

 

4.    Es imprescindible que la autoridad de la Iglesia Católica tome con valentía cartas en el asunto y someta al Opus Dei a una revisión a fondo, a fin de rectificar lo que sea necesario. De no hacerlo y dejar que el tiempo corra, se seguirá dañando la fe de muchas personas por el descrédito que esta omisión produce.

 

5.    Me atrevo a afirmar que la Obra no rectificará nunca acerca de la confusión entre jurisdicción y dirección espiritual, por considerarla de carácter fundacional. La declaración tan abierta y clara de Javier Echeverría en sentido contrario (cfr. carta de octubre de 2011), en la que miente descaradamente diciendo que en la Obra siempre se ha respetado la separación entre gobierno y dirección espiritual, no tiene ni puede tener otro significado que la evasión de la autoridad de la Iglesia.




Publicado el Miércoles, 01 noviembre 2017



 
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