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 Tus escritos: Cartas María del Carmen Tapia / Javier Echevarría.- Ioannes

070. Costumbres y Praxis
Ioannes :

Estimados:

 

Leyendo el intercambio de cartas entre los difuntos María del Carmen Tapia y Javier Echevarría, creo importante puntualizar algunas cuestiones.

 

Resulta esencial abstraer del texto aquello que se quiere mostrar como un simple intercambio de cartas –confidencial e íntimo- de lo que siempre ha sido la Obra: un montaje de engaños y de imagen “hacia afuera”.

 

Ahora la Obra lo hace simulando un intercambio epistolar entre ancianos supuestamente amigos; pero la Obra vuelve a ser lo que siempre fue, una cuidadosa muestra de “imagen institucional” donde nada de lo que hizo mal –y muy mal- se desmiente o corrige, sino que se mantiene igual e inflexible para que “todo cierre por todos lados”, aunque sea mentira.

 

Porque, menos la verdad “todo tiene que cerrar”. Un rasgo de perversidad es el momento elegido para esta estrategia de “cartas íntimas” diseñada por la Obra, un momento cercano a la muerte de María del Carmen y del propio Prelado que, en este episodio, ha hecho (nuevamente) un papel inmoral y tristísimo de inventor de calumnias sexuales insinuadas y fabricador de realidades inexistentes. Un “ejecutor” de la imagen institucional, pública y falseada de la Obra.

 

Basta destacar lo siguiente...



(1)   En ningún momento el Padre desmiente las afirmaciones de Carmen Tapia –relativas a los encuentros personales que ambos tuvieron hace unos años- respecto a la falsedad de sus propias declaraciones testimoniales -en relación a María del Carmen- en el proceso de beatificación y canonización del Fundador. Es decir, el Prelado admitió privadamente a Carmen Tapia que mintió –calumniosamente además- sobre ella y los hechos de su paso por la Obra en su declaraciones testimoniales –que implican juramento de decir verdad- en un proceso de canonización de la Santa Iglesia. Ahora, interpelado por Carmen Tapia sobre tales conversaciones privadas admitiendo su testimonio falso y calumnioso, el Prelado guarda completo silencio al respecto en esta carta que hace pública.

Lo antedicho constituye un hecho gravísimo pues, admitido en privado por el difunto Padre ante la propia implicada –María del Carmen Tapia- que sus declaraciones testimoniales bajo juramente en un proceso de canonización de la Iglesia fueron falsas, esperamos (rogamos) que, al menos, el difunto Prelado sí lo haya desmentido también -antes de morir- ante su propio confesor, porque ¡Vaya si son calumnias graves, sin prueba alguna que las corroboren y que lo llevarían al infierno! –el mismo infierno con el que luego amenaza a María del Carmen por sus propias supuestas calumnias, olvidando el Padre las suyas-. Más cuando es obvio que esa eventual desmentida del Padre ante su confesor –si es que existió- no fue pública, como lo fue su testimonio juramentado -mentiroso o falaz- en un proceso de canonización de la Santa Madre Iglesia.  

(2)   Dicho eso, la carta del Prelado -que es obvio no fue escrita por él- no es más que una nueva maniobra institucional del Opus Dei para cuidar su imagen pública y la de su Santo Fundador, otra desmentida institucional de la Obra –disfrazada de correo privada e íntimo- al libro de Carmen Tapia en aquellos precisos episodios de “Tras el umbral” (detectados después de un cuidados examen previo de todo el libro y todas sus repercusiones en la esfera pública) que más daño han provocado al Opus Dei y a la figura de San Josemaría en todos estos años, mezclándolos hábilmente con otros puntos “flojos” del mismo libro de María del Carmen para dar la apariencia de que todo lo que escribió María del Carmen es “flojo”.

De ahí también que, en medio de tanto lenguaje “dulce y cuidado” hacia María del Carmen, el difunto Prelado le hablara de sus “pobres páginas” desmereciendo todo el libro que, por otro lado, es el objeto principal de su carta. En efecto, cuando se leen bien la carta del Prelado es obvio que la persona de María del Carmen Tapia es absolutamente secundaria, lo realmente importante en la carta del Prelado es el libro, especialmente en uno de sus episodios que -con precisión quirúrgica- se ocupa el difunto Prelado de tratar de desmentir.

