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 Libros silenciados: Reflexiones sobre el caso de María del Carmen Tapia.- Heraldo

070. Costumbres y Praxis
Heraldo :

Reflexiones sobre el caso de María del Carmen Tapia

Heraldo, 5/04/2017

 

 

 

Ramón se plantea si es el Opus o son las personas. Yo le pregunté hace unos días a un numerario con quién mantengo trato, qué era lo que pensaban los otros numerarios de su centro acerca de los errores de la Obra. Me contestó precisamente que logran perseverar pensando que los errores son de las personas, no de la obra-institución, la cual es divina y por tanto perfecta. No le pregunté qué es lo que piensa él porque eso ya lo sé. Él piensa que los errores son de la institución, aunque también se mantiene perseverando, entre otras razones, para no darles gusto a los directores, quienes desearían quitárselo de encima como quien se quita a un molesto moscardón.

 

Yo pienso justamente al revés que esos numerarios. Casi todo lo malo que ocurre en la Obra tiene como raíz cierta perversión fundacional de la institución, y si es verdad que en la Obra pasan muchas cosas buenas es porque hay en la Obra personas muy buenas, que ponen con autenticidad su corazón en el servicio a los demás...



¿Y qué es eso muy malo que tiene la Obra, que ensombrece y estropea todo cuanto también tiene de bueno? Yo creo que se reduce a una sola cosa: la primacía de lo institucional sobre lo personal. Un tema antiguo, muy bien apuntado por Ruiz Retegui. El caso de María del Carmen nos pone en condiciones de volverlo a considerar.

 

Cuando comencé a colaborar en las labores internas leí una nota que me impresionó especialmente. Decía muy al final que si un miembro de la Obra llegara a sentirse carismáticamente (sic) llamado a reformar el espíritu del Opus Dei, habría que facilitarle la salida de la institución. Creo recordar que el tema general de la nota era cómo ayudar a los miembros que atraviesan dificultades en su vocación. 

 

En aquel entonces yo era un muchacho, y entendí que aquel documento, muy anterior a las Praxis y a los modernos Vademécum, hablaba de esa posibilidad como una hipótesis improbable, que quizá llegara a ocurrir alguna vez en un futuro remoto. Gracias a Opuslibros sabemos que la realidad ha sido, muy por el contrario, que muchos miembros de la Obra, sin necesidad de sentirnos reformadores, hemos manifestado nuestros desacuerdos con modos de hacer las cosas en la Obra y lo hemos comentado en la charla, a los directores y en carta dirigida al Padre.

 

Expresamos nuestras perplejidades, dudas y opiniones porque sabíamos que debíamos ser sinceros acerca de todo lo que ocurría en nuestro mundo interior, pero también porque confiábamos en la Obra, en la rectitud de los directores y del Padre, y por tanto en su capacidad de rectificar. También estábamos dispuestos a cambiar de parecer si se nos explicaban las cosas. Pero estábamos muy equivocados. La consecuencia de esa sinceridad y esa confianza fue que se puso en marcha todo un mecanismo, bien previsto en el Opus Dei, mediante el cual se intenta el total sometimiento de la persona o, en caso de no lograrse, la expulsión de la organización. No se pierde lo que estaba perdido, se decía.

 

En el año 2007, Otaluto escribió un artículo que resulta estremecedor. Lleva por título "Un mecanismo sutil para la eliminación del numerario". Ahí se explica que el opus dei es un organismo que expulsa aquello que le resulta extraño. (Cif. Vademecum de los consejos locales, pag. 48). Fue descrito así por el mismo fundador, esto no es nuevo. Ese organismo tiene un sistema inmunológico extremadamente sensible, apenas detecta el peligro, se pone en marcha un mecanismo sutil, pero eficiente y despiadado, que culmina con la eliminación del numerario.

 

Debe tenerse en cuenta que la crítica al espíritu o a los modos de la institución no suele ser motivo jurídico para dimitir a alguien. Es preferible lograr que el miembro rebelde solicite espontáneamente la salida, para lo cual hay que hacerle la vida imposible, o bien encontrar razones que sí justifiquen la expulsión. Mientras tanto, al miembro se le margina prudentemente para que no dañe a otros miembros ni al impulso proselitista.

 

María del Carmen Tapia es un caso ciertamente emblemático, pero finalmente un caso entre muchos otros (cfr. No valió la pena). Como es evidente por toda la información que conocemos de esta mujer, María del Carmen era una persona de gran personalidad, enorme valentía y gran capacidad de liderazgo. Además, era un espíritu libre como pocos. Ciertamente que durante un buen número de años se encontró sometida y fanatizada, como casi todos nosotros mientras fuimos jóvenes. Pero su estancia en Venezuela le otorgó una madurez y una audacia personales (Tras el umbral, p. 313) que no tenían cabida en el Opus Dei.

