APARTADO III Charla nº 22
Naturalidad
Nuestra vinculación a la
Obra es algo muy profundo, íntimo,
que no altera nuestro estado y condición en el mundo; no
tiene trascendencia pública, en la vida social, profesional, etc. Sería
por tanto extemporáneo, fuera de lugar, pregonar esa vinculación;
lo mismo que si lleváramos un cartel en la espalda que dijera:
¿quiero ser un buen cristiano!
”Lo que nos pide el Señor es
naturalidad: si somos cristianos corrientes, almas entregadas a Dios en medio
del mundo -en el mundo y del mundo, pero sin ser mundanos-, no podemos comportarnos
de otro modo: hacer cosas, que en otros son raras,
serían raras también en nosotros. Sabéis bien que he prohibido que nuestra
entrega tenga especiales manifestaciones externas: no hay ninguna razón para que
llevemos uniformes o insignias. Respeto a los
que piensan que, para ser buen cristiano, hace falta ponerse al cuello una
docena de escapularios o de medallas.
Tengo mucha devoción a los escapularios y a las medallas, pero tengo más
devoción a tener doctrina, a que la
gente adquiera conocimiento profundo
de la religión.
De este modo no es necesario, para demostrar que
se es cristiano, adornarse con un puñado de
distintivos, porque el cristianismo
se manifestará con sencillez en las vidas de los que conocen su fe y luchan por ponerla en práctica, en
el esfuerzo por portarse bien, en la alegría con que tratan de las cosas
de Dios, en la ilusión con que viven la
caridad" (De nuestro Padre).
3. "La intimidad de
la entrega personal a Dios y la intimidad de la vida de
nuestra Familia, no son cosas para andar pregonándolas por la calle, ni
para satisfacer la curiosidad del primer oliscón
agresivo que llame a la puerta: nuestra ingenuidad ha
de ir unida a la prudencia" (De nuestro Padre).
"¿Acaso la lección de Jesucristo no es que debemos pasar entre los
demás de nuestra condición social, de nuestra profesión, como uno de tantos,
desconocidos? No desconocido por tu nombre, ni por tu trabajo.
No desconocido porque no destaques por tu talento; sino
desconocido
porque no hay necesidad de que sepan que tú eres alma entregada a Dios, empeñada en imitar a Jesucristo; que
tú eres sal de la tierra, otro
Cristo. Que lo experimenten: que se sientan limpios, nobles, fuertes en
su conducta: pero que tú pases inadvertido
como Cristo en Nazaret" (De nuestro Padre).
4. Tampoco ocultamos
nuestra vinculación a la Obra. "Aborrezco el secreto, que muchas
veces no sirve sino para hacer el mal, o para que se diluya la
responsabilidad. No admito más secreto que el de la confesión: y así lo
digo siempre, a todos los que alguna vez se me acercan con la pretensión de
contarme algo en secreto" (De nuestro Padre). Nada tenemos que encubrir u ocultar.
"Nunca he tenido secretos, ni los tengo ni los tendré.
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Tampoco los tiene la Obra:
no estaría bien que los tuviese, y yo, que soy el Fundador, no lo
supiera. El secreto es innecesario para el Opus Dei: no lo ha
necesitado nunca, ni lo necesita ahora, ni lo necesitará jamás. El
tesoro que Dios ha depositado en nosotros, la luz que hemos de
comunicar es un secreto a voces: porque tenemos la obligación, la
misión divina de proclamarlo a los cuatro vientos" (De
nuestro Padre).
5. Todo el que está
interesado, dispone de abundante información sobre la Obra,
los nombres de los Directores y los domicilios de las obras corporativas de
apostolado, que figuran en diversas publicaciones.
El mismo respeto que exigimos para las cosas de
nuestra conciencia, lo tenemos para las
conciencias de los demás. En el apostolado hemos de meternos audazmente en la
vida de los demás -como Cristo se ha
metido en la nuestra-, pero lo hacemos sin violencia, con exquisita delicadeza, contando siempre con la "complicidad" de nuestro interlocutor,
pues sabemos que abrir el corazón en
confidencia de amigo, trae la luz y la paz para el alma. Y guardamos con
lealtad sus confidencias.
Por ese mismo respeto a la
intimidad, hay ciertas cosas de nuestra familia sobrenatural que no comunicamos
a los extraños, "porque, siendo para nosotros muy queridas, para los demás
iban a ser motivo de risas y burlas; aquí también, en esta casa
de todos nosotros, hay cosas sin importancia, muy edificantes
ordinariamente, que serían tomadas a broma por quienes no pertenezcan
a nuestra Familia" (De nuestro Padre). Es una
norma de comportamiento que dicta el más elemental sentido
común.
El silencio de oficio es
un deber de natural prudencia y, en muchos casos, de justicia, pues no es
correcto airear asuntos personales de los demás, confiados por ellos en razón
del cargo o profesión. Por otra parte, en cualquier familia,
determinadas preocupaciones, necesidades y proyectos, los tratan los padres
con algunos de los hijos mayores, sin que los más jóvenes tengan
por que enterarse. "Si los problemas van a quien no tiene por
qué tratarlos ni resolverlos, las cosas van mal, muy mal" (De nuestro
Padre).
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