APARTADO III Charla nº 45
Labor de San Rafael (I)
La
labor de San Rafael es la que se hace con esa juventud que es esperanza de la Obra (De nuestro Padre), para procurar el mejoramiento de su vida cristiana, darles a
conocer y hacerles practicar la vida
interior, inclinar a los mejores a dedicarse al Señor en un celibato apostólico
(obra de San Miguel) o formarles para
padres de familia, colaboradores de nuestro apostolado (obra de San Gabriel). Son personas a
quienes "se les ha hablado del
apostolado de la Obra, y voluntariamente se han sumado a nuestro trabajo: se han unido a nosotros, para continuar siendo lo mismo que eran antes: unos
estudiantes cualesquiera, unos oficinistas,
unos obreros más" (De nuestro Padre).
Los
chicos de San Rafael no forman asociación de ningún género, no adquieren un vínculo jurídico con la Obra, pero "hay indudablemente una unión muy estrecha de los
chicos de San Rafael con la Obra. De
hecho, forman parte de esta familia sobrenatural,
que es el Opus Dei: voluntariamente quieren recibir su calor, adquirir al menos
su espíritu básico propio, y colaborar en
la tarea espiritual con los socios que integran la Obra" (De nuestro
Padre). La labor de San Rafael es, además, el
semillero de la obra; "Aunque
también vendrá gente que no haya pasado por la labor de San Rafael, la Obra de San Rafael es la niña
de nuestros ojos: hay que prepararla de veras" (De nuestro Padre).
Realizar
la obra de San Rafael compete a todos: “Que todos,
hijas e hijos, los más jóvenes y los que ya no lo seáis tanto, tengáis siempre una preocupación muy viva por
nuestra obra de San Rafael. La hemos de mirar con predilección -lo repito-, ha
de ser la niña de nuestros ojos" (De nuestro Padre).
En
los Centros de San Rafael se ha de respirar en todo lugar y momento el espíritu del Opus Dei. Es de suma
importancia cuidar el ambiente de esos Centros nuestros, que tienen como fin
inmediato "la formación integral de todos los que toman parte en esta labor" (De nuestro Padre).
Los
chicos han de saber que vienen a formarse,
con plena libertad y con plena
responsabilidad. De lo contrario, perderían el tiempo y lo harían perder; lo
cual es inadmisible en un Centro nuestro.
Todo
el ambiente ha de estar informado por la caridad -el mandatum novum-, manifestada en mil pequeños detalles de orden, de servicio, de ayuda a los demás también por lo
que se refiere a la formación
profesional; de oportuno silencio o de sonora y amable alegría, según el lugar
y el momento.
La
alegría -parte integrante de nuestro camino- ha de ser una nota dominante de la vida de nuestros Centros.
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No
menos importante es el ambiente de trabajo.
La sala de estudio es lugar
esencialmente importante de santificación.
Por esto, se guarda silencio. "En el aspecto humano, inculcamos primero en
las chicas y en los chicos de San Rafael un gran sentido de responsabilidad, haciéndoles ver la obligación grave que tienen de estudiar o de trabajar, y de santificarse en
el cumplimiento de este fundamental
deber. Así fomentamos en los corazones jóvenes las virtudes humanas, que son
base necesaria para cultivar las virtudes sobrenaturales" (De nuestro
Padre).
“Fomentad
en los muchachos todas sus ambiciones nobles,
sobrenaturalizándola” (De nuestro Padre), purificándolas de cualquier asomo de
egoísmo, de vanidad, para que sean exclusivamente para la gloria de Dios, para
el servicio de Dios y de las almas, con el afán
de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades
humanas, con creciente vibración apostólica. Han de sentir la responsabilidad de dar gratis lo que gratis
reciben. Es preciso encender en sus
corazones el afán de ganar almas para Dios:
enseñarles a hacer apostolado, con el ejemplo, y con ejemplos concretos,
proponiéndoles metas inmediatas, previniendo posibles desalientos, haciéndoles
ver que el Señor los ha escogido -nada
más y nada menos- como instrumentos suyos para llenar de luz el mundo.
5.
Que los chicos sientan que la casa es suya:
darles encargos, hacerles trabajar, en pequeños arreglos, etc., ejercitando
siempre el apostolado de no dar.
En
el Opus Dei el "apostolado lo desarrollan fundamentalmente los laicos" (Conversaciones, n. 69). Pero "la función santificadora
del laico tiene necesidad de la función santificadora del sacerdote" (Ibid.). Los laicos tienen el
deber de llenar de trabajo a nuestros
sacerdotes, llevándoles muchas almas, para que,
más allá del muro sacramental, las limpien con la Sangre redentora de
Jesucristo, y así, purificadas, santificadas, sean más capaces de oír y
responder generosamente a las llamadas de Dios.
Para
encaminar a los chicos a la dirección espiritual, siempre será eficaz ayudarles a meditar los puntos de
Camino sobre el tema (nn. 56, 59, 60, 62, 63-65). En algunos países o ambientes,
será preferible llamar de otro modo a la dirección espiritual, para que
entiendan mejor su valor sobrenatural, ponderado por el Magisterio de la
Iglesia y los autores espirituales.
La invitación a la
dirección espiritual con el sacerdote, debe
surgir ordinariamente de un modo espontáneo, de una conversación amistosa, respetando delicadamente
-como siempre hizo nuestro Padre, como hemos hecho siempre- la libertad de las conciencias. No se trata de imponer a nadie
dirección espiritual, y menos aún con
un sacerdote determinado, sino de ofrecer a los que libremente lo deseen
una ayuda eficaz para su vida interior, que
permite además resolver dudas y problemas prácticos de conducta.
9.
La dirección espiritual con el sacerdotes
indispensable -a la vez que la charla confidencial con el seglar- para que
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los
chicos entiendan y practiquen el espíritu de la Obra. Por esto, se ha de procurar que hablen con el sacerdote con
cierta periodicidad; por ejemplo,
cada semana o cada quince días.
10.
Cuando un chico de San Rafael ya charla y se confiesa con un sacerdote de la
Obra, no termina la tarea apostólica de su amigo de Casa; al
contrario. La Obra de Dios es eminentemente laical, y el sacerdote, en nuestro
apostolado, tiene como norma particularísima
ocultarse y desaparecer. La dirección espiritual es tarea conjunta de sacerdotes
y laicos. La amistad, auténtica, humana y sobrenatural, ha de seguir
intensificándose, llegar a la confidencia,
en la que -sin sentar cátedra ni pedir cuentas de conciencia-, se habla con profundidad y detalle
del plan de vida, del trabajo, del
apostolado, de la santa pureza, etc. De otro modo se desvirtuaría la esencia y,
por tanto, la eficacia de la labor; fácilmente se perdería la
continuidad en la charla con el sacerdote»
porque no faltan ocasiones de desánimo, de aparente falta de tiempo, etc., que requieren, por parte de
los laicos, una incesante atención, un trato asiduo» lleno de naturalidad y de sentido sobrenatural.
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