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 Tus escritos: Unos supernumerarios muy de casa (2).- Fueraborda

080. Familias del Opus Dei
fueraborda :

Queridos y ya viejos amigos de Opuslibros:

Continúo el relato.

Cuando entendí que me tenía que ir, me fui. (Te lo dije, Aeropagita).

Coincidió, -que no lo hice coincidir-, con los días en que mi anciano padre tuvo que ingresar en un hospital, así que, me arremangué, hice mi maletita y allí que me fui. Afortunadamente nos dieron el alta, y una vez mi padre volvió a casa, todos esperaban que yo también volviera al centro del que había salido. Pero no fue así…



Así que le pregunté a mi madre si podía quedarme allí y, sin más preguntas, me contestó que aquella había sido siempre mi casa.

Le venía de perillas, porque ella acababa de cumplir cierta edad, y decidió que era muy mayor, y se sentó en un sillón a lamentarse, del que apenas ya se levantó.

Mi padre, del que eso sí, ella seguía enamorada como a los veinte años, había regresado del hospital muy deteriorado y tenía una galopante demencia senil.

Y de la noche a la mañana me vi convertida en el ama de llaves de la casa familiar. Con una pequeña diferencia: lo comido por lo servido. Y basta. No por mala intención, no por falta de medios… sólo por inadvertencia. Si yo tenía necesidades materiales o no, si tenía tristeza o alegría, si podía o no podía hacer algo… no entraban en los pensamientos de mi madre, a la que sólo interesaban su marido y seguir siendo “muy de casa”.

Fueraborda iba y venía atendiendo aquella casa ya convertida en mini residencia de ancianos no válidos. Aquella “administración” tampoco se oía ni veía. Era como si lo hiciera un robot.

En aquella casa, como cuando yo era pequeña y ellos ya habían dejado su frívola vida social para dedicarse a ser “muy de casa”, yo era como un objeto útil. No querría que sonara a victimismo, aunque suena. Pero si en el lugar que me tocó a mí, le hubiera tocado a un primo, a un vecino… hubiera sido igual. Ni mayor ni menor afecto.

Contrapesaba a la frialdad de los míos el subidón y la ayuda de la recién estrenada amistad, que fue y sigue siendo muy fuerte. ¡Qué bien nos entendemos los que “gracias a Dios, nos fuimos”!

Los médicos, las confesiones, los círculos, los retiros (de los que mi padre solía escaparse y perderse por la calle…, hacer la charla…, los sobrecitos con las aportaciones mensuales, todo estaba solucionado. No faltando a ninguna norma ni costumbre de la obra, sus almas estaban tranquilas. No se me olvidaba en el mes de mayo llevarles a la romería a Torreciudad, (un numerito increíble) y siempre salía a recibirles el cariñosísimo Rector alabando su demostrado amor Mariano. “Desde la primera piedra, siempre entregados a Torreciudad”. Y era verdad. En el viaje, con noche incluida, naturalmente, no faltaba el rosario, ni la visita, ni la lectura… y creo que estuve a punto de cantar “canciones de casa”.

Mi madre, en el fondo, echaba de menos ya no ser encargada de grupo, llevando charlas y todo. Tener que dejar los encargos importantes que le encomendaron en una de esas “labores” que son sin serlo, el que ya no la llamaran continuamente de la delegación para cualquier cosa…  le debió costar bastante cuando empezaron a llegar supernumerarias jóvenes que ahora la reemplazaban llevando su charla, preguntándole: ¿Y llevas mucho tiempo en casa? Y respondiendo ella: más años de los que tú tienes.

Mis padres, como la mayoría de los supernumerarios, entregaron generosamente bastante pasta a la obradedios. A veces, voluntariamente a fondo perdido, naturalmente. Pero otras veces, no. Otras veces forzados. Se hizo uso de ese dinero fraudulentamente, y como se veía venir, se esfumó y nunca lo recuperaron. ¡Y contaban con ello! Tuvieron que renunciar a cosas importantes a las que estaba destinado ese dinero en préstamo.

