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 Tus escritos: Como muelle que fue comprimido.- Fueraborda

040. Después de marcharse
fueraborda :

No quiero recordar ni recuerdo, ni quiero que me recordéis, de dónde he cogido esta frase que me viene ahora como anillo al dedo. Y es que al dejar la obra, es así como habitualmente salimos: disparados. Tan disparados que corremos el riesgo de pasarnos de frenada.

 

Así salí yo, y así habréis salido muchos, y así has salido tú, según veo, mujer con la que compartí hechos increíbles siendo ambas muy jóvenes, y teniendo la responsabilidad de estar al cargo de aquel centro caótico con numerarias mayores indomables y directoras que se nos marchaban una detrás de otra. Recuerdas?

 

Sufríamos y reíamos. Lo soportábamos todo con sentido del humor, especialmente tú, con tus características carcajadas que tanto me relajaban. Tú y yo nos intercambiábamos la ropa que nos mandaban con tanto cariño nuestras madres. Entonces éramos muy jóvenes, tipazos, y unitalla. Han pasado casi 50 años, y nos hemos comentado que estamos como focas. Nos reconoceremos?

 

Pero la metí. Metí la pata y no hemos llegado a vernos. No quieres. Y es que estás en la primera fase del disparo del muelle que fue comprimido. Te entiendo.

 

Te cuento cuatro reacciones de mi vida, con sólo cuatro entre cientos hay suficientes para que muchos, tú entre ellos, comprendáis que solemos salir con unas ansias tales de libertad que el muelle comprimido salta más allá de lo razonable.

 

Uno.

Al pegar el portazo, tuve el privilegio de poder ir a descansar al lugar de la sierra donde pasé los veranos de mi infancia. Paseaba temprano (todavía tenía el maldito hábito de madrugar) observando los distintos estilos de las villas veraniegas, las copas de los árboles con sus distintas tonalidades... cuando me sorprendió un amable lugareño preguntándome a dónde iba. Y horror! Salté como una víbora: "y a usted que le importa". Sí, de verdad que esa fue mi incalificable respuesta. ¡Que daría ahora por encontrarme con ese sencillo campesino! Tengo una deuda con él.

 

Segundo recuerdo.

Un buen día, recibí una llamada de un cura numerario, muy liberal él, como veis, pues soy mujer. Quería hablar conmigo, y me propuso acudir a la iglesia donde confesaba, terreno neutral. Me negué, pero en vista de su insistencia le hice una contraoferta: si tiene tanto interés, le espero en mi apartamento, donde le invito a una copa. No habría hecho falta ponerle contra las cuerdas, pero esa fue mi reacción. La defensa. La defensa ante quien no me ataca. Veis? Habla la herida, que no yo. No se dio por vencido el cura, y "sin ponerse en ocasión de pecar" me pidió permiso a través de un mail para darle mi teléfono a un amigo suyo viudo, próximo a mi edad, abogado del Estado, y bla bla bla... Acepté. Un Loden y gafas Ray-ban, fue la descripción que me hizo. Pues cuando veas a una rubia, que no se distingue en nada de las demás rubias, esa soy yo. El plan no cuajó, pero... Esos prejuicios, fueraborda! Tú qué sabes? Te equivocaste de parte a parte cuando creíste que la misión de ese don era seguir sacándote jugo, nombrarte cooperadora, o cualquier otro opusino plan.

 

Tercer recuerdo:

Frente a la chimenea, y cómodamente recostada en el sofá, buscaba en mi portátil: "Se vende piso amplio y luminoso... Todavía no le había dicho que sí, pero mientras daba largas a esa unión de por vida, a sus espaldas y a hurtadillas iba yo preparando nuestro futuro. El hombre de mi vida no podía imaginar que yo reaccionaría como reaccioné cuando se arrimó a mí y echando un vistazo a la pantalla, me pregunto: que haces, amor? En aquel histérico momento estuve a punto de echar por la borda la felicísima vida que me esperaba. Tal fue su desconcierto, que ni siquiera se atrevió a recomendarme un psiquiatra. Me costó acostumbrarme a que a mi marido necesita compartir todo conmigo. Odio tanto el control y a la intromisión! En la obra cuentas tu intimidad, eres espiada, y pones todo lo tuyo en sus manos. Tanto, que es difícil luego entender que compartir es recibir. Que la confianza verdadera, relaja y hace feliz.

 

Cuarto y último recuerdo:

Ese mismo hombre, el de la chimenea, el que necesita compartir, el que es ahora mi marido, acostumbra a decirme: "tengo que hablar contigo". Cuantas veces me lo habrá dicho? Cientos? Miles? Pues no hay vez que no me estremezca y que no note en mis entrañas como un retortijón. Dime. Qué quieres?  Y ¡tonta de mí! que no me acostumbro... "No, sólo preguntarte si te apetece este concierto, o este viaje... O que por qué no planeamos tal celebración...” Por qué me pasa eso? Que por qué? Porque en la obra nunca nos llamaron para alegrarnos el corazón.  Pero ahora ya no es lo mismo, ahora normalmente estamos rodeados de gente de bien.

 

Pues sí, lo del muelle que fue comprimido existe, vaya que si existe! Y cuanto antes lo frenes, menor será tu tiempo de adaptación. Todo es cuestión de enfocar bien la lente.

 

Espero tu llamada, y espero también que pasemos buenos ratos rememorando aquellos años de juventud que perdimos en la obra. 

 

Un abrazo para ti y para todos

Fueraborda




Publicado el Viernes, 05 mayo 2017



 
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