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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: sobre los ángeles.- Doserra

125. Iglesia y Opus Dei
Doserra :

Copio a continuación el guión n. 19 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, sobre los ángeles bienaventurados y caídos.

 

El escrito se limita a recordar algunas verdades de la fe sobre esta materia, puestas en duda en el momento en que se publicó el guión.

 

Se echa en falta una mayor actualización del tema. Les habría bastado seguir el esquema del Catecismo de la Iglesia Católica, cuando habla de la creación de los ángeles y de la caída de los demonios.

 

Asimismo, resulta pobre el tratamiento, si tenemos en cuenta que la actual difusión de las prácticas espiritistas, de brujería y satanismo, habrían requerido un enfoque que aclarara estos aspectos desde una perspectiva de fe.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra 



Ref avH 10/70                                  nº 19

 

SOBRE LOS ÁNGELES Y SOBRE LOS DEMONIOS

 

1. Hay también ahora algunos que niegan -la existencia de los Ángeles -tanto buenos como malos (demonios)- atribuyendo esa  creencia a un mito común a casi todas las religiones paganas, o viendo en ellos una forma literaria para expresar, por una parte, los buenos impulsos morales, y por otra, la presencia del mal en el mundo. Así, para algunos que se proclaman exégetas, todas las menciones explícitas que la Sagrada Escritura hace de Satanás, del demonio, etc. (muy abundantes tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo) serían o creencias míticas del pueblo judío, o simple recurso literario (personificación del mal), o un modo infantil y evasivo de resolver el problema de la presencia del mal en el mundo (mal que, a su vez, reducen al llamado mal físico: muerte, enfermedad, angustia, miseria, etc.).

 

2. En primer término hay que decir una vez más que la sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios encomendada a la Iglesia… Pero la función de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o trasmitida por tradición sólo ha sido confiada al magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo (Conc. Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 10; cfr. Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filius, cap. 3: Dz 1792; Pío XII, enc. Humani generis, 12-VIII-1950: Dz 2314).

 

3. Es verdad de fe la existencia de los Ángeles (seres espirituales, personales y libres): Dios por su omnipotente virtud a la vez desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra creatura, la espiritual y la temporal, es decir, la angélica y mundana (Conc. Lateran. IV, año 1215, cap. I: Dz 428; cfr. DZ 203, 461, 1783 y 1805).

4. Pertenece también a la fe de la Iglesia que todos los Ángeles fueron elevados por la gracia al orden sobrenatural (cfr. S. Pío V, Bula Ex ómnibus affectionibus, l-X-1567: Dz 1001, 1003, 1004). Es asimismo de fe que bastantes ángeles, abusando de su libertad, cayeron en pecado y se hicieron malos: el diablo y los demás demonios fueron por Dios ciertamente creados buenos, por naturaleza; mas ellos, por sí mismos, se hicieron malos (Conc. Lateran. IV año 12l5, cap. I: Dz 428; cfr. DZ 237 y 427), quedando así perpetuamente constituidos enemigos de Dios y condenados a pena eterna (cfr. guión nº 14).

 

    5. Es también una verdad continuamente profesada por la Iglesia que Dios encomienda a los hombres a la tutela y auxilio de los Ángeles buenos: ¿Por ventura no son todos ellos unos espíritus que hacen el oficio de servidores o ministros enviados de Dios, para ejercer su ministerio en favor de aquellos que deben ser los herederos de la salud? (Hebr. I, 14). En concreto, la Sagrada Escritura atribuye a los Ángeles la misión de transmitir a los hombres las inspiraciones de Dios y protegerlos (cfr. Gen. XXIV, 7; XLVIII, 16; Ps. XXXIII, 8; XC, 11-13; CII, 20-21; Matth. XVIII, 10; etc.) y hacer llegar hasta Dios las oraciones de los fieles (cfr. Tob. XII, 12; Apoc. VIII, 2-4). Más aún, cada cristiano tiene asignado su propio Ángel Custodio, como se confirma por gran número de testimonios de los Santos Padres y por la antigua institución de la fiesta de los Santos Ángeles Custodios. Así, lo vivían los primeros cristianos: cuando San Pedro fue librado de la cárcel, pensaron: sin duda será su ángel (Act. XII,7,8,15; cfr. Camino, 570). Incluso los teólogos afirman -es una verdad que puede calificarse como teológicamente cierta- que todos los hombres, también -los no cristianos, gozan de la asistencia de su propio Ángel Custodio.