Mis padres veían como lo más natural que yo estuviera allí para cuidarles y cubrirles todas sus necesidades. Como caída del cielo por arte de magia.

Puedo decir sin exagerar que mis padres a partir de cierta edad, dejaron de conocerme. Me conocían sólo de vista, pues en sus viajes para verme se limitaban solo a eso, a "verme". Yo no iba a su casa, contra toda lógica, eran ellos los que con frecuencia viajaban para verme. Y ese "verme" no iba acompañado del interés por saber de mí. Jamás se interesaron por algo que no fuera pura superficialidad. Tengo que confesar que yo tampoco les correspondía. Supongo que ese mutismo no era más que un hábito adquirido debido a que el "buen espíritu" te impide la manifestación de tu interior fuera de la dirección espiritual. Y así lo vivíamos nosotros, con un aparente desinterés entre padres e hija y viceversa. Es triste, pero no nos unía ningún otro vínculo, excepto el de la sangre; la obra, cruelmente, los había ido rompiendo. Éramos unos extraños.

Y eso pasa factura.

Este y no otro era el motivo por el que al llegar a la que siempre había sido mi casa, yo fuera una extraña. Demasiados años sin comunicación. Demasiados años sin tratar al resto de la familia. Como no participé en bodas ni bautizos, yo era la única ausente en las fotos familiares en los portarretratos del salón. Tenía la sensación de que me miraban como una intrusa, y por más que lo intenté, no llegué a sentirme integrada entre los míos. Nadie sabía qué decirme ni de qué hablarme, y debo deciros que este desconocimiento mutuo entre miembros de una misma familia, produce mucho dolor.

Me despedí de mis hermanas pequeñas cuando eran mi juguete, y me encontraba ahora con unas señoras de mediana edad de las que no sabía nada, y como ellas tampoco de mí, me daba la sensación de que se desconcertaban cuando me veían allí, ocupando un puesto que no me había correspondido nunca.

Una vez casada y transcurrido un tiempo, me pasó algo muy especial: repentinamente, un buen día, mi madre me llamó muy emocionada para que fuera lo antes posible, pues había descubierto que la Fueraborda que ella parió en la clínica de la Milagrosa, era la misma que la Fueraborda que ahora iba con su marido a visitarla llevándola siempre cosas ricas. Me llenó de besos y abrazos, igual que le hizo al hijo pródigo su padre. Más tarde le pregunté: y ¿dónde pensabas que estaba la Fueraborda que tú pariste, la gordita con flequillo y sombrerito? Y contestó bajito: no me atrevía a preguntar. Pensaba que estaría raptada o muerta. Me alegra haberte encontrado. ¿Será que en la cabeza de mi madre no cabía que su querida hija numeraria estuviera primero haciendo de señorita de compañía con ellos, y ahora casada? ¿Era ese el motivo por el que desde mi aparición en su casa siempre me trató con indiferencia?

Me gustaría, con este penoso relato, ayudar a quien tenga todavía la ingenuidad o la confusión de que debe desprenderse de su familia de sangre para estar más integrado en su nueva familia sobrenatural. Hay que escuchar por encima de todo, la voz de quien nos ha creado, y actuar siguiendo con orden la ley natural.

Y es que la naturaleza, cuando se la manipula y distorsiona, siempre pasa factura.

La experiencia de muchas voces nos demuestra que la obra no es familia. No cortemos los lazos naturales, los de la sangre, ni cortemos ningún afecto, que por algo los ha puesto Dios.

Como siempre, cariñosos besos a todos,

Fueraborda

P.D.

- Pité en 1965 en la cuasi-región de Barcelona.

 - Antes de hacer el centro de estudios (ce), viví un curso en Zaragoza, ya que esta ciudad pertenecía a la cuasi-región, junto con las islas Baleares.

- D. Francisco Planell venía con frecuencia al ce como sacerdote con cargo (ni entonces ni después me fijé en el tipo de cargo). Le recuerdo como si le estuviera viendo.


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Publicado el Viernes, 23 septiembre 2016



 
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