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 Tus escritos: Peñíscola, Buendía, La Rábida.- Ex_apéndice

076. Agregados
Ex_apéndice :

Nota introductoria. Tenía preparado el siguiente artículo sobre la actividad “okupa” del Opus Dei, para mandarlo a Opuslibros el martes día 16.02.2016. Por motivos que no hacen al caso no pude hacerlo. Hoy jueves 18.02.2016 he leído con sumo agrado los envíos de Josef Knecht y El Canario sobre el tema y por un momento he dudado si valdría o no la pena enviarlo. Por fin me he decidido a hacerlo. Ahí queda por si sirve de algo.

Abundando en lo dicho por Ramana, Ramón y El Canario, quiero aportar alguna pequeña luz sobre el uso que hacía el Opus del castillo de Peñíscola, y otros edificios por él parasitados en los lejanos años cincuenta del siglo pasado.

Mis recuerdos concretos sobre los “magníficos edificios que nos están preparando” según la “aguda” expresión escribariana, tan celebrada ya cuando el santo marqués aún era un ser mortal, se centran en tres de esas “okupaciones”...



Primer recuerdo. Es de cuando yo era un recién pitado como oblato del Opus Dei, llamado luego agregado (trocando mocos por babas), hace ya la friolera de 57 años. Enseguida fui informado de que al verano siguiente iría a un curso internacional nada menos que al castillo de Peñíscola. ¿Curso Internacional? ¿Qué era aquello? ¿Un estudiantillo de provincias iba a asistir a un curso internacional? Un orgullo casi infantil me invadió el cuerpo ¡Qué maravilla! Al fin, resultó ser que aquel pomposo nombre era solo un simple camuflaje para ocultar a mis padres lo que en realidad era mi primer curso anual dentro del opus. Así es que ¿esos eran los cursos internacionales de Peñíscola…!?

Aprovecharé para decir que me he preguntado alguna vez si no sería esa una de las de las primeras “santas” mentiras  que te enseñaban a practicar en san Opus desde “pequeñito”, para que a través del famoso “plano inclinado” ascendieras a la “perfección evangélica” en el arte del disimulo y la ocultación, es decir para que llegaras a ser un gran mentiroso. Puesto que la mediocridad es incompatible con nuestro espíritu, tenías que ser un virtuoso refinado de la mentira. Digo yo.

Pero sigamos con el tema que nos ocupa. Uno de los agregados (el que llevaba mi charla semanal) había asistido en años anteriores a aquellos cursos y me contó lo bien que se pasaba en el castillo, pues el lugar impresionaba porque a veces hasta se llegaba a sentir la presencia inmaterial y misteriosa del tozudo aragonés y papa cismático Benedicto XIII.

También se realizaban en aquel vetusto castillo, según me informaron, conferencias, simposios, seminarios etc., de muy alto nivel, desarrollados por historiadores y otros “sabios” de gran renombre, que solían ser numerarios-catedráticos de alguna universidad española.

Sin embargo eso no cuadraba del todo con otro tipo de conferencias, que por lo que me contaban, también tenían lugar en el castillo. Se trataba de jocosas caricaturas de algún acontecimiento “seudocientífico”. Estaban a cargo de un numerario que tenía habilidades histriónicas (creo recordar que se llamaba Juaco H.), el cual entre broma y broma se metía entre pecho y espalda un buen trago de agua empinando un botijo que estaba encima de la mesa. Las llamaban “Conferencias del Botijo”. En resumen, el nivel intelectual de los famosos cursos internacionales era un poco sospechoso de chabacanería y un tanto variopinto.

Había en cada curso, por lo menos una velada nocturna, a la que eran invitadas las autoridades locales de Peñíscola. Se solía representar en esas ocasiones una “obra de teatro” de elaboración propia, que utilizando el ambiente tétrico del castillo se prestaba a todo tipo de fantasías tremebundas: las almas de los templarios se aparecían fantasmagóricamente sobre los pináculos de los torreones que rodeaban el patio de armas, prorrumpían en desgarradores gemidos o te daban el susto de tu vida a la vuelta de cualquier esquina. En medio de aquella especie de aquelarre espiritual surgía Benedicto XIII, imponiendo silencio y dejando a toda la concurrencia anonada.

