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 Tus escritos: ¡Qué buen vasallo, si oviesse buen señor!.- El Cid Campeador

020. Irse de la Obra
ElCidCampeador :

¡Qué buen vasallo, si oviesse buen señor!

El Cid Campeador, 10/07/2017

 

 

Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor  (Cor 4, 2-3)


No desees una multitud de hijos malvados, no te goces de tener hijos impíos. Aunque sean muchos, no te alegres, si no tienen temor del Señor. No confíes en que vivan muchos años, ni te creas seguro porque son muchos; que más vale uno que mil, y morir sin tener hijos que tenerlos impíos
(Eclesiástico, 16, 1-3)

Me gustaría hacer una aportación, motivada por el informe sobre las chicas del Centro de Estudios (que rezuma de la libido dominandi agustiniana) y el escrito de Gervasio sobre las pretensiones del Opus Dei de formar parte de la jerarquía de la Iglesia.

En ese informe se habla mucho de obediencia, en mi opinión la única virtud que le interesa al Opus Dei para sus miembros. Obediencia que no tiene fundamento jurídico en los estatutos de la Prelatura, y como diría Santo Tomás la potestad recibida para mandar proviene de Dios y la obediencia ilícita define el caso de obediencia cuando el superior ordena algo fuera de su competencia, que es lo que sucede constantemente en la obra...



El estatuto jurídico del numerario está “regulado” por la arbitrariedad del Padre y de los directores (obediencia y razón van juntos, y excluyen la arbitrariedad por definición), que dirigen una organización cuya única relación con la Iglesia es la legitimidad que le otorga su erección en Prelatura Personal. 

La “obediencia perfecta”, siguiendo a Santo Tomás, existe en la vida religiosa cuando alguien se compromete a obedecer, en aras de la perfección, en más cosas de las que está necesariamente obligado. Esta virtud propia de los religiosos es la que exige tácitamente la obra, de manera expresa, negándolo siempre (esta última frase es un chiste mío).

Cito unos versos de José Martí:

¡Maldiga Dios a dueños y tiranos

Que hacen andar los cuerpos sin ventura

Por do no pueden ir los corazones!

Esa obediencia férrea impide el desarrollo personal, que es conditio sine qua non para alcanzar la santidad. Jesús dice a Nicodemo que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. No es suficiente la vida biológica, sino que debemos conquistar la santidad en una lucha personal, personal, personalísima. En el Opus Dei esta lucha personal no existe, pues santidad equivale a obediencia. Se pretende fabricar unos clones de nuestro Padre, con la falsa idea de que nuestro Padre es un clon de Dios (imitar a Dios “por el conducto reglamentario”, que decía don Álvaro abusando del lenguaje militar). Una serie de individuos pluricelulares idénticos. En el Opus Dei no se “hereda” de Dios, se hereda de nuestro Padre y así se interrumpe el camino hacia la santidad que es el camino hacia Dios; se olvida de que hay que trascender a Josemaría para llegar a Dios y que el deseo de Josemaría debería ser el tener unos hijos mejores, que no estén limitados por sus carencias; al fin y al cabo Dios se encarnó en Jesucristo, no en Josemaría.  El “deseo de santidad” se castra en el más puro sentido freudiano y sus miembros permanecen en la vida biológica de la que habla Jesús a Nicodemo, siguiendo unas indicaciones anacrónicas dispuestas por el fundador. Prueba irrefutable es la cantidad de enfermos mentales dentro de la obra ya que si el camino marcado por la obra fuera el amable camino de Dios eso no pasaría.

Lo correcto hubiera sido la desaparición de nuestro Padre –y de todas sus disposiciones anacrónicas que se intentan seguir de una manera patológica- para que fuese Dios, el deseo de Dios y de santidad, el que ocupase su lugar. Ello no ha sido posible porque sus sucesores carecían de una vida espiritual propia. Su vida espiritual se limitaba a copiar patológicamente todo lo que hizo y dijo el Fundador y así la obra –lo que Dios quiso que fuese- desapareció para siempre con su fundador. Esto es la vida misma, que se impone sin piedad a cualquier manipulación. La realidad es de plomo, y tarde o temprano se acaba chocando con ella.