 

6. Por eso, es tan profundamente cristiana la devoción a los Ángeles Custodios, tratándoles con confianza y pidiendo su ayuda: cfr. Camino, 562-570, 150, 976,

 

7. A la vez, es verdad de fe la existencia de los demonios y su acción maligna: aunque han sido vencidos por Cristo, todavía tienen, poder para tentar a los hombres (loan. VIII, 44-47; I Petr. V, 8-9; I loan. III, 8-10). Los demonios actúan, y su actuación es descrita en la Sagrada Escritura como propia de seres inteligentes y libres: el diablo habla para tentar a Cristo (Matth. IV, 1-10); sugiere a Judas que traicione a Jesús (loan. XIII, 2); lucha en contra del Reino de Dios (es el enemigo que siembra la cizaña: Matth. XIII, 19.25.39; Luc. XXII, 53); tienta con astucia a los hombres (I Cor. VII, 5; II Cor. II, 11; I Thess. III, 5, etc); como príncipe de este mundo (loan. XII, 31; XIV, 30; XVI, 11), manifiesta su poder en las tinieblas de la idolatría (Act. XXVI, 18; Col. I, 13); fomenta la propagación de doctrinas falsas (I Tim. IV, 1); etc. A él se atribuye (cfr. Sap. II, 23 a.; Apoc. XII, 9) la tentación que ocasionó el pecado de Adán y Eva (Gen, III, 1 ss.) y en el Antiguo Testamento es descrito- principalmente como el tentador de los hombres y su acusador ante Dios (cfr. Iob I, 6 ss.; I Par. XXI, 1; Zach. III, l s.; etc.). Por eso, declara el Concilio Tridentino: Dado que todos los hombres perdieron la inocencia por el pecado de Adán... quedaron por ello en la servidumbre del pecado y bajo el poder del diablo y de la muerte (ses. 6, c. 1: Dz 793).

 

8.     Es necesario recordar estas verdades: Las gentes de hoy tienen miedo a hablar de estas cosas, tienen miedo a hablar de las intervenciones de ese enemigo de Dios, de Satanás. No se puede ni nombrar. Y yo os digo que -sin cosas raras- hemos de pensar necesariamente en que el demonio actúa. Por eso la Iglesia ha dirigido su invocación al Arcángel San Miguel contra nequitiam et insidias

diaboli (cfr. Camino, 750), que no cesa de promover continuamente el mal,  tanto respecto a las personas individuales como en la sociedad, escondiendo a veces su insidia incluso con apariencia de motivos nobles (cfr. Camino, 384).

 

9.     Por otra parte,  la negación de esta actividad diabólica supondría a su vez minar en sus cimientos muchas verdades capitales de la fe católica: la tentación y caída de Adán y Eva, el pecado original, la Redención, etc.

 

10.     Es, pues, necesario hablar de estas verdades en el apostolado personal de todos y en la predicación de los sacerdotes. Es preciso que recordemos aquella advertencia de San Pedro:  Sobrii estote et vigilate,  guia adversarius vester diabolus tamquam leo rugiens circuit quaerens quem devoret, cui resistite fortes in fide (I Petr. V, 8). Hemos de invocar con confianza a S. Miguel, a nuestros Ángeles Custodios y a todos los Ángeles, para que nos asistan  y nos  protejan: Revestíos  de  toda  la armadura de Dios, para poder contrarrestar las asechanzas del diablo. Porque no es nuestra  pelea  contra  la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los que rigen ese mundo de tinieblas, contra los espíritus de iniquidad que pueblan el espacio (Eph. VI, 11-12).

 

11. Cfr. Obras-VIII-66, pp. 4 ss, Vid. también Obras VIII-63, pp. 15-17; Crónica X-55, pp. 6-7; X-56, pp. 9-10; X-58, pp, 9-10; VIII-67, pp. 73-75.

 

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Publicado el Viernes, 07 diciembre 2007



 
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