Mal se avienen estas historias que me contaban a mí sobre lo que se hacía en Peñíscola (creo que serían ciertas pues el que me las contaba era quien llevaba mi charla) con lo que don Álvaro le decía a Franco en su carta del 14 de julio de 1952:

                …es nuestro deseo poner en funcionamiento cuanto antes en el castillo de Peñíscola, que el Estado nos ha cedido en usufructo, un centro de alta cultura donde puedan venir a convivir, en un ambiente español y cristiano, intelectuales de todo el mundo, incluso los no católicos.” Carta de D. Alvaro a Franco. Madrid 14 de julio de 1952. Documento conservado el archivo de la Fundación Francisco Franco.

Los llamados cursos internacionales de alta cultura eran a lo sumo interprovinciales. Allí extranjeros no había nadie. Únicamente acudían preferiblemente agregados de Madrid, Barcelona, Teruel, Sevilla, Ciudad Real, Murcia, Pamplona, y alguna que otra provincia española. Supongo que también los numerarios tendrían allí sus convivencias y cursos anuales. De eso no me enteraba yo porque solo era un vulgar agregado.

Mi segundo recuerdo está centrado en Buendía (Cuenca). Al final no pude asistir los cursos internacionales de Peñíscola, por no recuerdo qué motivo y me mandaron al pantano de Buendía. Un conjunto de viviendas que había sido la residencia de los ingenieros que construyeron aquella presa que formaba parte de un gran complejo hidroeléctrico en el rio Tajo. Se trataba pues de otras instalaciones estatales parasitadas por el Opus.

Se organizaban allí las versiones anuales de la “famosa” Travesía a nado del Pantano de Buendía a la que concurrían unos cuantos atletas del Club Deportivo Tajamar (obra corporativa del opus) y de algunos otros clubs invitados. Con ellas se justificaba el uso cultural y deportivo que se daba a aquellas instalaciones cedidas generosamente por el estado franquista. Recuerdo que allí estaban presentes en una ocasión los gobernadores civiles de Cuenca y Guadalajara.

Pero para lo que fundamentalmente se usaban las instalaciones de Buendía era para convivencias de agregados, supernumerarios, alumnos y padres de alumnos de Tajamar: es decir labor interna del opus. Aunque, claro, igual que en Peñíscola, todas las actividades que allí se realizaban, según el Opus eran eventos culturales internacionales.

Frecuenté mucho Buendía, y no vi nunca por allí ningún extranjero. En honor a la verdad he de decir, que una vez se dejó caer un numerario portugués, que me parece recordar atendía por el nombre de Alipio y en otra ocasión nos visitó un italiano del Centro Elis que venía a tomar nota y obtener experiencia de cómo se hacía allí la labor que llevaban los agregados, para aplicarla luego en Italia. Lo sé bien porque me tocó acompañarle.

Es decir, actividad internacional de gran nivel cultural o científico, se hacía muy poca o casi nada, en aquellos edificios que “nos están preparando” Todo era exclusivamente nacional y católico. ¿Nacional y católico, he dicho? ¡Claro!... Nacional-catolicismo. Se trataba de eso: de tener contento –aunque engañado- a aquel generalito que, instalado en la Jefatura del Estado español, se dejaba adular y requebrar por sus beneficiarios eclesiásticos, entre los que tenemos ahora la sorpresa de contar, nada menos, que con don Álvaro (del) Portillo.

¡Qué manera tan elegante, obsecuente y untuosa de dorar la píldora tenía el beato Álvaro para pedir un aval a Franco, ¡nada menos que de 55.000.000 de pesetas! Sigamos leyendo la carta:

    “He venido de Roma con el solo objeto de solicitar una audiencia de V.E. Pero como, dado lo avanzado del verano, me temo no pueda tener el alto honor y la alegría de visitarle para hablar de nuestra labor y de nuestros proyectos, y exponerle otras muchas cosas que a V. E., como buen hijo de la Iglesia y Señor natural de los españoles, le habrían de interesar…”  Carta de D. Alvaro a Franco. Madrid 14 de julio de 1952. Documento conservado el archivo de la Fundación Francisco Franco.