Es curioso que aquello tan citado: “si no habéis pasado por la cabeza y el corazón del Padre habéis equivocado el camino” se parece mucho a la reformulación del imperativo categórico kantiano que formuló el oficial nazi de las SS Adolf Eichmann: "obra en forma tal que el Führer, si tuviera conocimiento de tus actos, los aprobara".

A pesar de todo, los directores se empecinan dogmáticamente en seguir este camino. Ellos –los actuales- sobrevivirán al fracaso con la esperanza de que, siguiendo este camino, la obra se regenerará en un futuro que no verán; otros, situados en ese futuro, heredarán estos problemas que solo se convertirán en acuciantes cuando también sean problemas materiales, económicos. Allí hasta la espiritualidad postiza se irá al garete, down the toilet.

Unos versos de Gerardo Diego pensando en el fundador:

Siempre abiertos tus ojos

(muchas veces se dijo) como un faro.

Pero la luz que exhalan

No derrama su chorro en los naufragios.

Para ilustrarlo me gustaría contar mi historia personal.

Yo pité a los 15 años. Nunca vi mi vocación, pero el sacerdote con el que me dirigía me dijo que sí, que él la había visto; igual otros numerarios con los que hablé. Siempre he tenido un gran respeto por la autoridad (se me está pasando, después de lo que he vivido) y soy muy racional. Nunca pensé que un sacerdote quisiese algo malo para mí o que me dijese que había visto una vocación si no la había visto (este sacerdote dejó la Obra al cabo de unos años, como tantos). También hicieron mella en mí esas veladas amenazas que conocéis: si ahora das la espalda a Jesucristo, nunca serás feliz. Así que escribí la carta.

Lo que más refleja mi idea de la obra en ese momento es la arenga de Enrique V el día de San Crispín, antes de la batalla de Agincourt inmortalizada por Shakespeare: We few, we happy few, we band of brothers mezclada con la idea platónica de la felicidad representada como un grupo de amigos buscando la verdad.

Ante esta idea luego me encontré con el afán de dominio de unos pocos y con la arbitrariedad como fundamento del gobierno (la arbitrariedad, un choque de trenes con mi racionalidad que me llevó a la locura). Respecto a su constitución, más que la clásica distinción entre numerarios-supernumerarios-agregados, yo identifiqué la de caudillos-secuaces-pringados. Yo formaba parte de estos últimos.

Después de treinta años me aconsejaron que dejase el Opus Dei: no puedes llevar el peso de la vocación, me decían, no te preocupes, insistían, para ti el rejalgar “no aplica”: tú no eres como los que se van en mal plan, tú no puedes seguir con esto (el detonante fue una anécdota que contaré más adelante). Tienes una cuenta corriente en el cielo –me decían- todo lo que has hecho hasta ahora se te compensará (hago notar la mentalidad mercantilista, como los mercaderes del templo que echó Jesucristo del templo a latigazos). Incluso me ofrecieron presentarme algunas supernumerarias solteras (si no lo oigo, no lo creo). Les pregunté si podría pasar a supernumerario, me dijeron que no, si podía acudir a retiros, me dijeron que no; sí podría dirigirme con un sacerdote de la prelatura pero debería ser fuera de un centro de la obra. No hice estas preguntas porque quisiese ser supernumerario o ira un retiro, simplemente quería información acerca de cómo veían ellos mi futura relación con el Opus Dei.

Yo tenía mis defectos –lo reconozco- y el director del centro me decía que si estuviese casado mi mujer me habría echado de casa hace tiempo (me casé hace años y mi mujer está muy contenta conmigo); una boutade más de director profeta (a quien por cierto hice todos los ejercicios de contabilidad cuando cursó su máster para ejecutivos en el IESE –que yo nunca cursé- financiado por una obra corporativa en la que por supuesto trabajaba, porque a pesar de haber estudiado empresariales iba más perdido que un pulpo en un garaje y no tenía ninguna intención de aprender). 

