APARTADO II Charla n° 31
I. Esperanza
II. Sentido de responsabilidad.
III. Devoción a los Santos Angeles
Custodios
I.
Esperanza
La esperanza -virtud teologal-,
es la confianza infundida por Dios en el alma, de alcanzar la santidad,
nuestro fin sobrenatural; y, con ella, el premio que el Señor nos ha
prometido (cfr. Mt 19,27-29). La esperanza es la virtud del
caminante, del
que aún no ha llegado a la meta. "Yo mismo -dice el
Señor- seré tu recompensa
inmensamente grande" (Gen 15,1).
Nuestra esperanza se funda en
la fe y en la humildad. Solos nada podemos; hasta el último instante necesitaremos de la misericordia de Dios. Pero la fe nos incita a
clamar: omnia possum in eo qui me
confortat (Phil 4,13). "No es presunción afirmar ossumus!
Jesucristo nos enseña este camino divino y nos pide que o emprendamos, porque El lo ha hecho humano y
asequible a nuestra flaqueza"
(Es Cristo que pasa, n. 15).
3. Ha sido el Señor quien nos
ha elegido y El nos dará también los medios. La iniciativa ha sido suya.
"Cuando Dios Nuestro
Señor proyecta una obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos. y les comunica las gracias convenientes"
(De nuestro Padre). Qui coepit in
yobis opus bonum perficiet (Phil 1,6). "Nuestra entrega nos
confiere como un titulo -un derecho, por decirlo así- a las gracias convenientes para ser fieles al camino que
emprendimos un día, porque Dios nos llamó. La fe nos dice que, cualesquiera que sean las circunstancias por que
atravesemos, esas gracias no nos faltarán si no renunciamos
voluntariamente a ellas. Pero nosotros debemos cooperar" (De nuestro
Padre). Confianza en Dios. Somos hijos
suyos. Somos sus instrumentos.
4. Al animarnos a ser fieles y
a rechazar con prontitud cualquier tentación contra la fidelidad, nuestro
Padre nos hablaba con frecuencia de un triple aspecto de esa virtud: "Tres
cosas son, hijas e hijos míos, las que nos llenan de alegría en la tierra y nos alcanzan la felicidad
eterna del Cielo: una fidelidad firme,
delicada, alegre e indiscutida a la fe, a la vocación y a la pureza" (De nuestro Padre).
5- Hemos de ser fieles.
Fidelidad es "cumplir exactamente lo prometido, conformando de este modo
las palabras a los hechos" (S. Tomás, S.Th., II-II, q.
110, a. 3, ad 5). Es por tanto una meta a la que debemos acercarnos cada día
más: siempre más fieles. Perseverancia significa no sólo permanecer,
sino progreso espiritual; no es inmovilidad, sino hacer fructificar
máximamente los talentos recibidos. ¡Fieles!, nos repetía nuestro
Padre.
6. Medios para asegurar la perseverancia:
Pedirla humildemente al Señor:
atque in Opere Dei perseverantiam.
Abandono en manos de los
Directores: sicut lutum in manu figuli. (Ier 18, 6). Hacer el propósito de dejarnos llevar,
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como
un ciego si alguna vez nos quedamos sin luz. Sinceros.
Cumplir las Normas de nuestro
plan de vida, aunque no tengamos ganas. Dios sí desea que le busquemos,
y nos espera en cada Norma.
Olvidarse de sí mismo y servir a
los demás por Dios. Así desaparecen muchas preocupaciones inútiles, y
el Señor nos premia con una humildad llena de alegría" (De nuestro Padre).
Descomplicarse.
Tener ocupado todo el tiempo, trabajar con orden y
con constancia. Y con rectitud de intención: no permitir que los éxitos profesionales se suban a la cabeza, ni que
los fracasos desesperen.
Vibración apostólica. El
proselitismo es la contratuerca para nuestra vocación.
II. Sentido de responsabilidad.
Hemos de trabajar con la mentalidad de un padre de familia
numerosa y pobre, que debe esforzarse mucho para sacar adelante
a los suyos.
Nosotros tenemos la mejor y más numerosa de las familias, esparcida por todos los rincones de la
tierra. Hemos de sentir el peso bendito de la responsabilidad: de ser
muy leales, desviviéndonos por el bien
-eminentemente sobrenatural- de los nuestros; de rezar mucho y
sacrificarse por todos; de trabajar con
esfuerzo par obtener los medios económicos necesarios para la expansión de los apostolados de la Obra. Tener
también presente ese criterio a la
hora de los gastos.
III. Devoción a los Santos Angeles
Custodios
Fue voluntad de Dios que la
Obra naciera un 2 de octubre, fiesta de los Santos Ángeles Custodios,
mientras nuestro Padre oía el repicar de las campanas de la iglesia
de Santa María de los Ángeles en Madrid. La devoción a los Custodios es
un rasgo de la fisonomía espiritual del Opus Dei, una "manifestación encantadora
de nuestra piedad colectiva" (De nuestro Padre). Es por lo
tanto un ingrediente esencial de nuestra vocación contemplativa
(cfr. Camino, nn. 562-570).
"Hijo mío: invoca a tu
Ángel Custodio, a
todos los Ángeles Custodios, que han sido desde el principio de nuestra Obra, los cómplices, especialmente de nuestra labor de proselitismo" (De nuestro Padre).
Nuestro Padre vivió con perseverancia heroica esa devoción. Por ejemplo, pasó muchos años saludando
siempre antes al Custodio de las personas que trataba.
“Nos podemos imaginar a nuestro
Ángel Custodio como queramos,
pero a nuestro lado; unas veces podemos pensar que va a
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la derecha, y otras que nos
precede abriendo camino, quitando las dificultades, sugiriendo: ten cuidado con
este obstáculo, da este pequeño rodeo. Nos sopla al oído todo lo que debemos
hacer para seguir nuestro camino e introducirnos -como dice la
Sagrada Escritura- in locum quem paravi, en el lugar que el
Señor nos ha preparado, que es el Cielo"(Del Padre).
5. En la sede de nuestros
Centros, generalmente en la habitación del Director, debe haber una imagen del
Ángel Custodio de la Obra, con las palabras: Deus meus misit Angelum
suum, para poner en el corazón de todos los que gobiernan en Casa,
y de los demás, una devoción práctica, real y constante al Ángel
Custodio de la
Obra, y al de cada Centro, y al de cada uno.
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