APARTADO III Charla nº 18
Caridad
Así como la gracia
santificante diviniza nuestro ser, y la fe diviniza nuestra
mente para que pueda conocer cosas que por propia capacidad sólo
Dios conoce, la caridad diviniza nuestra voluntad para que con
ella podamos amarle de un modo superior al natural humano, es
decir, con una intensidad, calidad y extensión sobrenaturales, que nunca
alcanzaríamos por mucho que se dilatasen nuestras propias
fuerzas.
La caridad nos permite
amar con el amor de Dios: quererle sobre todas las cosas, con todo
el corazón, con toda el alma, con toda la mente, como exige el
primer Mandamiento (cfr. Mt
22,36-38), y a nosotros mismos y a los demás por Dios, en Dios y, en
cierto modo, como Dios nos ama a cada uno: "Como yo os he amado, amaos también
unos a otros" (Ioh 13»34).
No es posible amar a Dios sin amar lo que Dios ama.
3. A propósito del mandatum novum, nuestro Padre
comenta: "Desde los primerísimos
comienzos del Opus Dei he manifestado mi gran empeño en repetir sin
descanso, para las almas generosas que se decidan a traducirlo en obras, aquel
grito de Cristo 'en esto conocerán
todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros’ (Ioh 13,35)” (Amigos de Dios, n. 43).
"A mí me enamoró de tal manera que, ya en la primera casa que tuvimos,
hice poner un gran cartel, que se conserva, con este precepto del amor"
(De nuestro Padre).
4. Amar es querer el bien
para los que amamos (sobre todo el Bien Supremo, que es
Dios); y quererlo eficazmente, operativamente,
en la medida de nuestras fuerzas: obras son amores y
no buenas razones.
Como toda virtud, la
caridad es ordenada, y aunque se extiende a todas las almas,
aun a los enemigos (cfr. Mt
5, 43-47), hemos de amar "ante todo a aquellos que son
mediante la fe de la misma familia que nosotros" (Gal
6,10); y especialísimamente a los
"que tienen el lazo de la fraternidad, por ser hijos de una misma
Madre, la Obra" (De nuestro Padre).
"Formad un solo
corazón. Quereos como una madre a su hijo, como un padre a su hijo, como
hermanos, que sois más que hermanos. ¡Por amor de Dios, quereos
mucho! Si no, no vamos bien" (De nuestro Padre). "Sentid en vuestras almas
esta bendita fraternidad que se traduce en quereros de verdad, más que
si tuviéramos la misma sangre: que, además, la
tenemos, porque somos hijos de Dios, bañados y purificados por su Sangre misma,
y elegidos con idéntica vocación" (De nuestro Padre).
Esos maravillosos vínculos
que nos unen –congregavit nos
in unum Christi amor- se
manifiestan en caridad sobrenatural
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y
cariño humano: "No tengáis miedo a teneros cariño, pero sin familiaridades (...) Que
os queráis, sin ninguna cosa particular, que
es de gente boba, mal formada" (De nuestro
Padre); sin sensiblerías, sin apegos ni desapegos, con un amor que pase por el
Corazón Sacratísimo de Jesús y por el Corazón Inmaculado de María.
Alter alterius
onera portate et sic adimplebitis legem Christi (Gal 6,2);
"... con tal delicadeza y naturalidad que ni el
favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia
debes" (Camino, n. 440). Poner
el corazón en el suelo, para que los demás pisen blando. "Implete gaudium meum, llenadme de
alegría (Phil 2,2), y haced que ningún hijo mío
-nadie en la Obra- sienta la crueldad de la indiferencia" (De
nuestro Padre).
Manifestación necesaria de
caridad es la oración y mortificación por nuestros hermanos. Especialmente, por
los que más lo necesiten: "Pedid por el que esté más
necesitado, para que la caridad sea en la Obra tal como el Señor la ha
querido. Y todo por medio del Corazón Inmaculado de Nuestra Madre Santa
María" (De nuestro Padre). La Oración
Memorare (oración saxum la llamó nuestro
Padre) aplicada por el que mas lo necesita, será para
él (y quizá para nosotros mismos, más de una vez) una ayuda
formidable. Vale la pena ser generosos.
En el día de guardia
tenemos especialmente presente que la Obra es a la vez familia y milicia, con
todas las consecuencias. Es una Costumbre encantadora, que hemos de
vivir con intensidad: de alguna manera la fortaleza de los demás
del Centro, y de la Obra entera, depende en gran parte de
nuestra vigilancia.
"Bonus
Pastor animam suam dat pro ovibus suis (Ioh 10,11), el Buen
Pastor da la vida por sus ovejas. Daréis vuestra vida, como buenos
pastores de vuestros hermanos, preocupándoos unos de otros con
caridad, ejerciendo la corrección fraterna, cumpliendo con amor aquel
mandato del Señor: compelle intrare
(Lc 14,23),
ayudándoles a seguir con alegría el camino de su dedicación
al servicio de Dios" (De nuestro Padre). La
práctica de la corrección fraterna sirve como de termómetro para
calibrar nuestra caridad.
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