APARTADO III Charla nº 4
La Obra (II)
Desde los comienzos,
nuestro Padre hacía considerar a sus hijos que "no
somos una organización circunstancial... Ni venimos a llenar una necesidad
particular de un país o de un tiempo determinado, porque quiere Jesús su Obra desde el primer
momento con entraña universal, católica" (De nuestro Padre). La Obra no nacía para dar solución a
los problemas dé la Europa de los años veinte, sino para decir a
los nombres y mujeres de todos los países, de cualquier
condición, rasa, lengua o ambiente -y de cualquier estado: solteros, casados,
viudos, sacerdotes-, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con
su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales" (Conversaciones,
n. 32).
"Por eso, mientras
haya hombres en la tierra, habrá Opus Dei. Siempre se
producirá ese fenómeno: que haya personas de todas las profesiones
y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o
en ese oficio suyo, almas contemplativas en medio de la
calle" (De nuestro Padre). El espíritu de la Obra
"por su misma naturaleza, no está limitado por unas circunstancias
determinadas de lugar y tiempo, sino que responderá siempre
a los más diversos cambios y situaciones que, a lo largo de los
siglos, tengan lugar en la sociedad de los hombres" (De nuestro
Padre).
3. Dios ha querido que
"por esta vocación nuestra", estemos "presentes en el
mismo origen de los rectos cambios que se dan en la vida de la sociedad",
y que hagamos "también nuestros los progresos de cada
época: nuestra mentalidad y nuestra acción responderán siempre
plenamente a las exigencias y necesidades que se puedan dar con el
correr de los siglos" (De nuestro Padre). Por eso, "nunca,
para la Obra, habrá problemas de adaptación al mundo; nunca se encontrará el Opus Dei en la necesidad de plantearse
el problema de ponerse al día. Dios ha puesto al día su Obra de una vez para siempre, dándole esas características seculares,
laicales (...) No habrá jamás necesidad de adaptarse al mundo porque somos del mundo; ni tendremos que ir detrás del progreso humano, porque somos nosotros -sois
vosotros, mis hijos-, junto con los
demás hombres que viven en el mundo, los que hacéis este progreso con vuestro
trabajo ordinario" (De nuestro Padre).
4. "Yo veo la Obra
proyectada en los siglos y siempre joven, garbosa, guapa y
fecunda" (De nuestro Padre). "Soñad y os
quedareis cortos". "Contemplo la Obra como el Señor la quiso, y es
preciso esperar: la veo proyectada en el tiempo -¡siglos!- y hacer en la historia
de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo" (De
nuestro Padre). "Hijos míos: no tiene riberas
nuestro apostolado, es algo maravilloso, extenso, espléndido, que
ni los más jóvenes de vosotros lo verán agotado, porque apenas
estará incipiente, a la vuelta de los años, que, por la mise-
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ricordia de
Dios, vosotros viviréis" (De nuestro Padre).
5. La universalidad de la Obra -en el espacio y
en el tiempo- se funda necesariamente en su
unidad espiritual, moral y jurídica.
La Obra es una, y ha de ser la misma que Dios ha querido, en cualquier lugar y época donde se realice. Unum corpus multi sumus; un solo corazón,
una sola alma, un único afán. Siendo amplísima,
"en la vida nuestra, la senda está perfectamente señalada: no hay nada que no esté... ¡esculpido!"
(De nuestro Padre). "En nuestro Derecho todo está
cuajado de una manera tan divina, que
yo os aseguro que no es mío. ¡Es de Él! ¡Amadlo! ¡Veneradlo! Es el medio que nos ha dado Dios Nuestro Señor
para que vosotros y yo vayamos por ese camino y no nos podamos
descaminar” (De nuestro Padre).
La unidad confiere a la Obra
una gran belleza y extraordinaria eficacia sobrenatural. Por el contrario, un
ejército disgregado es un ejército derrotado. La unidad ha de ser,
ante todo, con la Cabeza: con el Padre y sus intenciones. Vibrando todos al
unísono con el Padre, la Obra será "imponente como escuadrones
en orden de batalla" (Cant 6,9), vencedora in hoc pulcherrimo caritatis bello, en esta hermosísima guerra de amor y de paz.
Pero la unión con el Padre
comienza en la unión con los Directores inmediatos. Decía nuestro Padre:
"cada Director es como si fuera yo" (De nuestro Padre). Y si somos hijos de un mismo Padre -y de una misma Madre,
la Obra-, ¿cómo no vamos a sentir una estrechísima fraternidad
con todos nuestros hermanos?
El espíritu de la Obra nos
otorga una mirada universal, radicalmente opuesta a la mentalidad pequeña,
estrecha, creadora de "capillitas" (cfr. Camino, nº. 963, 7, 525, 764); ensancha nuestro corazón de tal
modo que mientras rezamos, trabajamos, hacemos apostolado y
proselitismo en nuestro sitio, no perdemos de vista el
conjunto; nos sabemos realizadores de una tarea de
dimensión universal, "cara a la humanidad entera, pensando en todas las
almas de todo el mundo" (De nuestro Padre), en toda la Obra,
en toda la Iglesia. Por eso siempre subordinamos lo local a lo
universal; las necesidades locales ceden siempre ante las universales.
Y así siempre el bien universal redunda con creces en el
bien particular.
Consecuencia de la
universalidad -catolicidad- de nuestro espíritu es el amor a la
patria, "sin ceder a nadie mejora en ese amor" (Camino, n. 525). Y, a la vez, tenemos por nuestros "los afanes
nobles de todos los países" (Camino, n. 525)- "El nacionalismo es un pecado, es una falta de justicia contra las demás naciones (...).
Es una necedad, que acaba siempre por hacer
daño a la Iglesia" (De nuestro Padre); "es contrario al amor de Jesucristo, que es universal" (De
nuestro Padre).
10. La tradición, en Casa -de modo análogo a como sucede en la vida de la Iglesia-, tiene valor
fundamental; en la Obra hay
tradiciones de familia que hemos de amar, continuar y transmitir a los que vengan detrás. De ahí que acomodarnos fielmente a
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la
enseñanza oral y escrita de nuestro Padre, al ejemplo de su conducta,
a las Normas y Costumbres, al Derecho de la Obra que dejó esculpido, será
siempre garantía de fidelidad al espíritu querido
por Dios para su Obra. No tenemos derecho a alterar ni una coma de esta
herencia maravillosa. Lo nuestro es esforzarnos por hacerla vida nuestra, para
transmitirla en toda su pureza original, y
en toda su integridad.
11. El espíritu de la Obra
es vida, y debe transmitirse vitalmente, con la vida nuestra, a los
que vengan detrás. Es preciso formarse muy bien. No somos un verso suelto. Somos
eslabones de la misma cadena que ha de extenderse hasta el fin del
mundo. Un pequeño error ahora, podría hacerse grande al final.
Somos oveja y pastor en la Obra.
Corrección fraterna.
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