APARTADO III Charla nº 23
Obediencia
La obediencia forma parte
esencial del misterio de la Redención. El pecado es desobediencia a
Dios. Nuestra salvación sólo puede estar en la obediencia. Por esto el Señor se
hace obediente hasta la muerte. Y para corredimir con Cristo -que
es la razón de nuestra vida y de nuestra entrega en la Obra- no
hay otro modo que obedecer.
"Jesús, ¿cómo obedeciste tú?
Usque ad mortem, mortem autem crucis (Phil 2,8). Hasta la muerte y muerte de Cruz. Hay que obedecer, cueste lo que cueste;
dejando el pellejo. Nunca sucederá
esto ordinariamente; pero si llega, no te preocupes: hasta eso llegó Jesús" (De nuestro Padre).
"Mi alimento -dice el
Señor- es hacer la voluntad del que me envió y llevar a
cabo su obra" (Ioh 4,34).
La obra que el Señor nos ha confiado a nosotros es el Opus Dei: hacer
el Opus Dei en la tierra, siendo nosotros mismos Opus Dei. Si no,
hemos fracasado.
Para lograrlo, el camino es
la identificación con el criterio de los Directores, por fe y por amor de Dios,
en todo lo referente a la vida espiritual y al apostolado. "Tú
eres el sarmiento: deduce todas las consecuencias. Las
consecuencias son éstas: que tienes que estar unido a los que mandan, a
aquellos que ha
puesto él Señor para gobernar, que son la cepa, la planta, a la
que tienen que estar unidos los demás. Y si no, no me daréis fruto
(…) Obedeciendo estarás unido a Dios nuestro Señor" (De nuestro
Padre). Además, decía nuestro Padre: "cada
Director es como si fuera yo".
La obediencia nos inserta en
el plan sapientísimo de Dios y nos da una eficacia divina. Por el contrario,
desobedecer es salirse de su plan y llenarse de infecundidad: una
triste cosa. "Obedecer en tu
apostolado..., el único camino: porque, en una
obra de Dios, el espíritu ha de ser obedecer o marcharse" (Camino,
n. 941). Por eso "en los trabajos de apostolado no hay desobediencia
pequeña" (Camino, n. 614). "Por esa
tardanza, por esa pasividad, por esa resistencia tuya en obedecer,
¡cómo se resiente el apostolado y cómo se goza el enemigo!" (Camino,
n. 616).
5. Hemos de aprender a
obedecer: con alegría, con prontitud, con eficacia. Para
esto, saber escuchar: enterarse bien de lo que se nos manda;
preguntando lo que sea menester. Sabiendo que en Casa se manda con
gran delicadeza: el mandato más fuerte es por favor, o una frase análoga. Como
en el Hogar de Nazaret -"a esa familia
pertenecemos"-, en la Obra "manda el Amor" (Del Padre). Se manda y se obedece por Amor.
6.
"Un por favor, y vamos de cabeza" (De nuestro Padre); es decir,
poniendo todas nuestras fuerzas en la obediencia, pero
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sin
atolondramiento, sin precipitación, con serenidad, con sentido
común y sentido sobrenatural. Sin interpretar de modo subjetivo
el mandato; sin interpolaciones a nuestra gusto: "al apostolado vas a someterte, a
anonadarte, no a imponer tu criterio personal" (Camino, n.
956).
Obedecer con continuidad,
con perseverancia, con la misma ilusión al empezar que al
terminar; con más ilusión, porque, el amor ha de ser
creciente. Terminar las cosas, cumplirlas hasta el
final e informar sobre lo que nos han encargado. Lo nuestro son
las ultimas piedras: "el trabajo a medias es una caricatura del
Opus Dei. Yo no pienso que sea digno de Dios lo que no está acabado”
(De nuestro Padre).
La obediencia no está
reñida con la libertad, al contrario. Porque nos da la gana, queremos
amar a Dios con todas las fuerzas; libremente, amamos más la
Voluntad de Dios que la nuestra, porque es lo que vale la pena y
por eso obedecemos. Así no hay conflictos, como no los tuvo el
Señor, que hablaba de obediencia y de libertad como cosas unidas (cfr. Ioh 10,17-18). El Amor supera toda antinomia, funde nuestra libertad con
la voluntad de Dios.
En consecuencia, no
obedecemos como "mandados",
sino asumiendo plenamente
la voluntad de Dios, manifestada en las indicaciones de los Directores,
sintiéndonos -porque es verdad- plenamente
responsables de nuestros actos: hacemos
nuestro el mandato.
10. Por lo mismo, conjugamos sin dificultad la obediencia con la iniciativa.
Siempre andamos empeñados en hallar el modo de ser más eficaces, de llegar más lejos en nuestra labor de almas. Hemos de vivir una obediencia inteligente. "Si os
parece una barbaridad lo que os
mandan, decidlo. Si os dicen que lo hagáis –no siendo una ofensa a Dios, pequeña o grande-, hacedlo" (De nuestro Padre). (cfr. Camino, n. 623).
Tal es la importancia de la
obediencia que "queremos obedecer siempre, de tal manera que,
en cuanto hay juntos dos de nosotros, uno tiene que ser el Director, según la
ley de la precedencia" (De
nuestro Padre). Amamos la obediencia, que es amar las
huellas de Cristo en la tierra. No esperamos a que nos digan "haz
esto o lo otro"; conocemos el espíritu de la Obra cada vez mejor,
la mens Patris, y en todo
momento -con voluntariedad actual- hacemos lo que nuestra
condición de hijos de Dios en su Opus Dei nos pide:
obedecemos, con todo el valor, el mérito, la gracia y el aumento
de caridad que la obediencia conlleva, las veinticuatro horas del día
(cfr. Camino, n. 622).
De este modo nunca nos faltará el gaudium cum pace. "Si la obediencia no te da paz, es que eres
soberbio" (Camino, n. 620). Pase lo que pase, si
hemos obedecido, hemos cumplido la voluntad de Dios. Omnia in bonum!
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