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 Correos: Magisterio paralelo en el Opus Dei: Una oración demasiado activista.- Doserra

090. Espiritualidad y ascética
Doserra :

Copio a continuación el guión n. 16 de la serie de Guiones doctrinales de actualidad, sobre la importancia de la oración mental y de la confesión.

 

El guión recuerda diversos aspectos de la espiritualidad cristiana, que en aquellos momentos convenía subrayar. En esto, a mi juicio, poco se puede objetar.

 

Sin embargo, si se contrasta el enfoque que el guión hace de la oración, con las explicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica, se echa muy en falta que no insista en que la oración es, ante todo, un don, y no un fruto de un esfuerzo personal. La oración también es compromiso, y un combate espiritual. Pero lo primordial es ponerse a la escucha del Señor y pedirle el regalo de que nos hable.

 

Saludos cordiales,

 

Doserra



Ref. avH 10/70                                                    nº 16

 

SOBRE LA IMPORTANCIA DE LA ORACIÓN MENTAL Y VOCAL

Y DE LA CONFESIÓN

 

1. Hay actualmente algunos que se atreven a rechazar las prácticas personales de piedad -el trato personal del alma con Dios-, con el pretexto de que constituirían una evasión de las responsa-bilidades temporales para la edificación de este mundo. No falta quien llega a afirmar que la piedad es desaconsejable porque se propone como meta dirigir el amor hacía Dios,  en vez de dejarse llevar por el amor de Dios,  que  tiene como término  al hombre, que es a quien se ha de amar como  Dios lo ama. Pretender devolver a Dios el amor que nos ha dado -dicen- sería una actitud orgullosa,  y en cualquier caso una  sustracción al amor y al, servicio que debemos a los hombres, porque -afirman- lo  que se hace por Dios no se hace por los demás. Para ellos, la oración no debe consistir en hablar con Dios,  sino en traducir en acción lo que Dios nos dice, de tal manera que el hombre moderno no ha de responder a la palabra de Dios,  sino  que es  movido por ella hacia la acción: entendida de este modo,  como receptividad de la palabra de Dios, la oración sólo tiene sentido en la medida en que lleva a la acción. Hay  por fin quien  osa afirmar que la oración es una alienación, donde el hombre sale de sí mismo, se enajena, hace dejación de su dignidad y de su libertad, etc.

 

2. La Iglesia,  por el contrario,  ha sostenido siempre y sostiene que la santidad es un encuentro personal de cada alma con Dios, y en ese encuentro cada alma tiene que poner de su parte cuanto pueda. Hoy como ayer la santidad tiene los mismos medios  que al principio, los que Jesús mismo nos dejó: no hay otros para los cristianos,  porque en la vida espiritual no hay nada que inventar; sólo cabe luchar por identificarse  con Cristo, ser otros Cristos -ipse Christus-,  enamorarse  y vivir de Cristo, que es el mismo ayer que hoy y será el mismo siempre: Iesus Christus heri et hodie, ipse et in saecula (Hebr. XIII, 8).

 

3. La oración personal ha sido y es  un medio imprescindible: es el cimiento de la vida espiritual. El Santo Evangelio nos hace ver cómo Jesucristo -que vino  a hacer  y a enseñar (cfr. Act. I, 1)- pasaba grandes ratos dedicado exclusivamente a la oración: cfr. Luc. VI, 12; Marc. I, 35; Luc. V, 16; Matth. XIV, 23; Luc. III, 21; Matth., XXVI, 36 ss.; Marc. XIV, 32 ss.;  Luc. XXII, 29 ss. Y enseña a sus discípulos a hacer lo mismo: Matth. VI, 5; Luc. XI, 2; y a pedir para salvarse de los peligros (Matth. XXIV, 2O), para luchar contra la tentación (Matth. XXVI, 41; Marc. XIV, 38; Luc. XXII, 40.46), para conseguir lo que piden (Matth. XXI,  22; VII, 7; Marc. XI, 24), para ser eficaces en su trabajo con los demás (Matth. XVII, 20; Marc. IX, 28):  oportet semper  orare et non deficere (Luc. XVIII, 1).

 

4. Así lo vivieron también los Apóstoles, que antes de la Pentecostés erant perseverantes unanimiter in oratione  (Act, I, 14); y lo mismo los primeros cristianos,  que erant perseverantes, in doctrina apostolorum_ et communicatione fractionis panis et orationibus (Act.II, 42). En sus epístolas, los Apóstoles exhortan continuamente a los -cristianos a cuidar la oración: orationi instantes (Rom. XII, 12; Colos. IV, 2;  I Petr. IV, 7;  Iacob.  V, 16). San Pablo se encomienda a las oraciones de los fieles: obsecro ergo vos, fratres,_ per Dominum nostrum  lesum Christum et per caritatem Sancti Spiritus, ut adiuvetis me in orationibusvestris pro me ad Deum (Rom. XV, 30); y les tiene continuamente presentes en sus oraciones: Rom. I, 9-10; Ephes. I, 16; Colos. IV., 12; I Thes. I, 2; etc.