Se me han abierto las carnes con esa expresión tan sentida: Señor natural de los españoles… Atufan a feudalismo medieval. Señor natural, Señor natural… ¡Señor natural de los españoles!… ¿Franco, Señor natural?… Está puesto con mayúscula y no precisamente al principio de párrafo, ni después de punto. ¡Es casi, casi llamarle Dios!

¿Fingía don Alvaro al encomiar de esa manera a Franco, para conseguir su favor o por el contrario creía sinceramente en lo que decía? En cualquier caso esa manera de expresarse demuestra una gran afinidad y admiración, sincera o fingida da igual, que mantenía el opus con el régimen franquista, y reafirma la idea de que estaba muy de acuerdo con él. Lo cual nos lleva a concluir que el Opus se benefició, sin la menor duda posible, sin ningún tipo de escrúpulos, de su amistad con el dictador. No nos habían contado de ese modo la historia  a los pazguatillos que militábamos en las filas escribarianas. Nos estaban engañando en nuestras propias narices, sin respeto alguno. Se estaban burlando de nuestra buena fe.

Como contraste con lo anterior, ¡Con cuánta falsía y doblez, renegó el Opus de su cercanía con el dictador cuando éste murió y empezaron a soplar otros aires políticos en España! Esa es la coherencia opusina.

Mi tercer recuerdo del parasitismo “okupa” del opus me lleva ahora a La Rábida. Estuve allí también, cuando se me encomendó la dirección de unas jornadas culturales que se llevaron a cabo durante tres o cuatro días en el verano del año 1965 ó 66. Los asistentes, en esta ocasión no eran universitarios sino alumnos del último curso de Tajamar que destacaban un poco por encima de los demás. Es decir posible pitajes.

Por otra parte, La Rábida fue cobijo de bastantes universitarios latinoamericanos que, una vez pitados en España, volvían a sus países para reforzar la labor, aunque me consta que, en bastantes casos, no perseveraban demasiado tiempo, cuando se desinflaba el globo vocacional con el que habían sido elevados a las alturas celestiales, en las aulas de La Rábida.

**********************

No he vuelto a La Rábida, pero sé que hace años dejó de ser coto privado del Opus.

Sí he vuelto a Buendía, regresando desde Madrid hacia la ciudad donde vivo. El poblado que “okupó” el opus está en manos de distintos propietarios. La piscina abandonada. Los jardines desdibujados y un poco asilvestrados. La ermita de la Virgen, despintada. En fin, da la sensación de haber sido abandonado a su suerte. Quizá en verano lo frecuenten algunos turistas mesetarios, que acuden a bañarse, o cuando menos a mojarse los pies, en las menguadas aguas del mar de Castilla. En cualquier caso el Opus salió de allí hace mucho tiempo.

He estado varias veces en Peñiscola, a partir del año  1998. Al principio con mis hijos y mi familia, pues veraneaba en la playa cercana de Torreblanca. Todos los años hacíamos la obligada visita al castillo. Al ver a mis hijos saltando, subiendo y bajando las escaleras, alguna de ellas estrechas y peligrosas, pensé en más de una ocasión, en aquel viaje que tenía que haber hecho y no hice, cuando pertenecía al Opus. Me imaginaba aunque me parecía increíble, que allí hubiera vivido un papa acompañado de unos templarios, que al final habían mutado convirtiéndose en opusinos. Extraña mezcolanza.

La última vez que he estado en Peñíscola fue en abril de 2014 para cantar en un coro al que ahora pertenezco. El salón del Trono del castillo estaba repleto de visitantes, muchos de ellos turistas. Buena acústica, impresionante escenario. Aplausos cerrados y prolongados. Mientras los oía, recreé mi vista en la estancia. Me alegró mucho certificar que allí no había templarios, ni opusinos, aunque tuve en algún momento la sensación de que por encima de nuestras cabezas, andaba revoloteando el fantasma terco y tozudo de aquel aragonés que, contra viento y marea, se empeñó en seguir siendo el Papa Benedicto XIII, (por cierto, se mantuvo… en sus trece) hasta la muerte.

Ex_apéndice




Publicado el Viernes, 19 febrero 2016



 
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