Leída esta carta del Prelado –una verdadera misiva institucional del Opus Dei- en lo que “hace” (no en “lo que dice”) es obvio que la persona de Carmen Tapia le importa un bledo al difunto Prelado, solamente le importa el libro de Carmen Tapia y desmentir algunos puntuales episodios que, hasta el día de hoy, hacen ruido a la fama de santidad del Fundador. ¿Cuántas cartas del Prelado a ex numerarios salidos en el año 1966 conocemos? Ninguna. Importa María del Carme por su libro, no por ella misma. Si hubieran sido tan “pobres” las páginas del libro de Carmen Tapia no estaría Monseñor Echevarría –e institucionalmente la Obra- ocupándose de ellas unos años antes de pasar a mejor (o peor) vida. La carta debería haber hablado a Carmen Tapia y de Carmen Tapia -y solamente de ella y de su alma-, sin ser necesario siquiera mencionar nada de esas “pobres páginas” que, siendo tan “pobres” y tratándose de un santo canonizado “tan, tan santo, como pocos en la historia”, no deberían hacerle mella alguna; pero las “pobres páginas” hacen mella, desde su publicación en los año 90 y hasta el año 2017, y constituyen todo el objeto real de esta carta del Prelado del Opus Dei a una ex –numeraria anciana que partió de la obra en el año 1966.

 (3)    Por eso no es extraño, ni mucho menos casual, que el primer hecho que señala esta carta institucional del Opus Dei a Carmen Tapia, a efectos de desmentirlo como real, señalando incluso que existen testimonios notariales en contrario -que convertirían entonces en una mentira de María del Carmen Tapia lo por ella escrito-, sea justamente el pasaje del libro “Tras el Umbral” en que San Josemaría aparece en primer plano y en primera persona, insultando de modo soez a María del Carmen Tapia en el mismo momento en que la echa de la Obra, con transcripción literal de sus palabras groseras –impropias de un sacerdote o, siquiera, de una persona de la edad del Fundador entonces, con equilibro mental y social-, gritándole y tratándola como si fuera una basura humana, de modo contrario a la más elemental caridad y, por supuesto, de modo antitético a cualquier imagen de santidad, negándole incluso su bendición sacerdotal. Vemos el verdadero corazón de San Josemaría –tantas veces sufridos por sus hijos numerarios- vengativo, duro e inhumano, antes que sacerdotal y configurado en Cristo.

Este pasaje muestra además al Fundador del Opus Dei en dos de sus rasgos de personalidad más negativos, que siempre cuidó de disimular: su iracundia y su ordinariez humana, tan lejana esta última del supuesto aire aristocrático o noble (marquesado de Peralta mediante) que siempre quiso asignarse y que nunca tuvo -ni él ni su familia, y lo digo sin agravio-. Un pobre ordinario, no un aristócrata o siquiera, finamente educado niño de buena familia burguesa (como lo fue María del Carmen Tapia).

(4)   No me cabe duda que esa única página de libro de Carmen Tapia, contada en primera persona y donde aparece el Fundador en algunos de sus rasgos más propios y auténticos, el de un líder religioso iracundo, grosero, carente de toda caridad, amenazante en su poder, padeciendo un autoritarismo desenfrenado –propio de un dictador- para anular sin piedad a una persona a fin de no manchar el “buen nombre” de su Obra -tal cual fue y era el Fundador en ese momento- constituyó el peor daño realizado a la imagen de la Obra y de San Josemaría en toda su historia.

Y eso es así por ese hecho puntual replica y enlaza, de un modo bien concreto y real, la perversa falta de toda caridad del Fundador del Opus Dei (replicada luego a lo largo de la historia de la institución en cientos de directores que han actuado igual, con diferente grado de gravedad o alevosía) con el absolutismo institucional del Opus Dei por proteger su imagen y buen nombre (pisando incluso sin piedad alguna a las personas que le entregaron durante años alma, cuerpo, vida, salud, trabajo, familia de sangre y hasta el último centavo) sobre cualquier otro factor de conmiseración.

El episodio de “los adioses” del libro de Carmen Tapia concentra y sintetiza todo el pasado, todo el presente, y todo el futuro de los más perverso que tiene el Opus Dei en relación a sus miembros numerarios y, como hecho realísimo que fue, tiene la virtud y el mérito de que sea la propia persona del Fundador quién lo lleva adelante con toda su fuerza y sin piedad alguna.

Es el espíritu real de la Obra, cristalizado en su peor aspecto y en los actos de su propio Fundador. Humillar, insultar, destratar, amenazar, anular y despreciar humana y católicamente a una persona que –aún pudiendo ser una gran pecadora, hecho que en nada queda claro respecto de Carmen Tapia- jamás debió merecer ese trato respecto de un Fundador –supuestamente santo- y de una Institución a la que le dio su vida, cortando incluso los lazos con su propia familia de sangre.

Y el episodio tiene fuerza y realidad porque siendo el momento culmen del libro de María del Carmen se articula perfectamente y de modo consistente con todo el proceso previo sufrido por la autora, y luego con todo el proceso posterior a los “adioses”. En efecto, María del Carmen Tapia es denigrada como persona y católica por el Fundador al salir, y luego es anulada como persona por la Obra como institución, borrando todo su paso por la Obra como si ella jamás hubiera existido. Todo ante el testimonio mudo de los directores que, como autómatas, consienten y aprueban –habiendo sido antes brazos ejecutores de ese proceso- la brutalidad de San Josemaría con esta numeraria.