 

5. Toda la tradición de la Iglesia manifiesta esta verdad fundamental, que ha reiterado también  el reciente   Concilio Vatica-no II (cfr. Const. Sacrosanctum Concilium, nn. 12 y l3). Es imposible creer en la santidad de quien no hace oración; nunca me cansaré de repetirlo: nuestras Normas de piedad, nuestra oración, son lo primero.  Sin la lucha ascética, nuestra vida no valdría nada, seríamos ineficaces, ovejas sin pastor, ciegos que guían a otros ciegos (cfr. Matth. IX, 36; XV, 14). Nuestra vida de apóstoles vale lo que vale nuestra oración.

 

6. Para buscar seriamente la santidad,  es necesario que la oración sea habitual; pero esa presencia de Dios ha de tener manifestaciones concretas en las jaculatorias, actos de amor, acciones de gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales, etc. Y es preciso, además, dedicar diariamente unos tiempos determinados al trato directo y exclusivo con el Señor, sin la mediación de otras actividades. Sobre estas prácticas de piedad cristiana deseo haceros algunas consideraciones concretas:

 

a)  hay que poner empeño para  lograr  que el tiempo dedicado a la oración  mental  sea el  más oportuno,  y poner también otros medios que faciliten el recogimiento  y el  coloquio efectivo con el Señor: lugar conveniente, un libro que ayude a las consideraciones y afectos espirituales, pues para esa conversación íntima con el Señor todas las almas, aun las más adelantadas, necesitan ordinariamente de  la ayuda de un  libro o de  algunos apuntes, etc.  Si alguna vez se prevé escasez de tiempo, es mejor adelantar la oración y hacerla cuanto antes: nunca retrasarla;

 

b) se ha de tener también en mucho la oración vocal: en ocasiones, la misma meditación se alimenta de pequeñas oraciones vocales.  Y hemos de amar de manera muy particular el rezo del Santo Rosario: es un modo maravilloso de tratar a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, que es la senda para llegar a Jesu-cristo y, por El, a la Trinidad Beatísima;

 

c) también el Sacramento de la Penitencia es un encuentro maravilloso con el Señor:  un diálogo divino  (cfr. Matth. IX, 2- 3; Ioann. VIII, 10:11). Hemos de agradecer al Señor la institución de este Sacramento,  acudiendo frecuentemente a recibirlo. Aunque no haya nada, o casi nada, que confesar,  este Sacramento nos robustece en el acercamiento a Cristo Señor Nuestro. El alma necesita muchas veces el desahogo y la gracia que da el Sacramento de la Penitencia:  no basta evitar los pecados mortales para cumplir la voluntad de  Dios;  es  preciso querer evitar también los veniales,  y esforzarse por hacer positivamente lo que Dios quiere de nosotros. También para esto es un gran medio la confesión frecuente, la recepción habitual del Sacramento de la Penitencia mediante la confesión auricular, que aumenta la  gracia si ya se tiene, fomenta el arrepentimiento,  facilita el conocimiento propio y la humildad, mortifica las raíces del pecado,  excita el fervor y fortalece la voluntad en el amor.

 

7. Parte importante de nuestro apostolado consiste en llevar a las almas -a todas, sin excepción- a la práctica de la oración mental, enseñándoles a hacerla, a hablar con Dios de El, de nosotros, de nuestras alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias, flaquezas, y a darle gracias y a pedirle todo; y también  fomentar vivamente la  práctica de la confesión auricular frecuente, Sacramento de la Iglesia, fuente de gracia, donde nos revestimos de Jesucristo y de sus merecimientos, donde el Señor nos  perdona  y nos une  profundamente a su Corazón  misericordioso.  Por eso hemos de  aconsejar también a todos los buenos sacerdotes que dediquen muchas horas al confesonario, que estén siempre disponibles para confesar, que recuerden que -después de la celebración  del  Sacrificio de la Misa- ésta es la parte más esencial de su ministerio.

 

8. Cfr. guión nº 12 de ref avH 10/70; Crónica II-67,  pp.  6 ss.; II 8, pp. 6 ss.

 

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Publicado el Miércoles, 07 noviembre 2007



 
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