APARTADO III Charla nº 6
El Padre
1. Dice el Señor que
"nadie es bueno sino sólo Dios" (Lc 18,19). Quiere decir que sólo Dios es bueno por esencia; sólo Él es la Bondad. Pero su Amor le lleva a hacer
partícipes de su bondad a las
criaturas, por lo que todas las cosas son buenas (cfr.
Gen 1,31).
También dijo el Señor que
"sólo uno es vuestro Padre, el celestial" (Mt 23,9). Sólo Dios realiza la
paternidad en un sentido pleno, perfecto. Pero también ha querido que algunos
de sus hijos
participen de la paternidad divina, en diversos grados y sentidos.
2. En la vida sobrenatural
de hijos de Dios en el Opus Dei, la
primera y más profunda paternidad participada de Dios es la que recibió nuestro
santo Fundador: nuestro Padre. Por voluntad de Dios, somos hijos de su
oración y de su mortificación; de su plena
entrega al querer divino. Como San Pablo a los gálatas
(cfr. Gal 4,19),
nuestro Padre nos engendró con dolor, como las madres.
3. Nuestro Padre es
"el Padre irrepetible no sólo por sus condiciones espirituales y
humanas absolutamente excepcionales -y eso sólo ya bastarla-, sino precisamente
por eso: porque es nuestro Fundador, nuestro Patriarca -genuit
filios et filias, dándoles el maravilloso
espíritu de la Obra-, Padre de los Padres que le sucedieren, que
velará de modo especial por quienes sean escogidos para
continuar su labor de Presidente General y de Padre" (Del
Padre).
4. De la paternidad
espiritual de nuestro Fundador participarán, de manera
especialmente intensa, todos sus sucesores, a los que llagamos también Padre, porque:
Plenamente identificados
con nuestro Padre, son el canal
-el arcaduz- por el que llegan a toda la Obra las bendiciones
de Dios.
El Padre es instrumento de
nuestro Padre: "nuestro Padre sigue gobernando la Obra: yo no
soy más que su sombra, la batuta que tiene en sus manos; pero la
orquesta sigue dirigida por nuestro Fundador desde el Cielo" (Del Padre).
El Padre es el signo
visible de nuestro Fundador, su voz: “Oís mi voz, pero no es la mía. Yo no sé
nada, ni valgo nada; pero nuestro Fundador que está en el Cielo,
sí" (Del Padre). "Yo procuro expresar lo que
diría nuestro Padre; en cualquier caso, no soy yo: es nuestro Fundador quien habla. Así
que tomad estas palabras como venidas del
Cielo" (Del Padre).
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El Padre recibe de Dios corazón de padre y de madre; nos lleva sobre su corazón; se desvive por
nuestra santidad y nuestra felicidad, dándonos abundantemente el alimento
espiritual que necesitamos
5. Como buenos hijos, hemos de
crecer siempre más en nuestro cariño filial. Para esto, lo primero es ser
fieles: "El Padre no nos pedía más que fidelidad (...) Cuando alguna
vez recibía
una carta de un hijo o una hija que no quería perseverar, el Padre sufría mucho. Quizá para aliviarle ese
dolor, escribían: yo, Padre, le quiero mucho. Y era cierto, porque sabía
hacerse amar (...) Pero comentaba,
con lágrimas en los ojos: agradezco ese
cariño, pues al fin y al cabo tengo corazón; pero ¿que
me importa que me quieran a mí, si no aman a Dios Nuestro Señor?" (Del Padre).
El enemigo imponente sería nuestra falta de
filiación y nuestra falta de fraternidad (cfr.
Camino, n. 935). El espíritu de filiación es el
fundamento de la unidad y de la caridad fraterna.
6. "Cuando yo me muera, hijos míos, al Padre, sea quien sea, amadlo mucho, mucho, aunque se os pasen por
la cabeza pensamientos de que no es
suficientemente santo o inteligente, o mil ideas más que se os pueden ocurrir y
que habréis de desechar inmediatamente,
porque son malas. ¡Amadle mucho, hijos míos! Besad donde pise, no dejéis esa
pequeña mortificación diaria y de rezar con amor la oración por el que hace
cabeza. ¡Amadle mucho, hijos míos,
que es muy duro llevar esto encima!" (De nuestro Padre).
7. "Ayudadme generosamente para que yo oiga
siempre a nuestro Padre: porque a todos nos
conviene que el Padre sea cada día un poquito mejor, y porque es una
obligación de los hijos ayudar al Padre, y
del Padre, fortalecer a los hijos" (Del Padre).
Oración y mortificación diaria por el Padre: si al llegar la noche no hemos hecho esa mortificación, ya no
se hace: pero hemos de rezar una oración por el Padre y nos queda el
dolor de no haberle apoyado suficientemente.
8. Escribirle -"me enamora esta costumbre", decía nuestro
Padre- con frecuencia, siempre que queramos, haciéndole sentir la alegría de nuestra unión y correspondencia: con espontaneidad y cariño.
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