APARTADO II Charla
nº 4
I. Unidad de vida
II. Plan de vida: importancia
III. Costumbres. Oración y mortificación por el Padre
I. Unidad de vida
La unidad de vida "es
fundamento de la peculiar fisonomía de nuestra familia sobrenatural" (De
nuestro Padre). Nuestro obrar debe seguir -con sencillez y coherencia- a
nuestro ser de hijos de Dios. La filiación divina lleva a tratar
incesantemente a Dios, a trabajar por amor, a hacer apostolado, sin
compartimentos estancos. Unidad de vida en las actividades ascéticas, apostólicas,
profesionales y familiares. Apartarse "de la tentación, tan frecuente
(...) de llevar como una doble vida: la vida
interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar,
profesional y social, plena de
pequeñas realidades terrenas" (Conversaciones, n 114).
Lo que hace posible la unidad de
vida es el fiel cumplimiento de las Normas. Una persona piadosa
cumple su deber; procura cumplir en todo momento la voluntad de Dios,
dirigirlo todo a la gloria de Dios. Rectificar la intención;
eliminar egoísmos. Trabajar por amor y sin espectáculo,
imitando a Jesucristo
en sus treinta años de vida oculta (cfr. Es Cristo que pasa,
nn. 15 y 20), viviendo con naturalidad.
Como la de Cristo en Nazaret,
"nuestra vida es trabajar y rezar, y al revés, rezar y
trabajar. Porque llega el momento en que no se saben distinguir estos dos
conceptos, esas dos palabras, contemplación y acción, que terminan por significar lo mismo en la mente y en la conciencia" (De
nuestro Padre). "La acción es
contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida" (De nuestro Padre).
Hemos de ser contemplativos en
medio del mundo, sabiendo descubrir ese "algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes" (Conversaciones, n.
114). Así, "en todas las ocupaciones, en cualquier actividad, se
nos levanta el alma hasta Dios (...), manteniendo un coloquio, una conversación
amorosa con Nuestro Padre Celestial y con
la Virgen Santísima, nuestra Madre" (De nuestro Padre).
El amor de Dios que llevamos en
el alma se materializa
(cfr. Conversaciones, n. 114) en obras bien hechas y el que hacer humano adquiere un valor sobrenatural
maravilloso. Virtud superior a la del rey Midas, que, según la leyenda,
convertía en oro cuanto tocaba.
La unidad de vida conduce
también a convertir el trabajo en medio de apostolado. Sin alterar su fin
y leyes naturales,
el valor del trabajo se enriquece y eleva. Como explicaba nuestro Padre, no
hacemos del apostolado una profesión, sino de la
profesión, medio de apostolado.
3. Alcanzar la unidad de vida exige lucha ascética, espíritu de sacrificio,
correspondencia a la gracia. "No querría ninguna obra, ninguna labor, si mis hijos no mejorasen en ella. Yo
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mido la eficacia y el valor de
las obras por el grado de santidad que adquieren los instrumentos que las
realizan" (De nuestro Padre).
4. Así conseguimos como una
segunda naturaleza, con "el instinto sobrenatural de purificar todas, las
acciones, de elevarlas al orden de la gracia, de santificarlas y de
convertirlas en instrumento de apostolado" (De nuestro Padre). Con
naturalidad, sin rarezas, somos Cristo que pasa por el camino normal de los hombres.
"Con este afán de
contemplación en medio del mundo -en medio de la calle: al aire, al
sol, bajo la lluvia-, no sólo os dominará el deseo de permanecer
en la tarea temporal, de no alejaros de las realidades terrenas, sino que os
arrastrará el afán apostólico de penetrar valientemente en todas esas
estructuras seculares, para desentrañar las exigencias divinas que
contienen; para enseñar que la fraternidad de los hijos de Dios -la
fraternidad humana tiene sentido sobrenatural- es la gran
solución que se ofrece a los problemas del mundo..." (De nuestro
Padre).
II.
Plan de vida: importancia
Nuestro camino está
perfectamente señalado: esculpido. Los medios precisos para
alcanzar nuestro fin -santidad y apostolado- nuestras Normas y
Costumbres. "El me dio a mí los medios concretos para ser santos
en nuestro camino del Opus Dei, y la Iglesia aprobó esos
medios" (De nuestro Padre).
Ninguna es superflua. Todas son
necesarias. Se adaptan a nuestra vida como un guante a la mano. Están
"acomodadas y dispuestas para hombres y mujeres que trabajan en
medio del mundo, desempeñando una actividad profesional" (De nuestro
Padre). "Viviendo bien las Normas, estaremos siempre pendientes de Dios, y
de los demás por Dios: nos olvidaremos de nosotros mismos, seremos
contemplativos. Y esto nos llevará, a su vez, a cumplir con más
amor y con mayor fidelidad nuestras Normas de vida" (De nuestro Padre).
3- En consecuencia, las Normas
son lo primero (De nuestro Padre). Porque son lo primero, siempre hay tiempo
para cumplirlas. "Hijas e hijos míos, si alguna vez el trabajo
-aun disfrazado de celo apostólico- os impidiese cumplir con amorosa
fidelidad las Normas de nuestro plan de vida, ya no estaríais
haciendo el Opus Dei: lo vuestro entonces sería obra del
demonio" (De nuestro Padre).
4- No es pecado, ni siquiera
leve, dejarlas de cumplir, "pero hay que decirlo al Director, cuando se
descuida alguna, incluso la más pequeña. Y hay que cumplirlas, porque está establecido
que se hagan. Si eres fiel al plan de vida todos los días, nos
veremos allá arriba, en el corazón de Dios. ¡Qué maravilla! "(De
nuestro Padre). Si su incumplimiento se hace "con desprecio
formal, o con fin no recto, o mueve a escándalo, o pudiera con-
tribuir a la relajación de nuestro espíritu, lleva consigo pecado contra
las correspondientes virtudes" (De nuestro Padre).
5. Cumplirlas amorosamente; no "con la mentalidad
del
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cumplo y miento" (Del
Padre), sino de modo que cada una sea un encuentro mas intimo con Dios. Si
alguna vez nos sentimos fríos y desganados, es necesario también cumplirlas con
amorosa fidelidad, aunque parezca una comedia. Dios es nuestro espectador.
III.
Oración y mortificación por el Padre
El cariño al Padre se mide,
sobre todo, por la generosidad en la oración y mortificación por su persona e
intenciones. Es Costumbre nuestra rezar alguna oración y hacer una
mortificación por el Padre cada día. Si nos olvidáramos alguna vez, al llegar
al examen de la noche, habríamos de rezar por el Padre una breve
oración, antes de acostarnos.;
Es un gustoso deber de
correspondencia. "Pensad siempre en vuestro prójimo: y el primero, para
vosotros, es el Padre: rezad mucho por mí, hijos" (Del Padre).,
Para acertar en lo que más
conviene pedir a Dios en cada momento, nos unimos siempre a las intenciones
del Padre.
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