 

Llegó un momento en que María del Carmen tuvo la suficiente lucidez y la suficiente valentía como para enfrentarse, desde aquel país Latinoamericano, a la doctrina del fundador según la cual los miembros que se confiesan con sacerdotes ajenos al Opus Dei no pecan pero hacen muy mal, han comenzado a oír la voz del mal pastor y han comenzado a emprender el camino de la infidelidad (ibidem p. 318). Como es claro, esta doctrina es un aspecto del modo peculiar como se lleva la dirección espiritual en la Obra, como parte del gobierno de la Institución. María del Carmen puso el dedo en la llaga y eso enfureció al fundador. No estaba criticando ningún detalle periférico, sino que estaba nada menos que cuestionando el punto sobre el que pivota la eficacia de la Obra-institución, es decir, la supremacía de lo institucional sobre lo personal.

 

Esta modalidad de dirección espiritual fue concebida por el fundador muy pronto, al menos en sus rasgos más esenciales. Se remonta a cuando en la Obra no había más sacerdotes que el propio fundador. En aquel entonces, nos decía, se encontraba atado de pies y manos para hablar con sus hijos de los temas que aparecían en confesión. Acudió entonces, para el sacramento, a la ayuda de sacerdotes externos mientras él se limitaba a atenderlos fuera de confesión, en lo que se conoce como charla fraterna. Pero esos sacerdotes dieron muy pronto “malos” consejos a algunos miembros de la Obra. Esos sacerdotes fueron su corona de espinas, decía. Se cuenta por ejemplo, que la primera vocación se perdió porque al mencionar en confesión que le llamaba la atención una chica que también acudía a misa, aquel sacerdote lo animó a tratarla.

 

No conocemos el detalle de lo sucedido con esa primera vocación. Lo que sí sabemos es que lo ocurrido se interpreta en la Obra como una metida de pata de aquel sacerdote. Esta persona habría estado llamada a ser canonizada, ejemplo para todos en la Obra. Gracias a Dios, después pudieron ordenarse hermanos nuestros y entonces la charla fraterna y la confesión fueron de la mano, conduciendo al miembro de la Obra a través de las borrascas de la vida interior. Cuando por el número de vocaciones ya tampoco le fue posible al Padre atender las charlas de sus hijos, se encomendó esta tarea a otros miembros de la Obra, los cuales representan al Padre en esa función.  Siempre se nos animó a hacer la charla y contar nuestras cosas a los directores como si fuera el mismo Padre quien recibía nuestras confidencias.

 

Todo suena muy bonito y muy familiar: el Padre y sus hijos que le abren su corazón. Pero este modo de proceder es precisamente lo que la Iglesia católica rechaza porque consagra la macla entre gobierno y dirección espiritual. Cabe argüir en contra de la separación de gobierno y dirección espiritual, diciendo que el Opus Dei no es una institución sino una familia, o que no es una relación entre súbditos y autoridad, sino una relación entre un padre y sus hijos. Pero esto, por sublime que sea, no hay quién se lo trague: ni la autoridad de la Iglesia, ni los miembros de la Obra. Quizá muy al principio la Obra tuviera una configuración semejante a una familia, pero con el pasar del tiempo la Obra se ha convertido en una superestructura con formas y configuraciones marcadamente institucionales. Y entonces la macla entre gobierno y dirección espiritual resulta más claramente inaceptable.

 

¿Por qué es tan importante la separación entre gobierno y dirección espiritual? Y la respuesta es clara: porque es la única forma de proteger a la persona frente a las pretensiones omnímodas a las que propende la institución. Esas pretensiones omnímodas de lo institucional sobre la persona son precisamente la raíz de todos los males de la Obra. Es la primacía de lo institucional sobre lo personal. En el Opus Dei lo institucional lo fagocita todo. La conveniencia de separar gobierno y dirección espiritual queda paradigmáticamente demostrada en el Opus Dei por reducción al absurdo.

 

Hay un principio cristiano fundamental que dice que ninguna estructura institucional está por encima de la persona, sino que todas las estructuras están a su servicio y al servicio de sus derechos fundamentales. Un principio que la Iglesia católica no se cansa de repetir. Pero en Escrivá y su Obra las cosas se entiende al revés: la realización, la felicidad y la santidad de la persona se cifra precisamente en sacrificar toda su existencia al servicio de la institución. El miembro de la Obra se ha de hacer holocausto en su entrega a la Obra. El miembro es un simple instrumento. La persona tiene el derecho de no tener ningún derecho.

 

En la Obra se pretende que el consejo de aquel sacerdote al primer miembro numerario fue un consejo frívolo y descaminado, y no se repara en que quizá, ¿por qué no?, fue un consejo adecuado y sobrenatural, pero que miraba al bien de aquella persona, que carecía de vocación para el celibato.

