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 Tus escritos: ¡Sigamos con más anérdotas! (Cap.9 de 'A quien pueda interesar').- Satur

030. Adolescentes y jóvenes
Satur :

Cap.9 de 'A quien pueda interesar'
Enviado por Satur el 23-05-2004


¡Sigamos con más anérdotas!

Organizar una convivencia de estudio de un fin de semana para chavales de catorce años fue uno de los millones de errores que he hecho en mi vida -ése creo que fue el mil millones trescientos mil doce.

No sé, un día de mayo te levantas emocionado y piensas que es la mejor idea que jamás haya tenido nadie: encerrarse de viernes a domingo en un chalet de un papi chachi, cerca del mar, en un ambiente sereno, relajado, monacal, y dedicarse a estudiar a saco. Sólo estudio. Algún acto de piedad para que sean piadosos -Misa, Rosario, Oración, lectura, examen- y estudio. Ciento por ciento estudio...

Fuimos veintitantos; tres mayores -más que mayores yo nos llamaría "grandes" (por la estatura), y veinte chavales con la bolsa repletas de libros, apuntes de ocho asignaturas y todo tipo de material de escritorio. Desde luego motivados sí que iban, todo hay que decirlo.

El primer día acabaron hartos de estudiar. Las horas se les habían hecho larguísimas y al llegar la noche estaban como motos, eléctricos. Montamos una tertulia musical de desfogue total. Canciones tipo "Cuando bajo del autobús, ¡tica,tac, tiquitiqui tic, tac!... yo no sé que pasará, ¡tic, tac, tiquitiqui tic, tac!...", o "an de river son babilon", o "sí yo caí enamorado de la moda juvenil..." Horas de horteradas en cascada, una tras otra ininterrumpidamente. Pero, nada, el remedio fue peor: más eléctricos. Yo, como Moisés, necesitaba que alguien me sujetara la guitarra porque mis brazos, agarrotados por horas de rasgueo frenético, decaían y, entonces, perdíamos la batalla; había que agotarlos, así que continuamos "¡¡¡hoy hay paella, qué delicioso majar...!!!". A morir. Al fin, a eso de las tres y media de la mañana, caímos rendidos. Había pasado la primera noche, pero quedaban dos días por delante. Dos largos y tediosos días.

Al día siguiente las ganas de estudiar duraron exactamente dos horas. La sala de estudio improvisada en el chalet parecía una caseta de la feria de Abril, un guirigay. Los grandes procurábamos poner firmes a la peña , "¡¡¡el que no quiera estudiar que salga fuera y que no molesten, joder ya, leche!!!". Efectivamente: allí nos quedamos los tres grandes con don Empolloncín Güevetes mientras los demás campaban a sus anchas por el pueblo, la playa y donde les petaba.

Nos reunimos los grandes y decidimos que ya que no podíamos enfrentarnos a ellos, nos uniríamos y encauzaríamos la convivencia. Un ratín de estudio por la tarde y, hala, a pasarlo guapamente por el pueblo.

Y allí, en ese mismo instante, se nos ocurrió que podríamos jugar al "Buen Samaritano". Maldigo esa hora, esa idea, que aún hoy, sólo de recordarla, me produce sudores fríos y temblor de manos. Me cuesta teclear el ordenata.

El Buen Samaritano consistía en lo siguiente. Un chaval se echaba largo en la carretera simulando que había tenido un accidente, pasaba un coche, paraba para auxiliar a la criatura, y cuando ya había salido del automóvil y se dirigía al moribundo, éste se levantaba corriendo y salía huyendo -ante la perplejidad del sujeto- y salíamos de detrás de un seto veinte tipos aplaudiendo y gritando al unísono "¡¡¡EL BUEN SAMARITANO!!! ,¡¡¡EL BUEN SAMARITANO!!!. Y eso nos divertía que no veas, colegui.

Contado así parece una tontería, pero la verdad es que adornábamos bastante el simulacro de accidente. El chaval se sentaba en la carretera con una bicicleta a su lado. Cuando escuchaba llegar un coche se echaba rápidamente al suelo, la cara llena de mecromina, despatarrado e inconsciente y, simultáneamente (importante dato), daba un golpe a la rueda de la bici para que pareciera que se la acaba de dar bien dada. El efecto de la rueda girando y el chaval inconsciente era decisivo para el éxito de la empresa. Mientras , los demás nos ocultábamos en un seto en el otro lado de la calzada a esperar.

Cayeron buenos samaritanos como moscas. Afónicos quedamos de tanto "¡¡¡EL BUEN SAMARITANO...!!!. Y cada samaritano pedía otro, y otro... Y cada chaval quería ser protagonista de su samaritano. "¡¡¡Ahora yo, porfa!!!".

No sé cuantos samaritanos llevábamos, sé que era ya de noche y que quedaban pocos candidatos de accidentados, cuando sucedió lo peor.