Sin embargo, a esto les podría haber respondido con las palabras de Estella en Grandes Esperanzas, de Dickens (capítulo 38). Lady Havisham reprocha a Estella, la niña adoptada a quien legó su inmensa fortuna, su conducta (yo, que estuve sujeto a la obediencia en la obra desde los 15 años, me identifico con su respuesta):  

- Debería usted saber que soy tal como usted me ha hecho. A usted le corresponde toda alabanza y todo reproche. A usted se deberá el éxito o el fracaso. En una palabra, usted es la que me ha hecho tal como soy.

Después de varias conversaciones con el vocal de San Miguel y con el Director de la Delegación me fui a ver al Obispo de mi diócesis, a quien le expuse el caso. Imprimí los Estatutos, el Catecismo de la Obra y la Instrucción de San Miguel, que encuaderné y le entregué para ilustrarle. Tuvimos tres conversaciones. Al principio se ofreció para ir a hablar con el director de la Delegación, con quien había coincidido en alguna ocasión (“viven una vida aparte, a veces aparecen por algún evento, pero por regla general hacen su vida”, me dijo más o menos con estas palabras). Más adelante se echó atrás y me dijo que quizá lo más conveniente para mí sería salir con la cabeza bien alta (y el corazón destrozado). Así que tuve que aplicarme el punto 40 de Camino y entregar mi carta de dimisión: Fe, alegría, optimismo. —Pero no la sandez de cerrar los ojos a la realidad.

La historia empezó un día del mes de mayo, cuando me dijeron que tenía que dejar el centro en que vivía, un día cualquiera entre la Santa Misa y el desayuno, en passant, en una conversación que duró dos minutos y terminó con la pregunta ¿qué harás ahora?, mi contestación: buscarme un piso y tras una sonrisa de complicidad por parte del director: “pues vamos a desayunar”. Al cabo de un par de días, en el trabajo y tras un subidón de adrenalina me agencié un piso, cogí dos maletas, le pedí prestado el coche al cura e hice el traslado otro día cualquiera a las cuatro y media de la tarde; por cierto, el cura me dejó el coche a regañadientes, eso lo dejó bien claro. Esto debió ser un martes. El fin de semana vino mi madre, me ayudó a comprar ropa de cama y cosas para la limpieza y me consiguió una persona que viniese una vez a la semana para ayudarme con las labores del piso. 

Echarme del centro fue el primer paso de la operación de acoso. Es importante hacer notar que después de muchos años ganándome más o menos bien la vida, la última crisis económica impactó desfavorablemente en mi economía. En situaciones normales estaría viviendo de las reservas, no me iba bien el trabajo, pero como yo no tenía reservas (había entregado todos mis beneficios) en esos momentos era deficitario. 

A partir de aquí algunos meses desconcertantes con el corazón enrabietado por una injusticia –un escándalo- ante la que estaba impotente, y a los que aplicarían los versos de Rubén Darío:

Potro sin freno se lanzó mi instinto,

mi juventud montó potro sin freno;

iba embriagada y con puñal al cinto;

si no cayó, fue porque Dios es bueno.

 

La operación de acoso estuvo bien pensada.  Por supuesto, dejé de dar medios de formación a supernumerarios y me quedé sin encargos. Ninguna de las personas con las que estuve viviendo –en algunos casos durante más de una década- vino a verme a mi apartamento o se interesó por las condiciones en las que vivía. Todo esto son hechos objetivos. Iba al círculo los domingos a las nueve de la noche; nunca me invitaron a quedarme a cenar –ni una sola vez- y a participar después en la tertulia de la noche (recordad que el Fundador consideraba la tertulia tan importante como cualquier norma). Al acabar el círculo, vete a tu casa: todos desaparecían en el comedor corriendo -como si les fuese a quitar su comida de la boca- y yo me iba a mi piso de soltero. Eso sí: el director de San Miguel –con quien hablaba regularmente- me decía que no era necesario que me invitasen a cenar, que yo podía cenar allí cuando quisiese porque esa era mi casa. Otro choque de trenes con el “principio de realidad”, que solo empeoraba las cosas. Yo sabía que algo no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido.