 

Ha salido a la luz en esta web que la Obra acomoda todo a su servicio. Muchas supuestas vocaciones al Opus Dei no han sido más que producto de las innumerables argucias institucionales para conseguir reclutas a toda costa, importando poco o nada la verdadera vocación de la persona. Este mal es innegable en la Obra, y es una gran injusticia. Es radicalmente anticristiano e incluso inhumano que la Obra se sirva durante años de seres humanos bienintencionados para después de décadas quitárselos de encima porque le cuestionan sus incongruencias o porque dan muestras de agotamiento.

 

Pero volvamos a María del Carmen. Ella tuvo la lucidez y la valentía de oponerse desde Venezuela a las pretensiones del fundador de controlar las conciencias de los miembros de la Obra. Y por eso se explica tan claramente que haya desatado una fuerte voz de alarma. María del Carmen atentaba contra una de las claves más profundas del Opus Dei. Por eso el fundador se la llevó a Roma y la encerró en una habitación durante siete meses, para lograr que se sometiera o para que pidiera “espontáneamente” su salida. Fue un procedimiento cruel e inhumano, muy acorde con su personalidad dictatorial. Pero ella aguantó todo ese tiempo, esperando contra toda esperanza, sin doblegarse, pero también sin pedir su salida de la institución. Se le habría concedido de inmediato; era lo que deseaban, porque la consideraban extremadamente peligrosa y porque comprobaron que se había convertido en una persona a la que no se podía manipular (cfr. la explicación de Vives narrada en Ibidem, p. 322. No tiene desperdicio. Es lo que verdaderamente pensaban de ella y lo que verdaderamente les preocupaba). Prueba de ello fue que en cada oportunidad, por mínima que fuera, María del Carmen manifestaba lo que ellos consideraban “espíritu crítico”. En la tercera admonición se le obligó a que pidiera su salida bajo amenaza de deshonrarla. María del Carmen se aferraba a la idea de que las cosas podían cambiar en la Obra, quizá cuando cambiaran las directoras, quizá después del Congreso General… (cfr. Ibidem, p. 337). Estaba muy equivocada, como también muchos de nosotros perseveramos décadas esperanzados con ese espejismo.

 

Yo no comparto la idea de considerar el secuestro de María del Carmen como un secuestro propiamente dicho (legalmente punible) porque hay que asumir que ella estaba ahí, sometida a la autoridad de Escrivá, por propia voluntad. En el momento en el que ella pidiera su salida de la Obra se le habría concedido y habría quedado libre. De esto no tengo duda. Pero como ella no se marchaba, se buscaron desesperadamente hechos graves y externos con los que pudieran dimitirla. Creían tener un antecedente de tipo sexual con Raimundo Paniker y podrían buscar otros. En la Obra se considera que la peor soberbia es criticar la doctrina del Padre. También se tiene la convicción de que lujuria oculta, soberbia manifiesta. "Tú no eres nadie en el Opus Dei", le dijeron, reclamándole que se atreviera a cuestionar la doctrina del fundador en tema tan importante. Tales manifestaciones de soberbia seguramente esconderían pecados de naturaleza sexual. La misma lógica se aplicó al caso de María Angustias Moreno, y a tantos otros.

 

Aquí aparece un tema interesante. Como yo mismo pude comprobar, esa línea de investigación a menudo daba resultado. Cuando un numerario presentaba lo que en la Obra se llama "espíritu crítico", más pronto o más tarde se descubría que también había dificultades con la castidad. No siempre era así, pero ocurría en no pocos casos. Esa constatación parecía confirmar el enfoque: quienes critican a la Obra lo hacen desde una inconfesada lujuria. Además, era una salida cómoda para los directores: tu verdadero problema es la castidad, es decir, el sexo como medio de control de personas. Lo que nunca se nos ocurría pensar es algo que resulta evidente para una mirada imparcial, y es precisamente que las dificultades con la castidad son fácilmente explicables cuando una persona está ahí sin verdadera vocación, cuando ha llegado al límite de sus fuerzas, se encuentra como pulpo en cochera, descubre que vive una vida absurda y se encuentra desgastado de tanta estupidez normativa.

 

Vuelve a relucir la razón de por qué es tan importante la separación entre dirección espiritual y  gobierno institucional. La autoridad sólo pensará en función del bien de la institución (que reclama el sometimiento de la persona) y nunca pensará en el bien de la persona misma (que bien podría estar reclamando, por ejemplo, que está ahí por meras artes y estrategias proselitistas, no por vocación).

 

En el caso de María del Carmen, el propio Escrivá, con toda su autoridad en la Obra y el brusco apasionamiento que le caracterizaba, puso en marcha una búsqueda de pecados de naturaleza sexual. Había que encontrarlos porque seguramente los habría. De encontrarlos tendrían la excusa para humillarla y ponerla en la calle. Lo ideal sería conseguir documentos jurados para llevar a cabo la dimisión de María del Carmen.