Uno de los chavales , la verdad, era bastante cortito, y no paraba de pedir su samaritano. Se llamaba Jaime y era de apellidos aristocráticos. Yo no las tenía todas conmigo porque el crío era de esos que le decías "Jaime, mira a ver si hay café en la cocina". Se te quedaba mirando un rato en silencio y te soltaba "¿cuál fue la pregunta, profe?". O le decías " Jaime, ¿has traído ropa de deporte?". Y contestaba, después de un prolongado silencio mirándote fijamente, " cuál fue la pregunta, profe?". Claro, con esos mimbres...

Bien. Le instruímos en el arte escénico -Jaime estaba nerviosísimo al lado de la bicicleta-, y nos ocultamos detrás del seto. Se escuchó el ruido de un motor y aparece un pedazo de autobús del tamaño de un buque.

El autobús, que iba muy lento, paró justo delante del seto. No podíamos ver a Jaime. Los grandes nos miramos. Máxima preocupación. ¿Dónde estaba Jaime?; aunque el autobús nos impidiera verle, si él había seguido el plan previsto, tendría que haber salido corriendo. No salió. Decidí acercarme.

La escena que encontré me dejó alucinado: Jaime en el suelo, haciéndose el inconsciente, rodeado de decenas de gentes del autobús que intentaban reanimarlo. Al parecer el chaval, al observar el autobús, la rapidez con que frenó y bajó en su ayuda, no le dio tiempo a reaccionar y decidió hacerse el muerto. Un tipo que decía ser auxiliar de enfermería le atendía con preocupación " ¡NO LO MUEVAN,POR FAVOR!!! ¡¡¡ NO LO TOQUEN!!!... Este muchacho tiene una lesión muy seria, se ha dado en la cabeza." Alrededor del accidentado podríamos estar una veinte personas pendientes de él.

Yo no sé lo que pensaba hacer Jaime -aunque la verdad es que lo estaba haciendo muy, pero que muy bien-, así que pensé acercarme para que me oyera y de este modo, al reconocer la voz amiga, hiciera como que despertaba y asunto zanjado.

- No creo -dije en voz alta y tocándole el brazo-, quizás es sólo una contusión.

Jaime, nada, como si estuviera en coma.

En estas estábamos cuando para un coche. Se acerca un tipo duro, observa la situación y dice muy chulo él.

-Este chaval no tiene nada.

- ¿Cómo que no tiene nada? -le expeta el enfermero. Mire, yo soy auxiliar de enfermería y este crío tiene algo muy, pero que muy serio. Es posible que esté en coma, fíjese si es erio o no es serio. Además usted acaba de llegar y nosotros hemos visto como se la ha dado con esta bicicleta.

- Usted será auxiliar de enfermería, pero yo hace dos horas me encontré a este mismo chaval, en este mismo sitio, con esta bicicleta y con esa cara echa polvo, y yo he parado, y cuando he ido a socorrerle ha salido signando con la bici y luego han salido una panda de imbéciles de allá y me han comenzado a gritar "El buen samaritano, el buen samaritano".

Nunca he sido un hombre valiente, lo reconozco, iba para Tarzán de los monos y me quedé en le mono de Tarzán, así que viendo el cariz que tomaba el asunto, decidí retirarme silenciosamente, pasito atrás, pasito atrás, y como San Pedro, esconderme en la noche. Fui al seto y ordené regresar al chalet.

Volví. El hombre aquel cogió a Jaime de los hombros y le grita.

- ¡¡¡Mira chaval, o te levantas ahora mismo o te llevo a comisaría y te meto una denuncia que arde el basto!!!.

Oír eso Jaime, y como Lázaro, veni foras. Algo increíble. Dio un bote y se plantó delante de todas esa muchedumbre que no daba crédito a lo que veía: un segundo antes hubiesen jurado que ese niño se debatía entre la vida y la muerte y ahora, allí, delante de ellos, les miraba como si nada.

- ¿DÓNDE ESTÄN TUS AMIGOS?; ¿EH?, ¿DÓNDE ESTÁN?.

Pensé que Jaime le diría "¿cuál fue la pregunta?", pero no. Rompió a llorar. La gente subió al autobús entre reproches, insultos al niño de mieeerda y consideraciones sobre como está la juventud y cosas así. Yo, viendo que me iba a quedar a solas con el marrón, volví a marchar y esconderme en el seto. Sí ya lo sé: el capitán es el último en abandonar el barco.

El hombre le dio un sermoncete a gritos, pero por suerte debía de tener prisa y le dejó después de desfogarse un buen rato.

Aquella noche hicimos todos un juramento de no contar nada de esto a nadie, ni en casa ni en el colegio ni nada.

El lunes me llamó el director del colegio y me metió tal paquete, de tal intensidad, que al terminar y decirme " ¡¡¡¿TE HA QUEDADO CLARO?!!!, ¿¡¡¡ TE HA QUEDADO CLAROOOOOOO?!!!". Estuve a puntito de contestar: ¿Cuál fue la pregunta, profe?"

¿Cuál es la pregunta?




Publicado el Domingo, 23 mayo 2004



 
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