En el Opus Dei todo es una contradicción, todos se contradicen. También fui a Madrid a ver al Vicario Regional para ponerle al corriente de mi situación, quien me dijo que no podía ser verdad lo que me estaban diciendo en la Delegación. No hizo nada por aclararlo, que yo sepa.

Al final hice caso al obispo: entregué mi carta de dimisión en la que dejaba claro que la escribía porque así me lo habían pedido insistentemente los directores. Se pusieron muy, muy contentos.  Al cabo de mes y medio estaba yo viendo la tele echado en el sofá y de repente me suena el móvil: ya te han dado la dispensa, me dice el vocal de San Miguel.

Como curiosidad añadir que la carta la cambié por mi expediente académico, un quid pro quo.  Algo así como en el puente de los espías durante un intercambio de rehenes: yo te doy la carta de dimisión y tú me das el expediente. Convalidé las asignaturas en la Facultad de Teología y después de hacer un “curso puente” para los alumnos procedentes del seminario me otorgaron el título de Grado en Teología ¡¡soy bachiller!! Mi expediente académico es la única prueba que tengo de haber pertenecido al Opus Dei. Y lo único que me he llevado.

El futuro del Opus Dei es muy negro porque ha perdido su identidad, si es que algún día la tuvo, pues la historia jurídica se parece a lo de El hombre en Busca de Sentido, Un Personaje en Busca de Autor o la película El Náufrago. Las reformas externas no servirán de nada porque falta la sustancia. Ya decía Aristóteles que no se trata de saber en qué consiste la virtud sino más bien se trata de ser virtuoso. Y San Pablo que la letra mata y el espíritu vivifica. Soy amigo del Redentorista de mi ciudad: vive en un inmueble de cinco pisos en el que se encuentra solo, con una gran Iglesia adosada a la que llaman Santuario de la Virgen del Perpetuo Socorro (ahora convive con un sacerdote ortodoxo que atiende a la comunidad ucraniana; un día le propondré convertirse en prelatura personal). Cuando voy a verle pienso que eso será lo que quede del Opus Dei: los inmuebles; un día, otro será amigo del numerario de su ciudad, que vivirá en una habitación dentro de un enorme edificio vacío. 

Quizá podría cambiarse el carisma fundacional para adaptarlo a la realidad: el Opus Dei fue inspirado por Dios para hacer colegios y universidades, así como actividades de formación alrededor de esta actividad principal. Es una cosa muy bonita y provechosa. “Santificarse en el trabajo ordinario” no puede ser un “objeto social”, es demasiado general y aplica a todos (el Registrador Mercantil rechazaría los estatutos de una sociedad cuyo objeto fuese “comerciar y ganar dinero”, es general y aplica a todos).  Es mejor dejar de hacer este espantoso ridículo: no ha sido el Opus Dei el que ha dado la vuelta al mundo como un calcetín; ha sido el mundo el que ha dado la vuelta al Opus Dei como un calcetín.

También pienso en la Iglesia. Cuando alguien se acerca con confianza al Opus Dei es porque está avalado por la Iglesia católica. Como cuando entras en un McDonalds o en cualquier franquicia también avala la marca sus estándares de calidad. No se puede usar así a la Iglesia, como una excusa para pedir dinero (recuerdo un sagrario, que se pagó varias veces: se iba pidiendo dinero para el sagrario y todos iban dando ilusionados; no sé en qué gastaron el resto pero desde luego no para el sagrario; siempre hay teorías éticas para justificarlo todo). Ya está bien de asociaciones y carismas que van surgiendo para desaparecer o quedarse esmirriados. La Iglesia es necesaria y no me importa que tenga defectos, pero todas estas organizaciones son contingentes y por ello se tienen que ganar su identidad si quieren seguir existiendo.

Termino con una cosa del psiquiatra Viktor Frankl: cuando le preguntaron dónde estaba Dios en Auschwitz contestó con otra pregunta: ¿dónde estaba el hombre?  Al Opus Deis se le puede preguntar lo mismo.

El Cid Campeador




Publicado el Lunes, 10 julio 2017



 
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