 

No sabemos qué llego de Venezuela, pero hay varias incongruencias en todo el proceso. En primer lugar, la materia de la primera admonición canónica fueron los "histerismos y lloros" con los que recibe la noticia de que no volvería a Venezuela y que había murmurado documentos. Ninguna de estas dos cosas parecen materia válida para una admonición canónica. La materia de la segunda admonición fue la desobediencia de escribirse con Ana María Gilbert y tener un apartado de correos en Roma, es decir, una desobediencia. Esto tampoco parece materia grave y externa que justifique una admonición, y tampoco puede ser segunda admonición, pues la primera versa sobre otro tema. Recuérdese que una segunda o tercera admonición debe versar sobre reincidencias en la materia de una primera admonición.

 

La tercera admonición es todavía más irregular porque carece de materia y, por tanto, mal puede seriarse con las dos primeras admoniciones. Por los comentarios que Escrivá le hace en la despedida (cfr. ibidem p. 351), parece claro que alguna documentación se había recibido de Venezuela sobre los supuestos desvaríos sexuales de María del Carmen. Sin embargo, resulta muy extraño que esas acusaciones no hayan constituido la materia de la tercera admonición. Para mí que ese vacío significa que nunca lograron certeza de esos hechos o al menos no eran hechos externos escandalosos. La insinuación que de ellos hace del Padre en esa ocasión (cuando le habla de matrimonio "para desahogar por ahí todos tus instintos") no es suficiente para un acto con consecuencias legales.

 

No conocemos la manera como la región de Venezuela fue respondiendo a los requerimientos de Escrivá sobre el caso de María del Carmen, y en qué términos estaban plateados esos requerimientos. Pero basta observar  el enorme peligro de construir una “verdad”, una historia, bajo la orden del Padre, que se encontraba convencido de que había hechos ocultos de naturaleza sexual. El recuerdo de cualquier gesto, sonrisa o saludo, que en otro contexto carecería de significado, adquiría ahora connotaciones perversas. A mí me encaja perfectamente el liderazgo de María del Carmen con aquella acusación de que había logrado que la quisieran a ella más que a la Obra (ibidem p. 322), dando lugar a posteriori a sospechas sobre truculentas perversiones. Todos los líderes se ven rodeados de adeptos. Junto a equívocos y malentendidos se logró construir una hipótesis horrenda que no alcanzó rango de verdad probada, pero que se esgrimió como amenaza para instarla a que pidiera su salida. También se esgrimió para excluir a María del Carmen de la causa de beatificación y canonización del fundador.

 

¿Lo anterior demuestra que el Opus Dei carece de un origen divino? No, pero sí demuestra al menos que no todas las ocurrencias de Escrivá tuvieron origen divino. Pero entonces tenemos a un fundador que no sabe distinguir lo que procede de Dios y lo que procede de sí mismo. Escrivá cree que todo lo que procede de sí mismo procede de Dios. Peor: cree que es de Dios todo lo que procede de sí mismo y todo lo que procede de sus sucesores, siempre y cuando no le contradigan a él. Me parece muy extraño fundador.

 

A mí lo dicho aquí me hace concluir varias cosas:

 

1.    El Opus Dei tiene en su entraña modos de proceder fundacionales que contravienen principios muy delicados e importantes de la Iglesia Católica. Tal es el caso de la no separación de la dirección espiritual y el gobierno de la Institución. Como la Obra sabe que esos modos de proceder son inaceptables, los oculta a la jerarquía y se las arregla para continuar poniéndolos en práctica, justificando del modo que sea las iluminaciones del fundador.

2.    En su concepto original, tal y como está configurada fundacionalmente, la Obra procede afirmando en la práctica una supremacía de lo institucional sobre lo personal. Esto ha dado lugar a consecuencias perniciosas a lo largo de su historia. Entre las más graves se encuentra el atropello que continuamente hace de las personas, a quienes utiliza a su servicio, desechándolas luego cuando ya no le son útiles y/o no se le someten plenamente.

3.    La mayor parte de los miembros de la Obra, incluidos muchos directores, son buenas personas, que proceden con la mejor de las intenciones, pero que han sido deformadas en su conciencia y se ven enredadas en modos de proceder anticristianos e incluso inhumanos con el pretexto de cumplir la voluntad de Dios.

4.    Es imprescindible que la autoridad de la Iglesia Católica tome con valentía cartas en el asunto y someta al Opus Dei a una revisión a fondo, a fin de rectificar lo que sea necesario. De no hacerlo y dejar que el tiempo corra, se seguirá dañando la fe de muchas personas por el descrédito que esta omisión produce.

 

 

Heraldo




Publicado el Miércoles, 05 abril 2017



 
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