Esa página de “Tras el Umbral” –por su concentrada y sintética verdad sobre el Opus Dei y su Fundador- ha hecho más daño a la figura del Fundador del Opus Dei y a la Institución en sí, que a los cientos de testimonios parciales y dramáticos que uno puede encontrar en la WEB de ex miembros –incluidos sacerdotes-, porque en sí este episodio sintetiza toda la perversidad institucional del Opus Dei saliendo de la boca, el corazón y la mente de su propio Fundador en un hecho concreto, grosero, perverso y -esto es lo hace este episodio tan valioso- repetido luego a lo largo de la historia de la Obra en esos tantos otros casos, en distinto grado y con distinta gravedad, que se contienen en esta WEB.

Los casos de esta WEB son así de terribles, de destructivos de las personas, porque está en el “alma y el espírtu” de la Obra conforme la llevó a la práctica su Fundador: el episodio de los “Adioses” del libro de Carmen Tapia es la prueba. No fue Marlies Kücking, ni Mercedes Morado, ni otra directora fanática; ellas eran no más que las extensiones fanáticas de la mente fanática del Fundador que, al final de la trama, aparece como el verdadero demiurgo oculto de la destrucción personal, en su alma y en su cuerpo, de Carmen Tapia –numeraria que, como tantos en la historia del Opus Dei, había entregado su fe, su cuerpo, su alma y su vida a ese supuesto “santo en vida”-.

Es indudable que el fin de esta carta del difunto Prelado a María del Carmen Tapia –carta escrita y analizada al máximo nivel institucional de la Obra y sabiendo que María del Carmen Tapia iba a hacerla pública- era tratar de lavar la imagen del Fundador y de la institución en la realidad ese puntual episodio, con apariencia de desmentida por confesión íntima de la propia “calumniadora”, y así se escribió con el máximo de los cuidados indicando la existencia de testimonios notariales en contrario al relato de ese hecho. Pero el hecho fue así, es la realidad, la realidad del Fundador del Opus Dei, de la institución, de sus directores, y del trato contrario a Cristo y su Evangelio, como inhumano, que se da a sus miembros, más a los que se van o son echados.

María del Carmen Tapia, afortunadamente, jamás admitió –todo lo contrario, lo ratificó como absolutamente verdadero- que tal episodio fuera falso, dejando expuesta en toda su verdad y crudeza una parte del verdadero rostro de San Josemaría –que la Obra siempre quiso ocultar, sobre todo por la implicancia institucional que tal rostro tiene, pues confirma lo peor de la institucionalidad del Opus Dei encarnada en la praxis del propio Fundador, al pretender quebrar y destruir a la numeraria Carmen Tapia tanto en su persona, como en su ánimo y en su alma de católica-. Es uno de los rostros más personales y verdaderos de San Josemaría –el de uno de sus peores pecados y defectos como ser humano y sacerdote- en un episodio más que verosímil para aquellos que conocimos el carácter del Fundador del Opus Dei y que hemos pasado “por su cabeza y su corazón” y soportado los mecanismos institucionales que encarnaron esa “cabeza y ese corazón”.

(5)   El resto de los puntos de la carta son los que, cuidadosamente, la Obra detectó hacían a su credibilidad. Remarcaron entonces el supuesto carácter pecaminoso de la vida personal de Raimundo Panikkar, como el carácter supuestamente herético de su obra escrita que, mal que le pese al Opus Dei, no ha sido declarado así por la única autoridad competente en la materia: la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Como en el caso de María del Carmen Tapia, la Obra no perdonó nunca a Panikkar (¡aay de esta institución que no perdona, cuando Dios todo lo perdona!) ser más que la Obra o situarse más allá de sus estrechísimos límites mentales, sociales y religiosos.

Es evidente para cualquiera que, estos episodios verdaderos relatados por Carmen Tapia y que la carta del Padre trata de desmentir, aún a un devoto católico lo ponen (sin juzgar sobre la infalibilidad de la Iglesia en canonizar a San Josemaría, que es simplemente decir que está en el cielo en el momento puntual de su muerte y conforme el juicio particular de Dios al separarse su alma de su cuerpo mortal) ante una realidad institucional del Opus Dei, encarnada en la misma figura de su propio Fundador, que llevan a alejarse lo máximo posible de cualquier devoción a él o acercamiento a su Obra.

 

Y eso es lo único que les preocupa a los directores del Opus Dei, pues la Obra de Dios languidece.

 

¡María del Carmen Tapia, requiescant in pace!

 

¡Que Javier Echevarría, con todo el pecaminoso daño institucional y personal que hizo a tantos numerarios –algunos sacerdotes de Cristo- y numerarias jamás podrá hacerlo! Hasta el último de sus días fue no más que una pobre marioneta inhumana de un monstruoso rostro institucional, conforme lo aprendió, lo quiso, pensó y ejecutó –muchas veces sin piedad alguna, usando a Javier Echevarría y a tantos directores y numerarios- el Santo Fundador del Opus Dei.

 

Saludos,

 

Ioannes




Publicado el Miércoles, 19 abril 2017



 
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