APARTADO II Charla n° 26
I. Amor propio. Soberbia
1. La soberbia es el amor desordenado de la propia excelencia; el amor propio desmedido, eco insidioso del "seréis como dioses" (Gen 3,5)» que no cesa de tentar a los hombres en este mundo. Es el endiosamiento malo del yo, que
quisiera hallar en sí mismo el
origen de todo bien y la posesión de toda verdad y belleza.
2. El soberbio abriga el deseo de ser el centro de la atención, de la admiración, de la alabanza de
todos, también de la suya propia.
"El hombre se considera, a sí mismo, como el sol y el centro de los que están a su alrededor. Todo
debe girar entorno a él" (Amigos
de Dios, n. 101). Es preciso, cuanto antes, caer en la cuenta de que
el verdadero centro es el Señor; salir, como nos dice
el Padre, del "círculo del yo", para girar siempre en la "órbita
de Dios". Lo real, que enseña la humildad, es que yo "no valgo nada, no tengo nada, no sé
nada, no soy nada, ¡nada!" (De
nuestro Padre). Sólo hemos de servir a Dios, y, por Dios, a todas las almas, en las que encontramos
también al Señor.
Mientras el orgullo se refiere
a la opinión que cada uno tiene de sí mismo, la vanidad es el afán de
que los demás nos tengan en mucho; es el empeño de agradar a todos, a toda
costa, que puede llevar a grandes desatinos. "Nuestra
vanagloria sería eso: gloria vana; sena un robo sacrilego" (Camino,
n. 780). Se manifiesta en pensamientos, conversaciones
y gestos; en la simulación, en la mentira; en el énfasis y en el
engolamiento (cfr. Camino, n. 47); en la voluntad de ser "la sal de todos
los platos" (Camino, n. 48); en el aire de suficiencia
(cfr. Camino, n.351 y 958); en el fariseísmo (exhibición de virtudes); en
la locuacidad o verborrea.
Con frecuencia, la timidez
puede ser soberbia disfrazada de humildad; el temor a quedar mal, aun
cuando se obre el bien, ante la mirada de los hombres. A veces nos
preocupa con exceso el juicio de los demás; nos obsesiona el "qué
dirán" o "qué pensarán" y quedamos paralizados para el
apostolado y para practicar tantas virtudes. Hay que luchar con
decisión: "Ríete del ridículo" (Camino, n. 390); vencer los respetos
humanos. Sólo nos importa lo que piensa Dios de nosotros; esto es rectitud de intención.
Valentía. Audacia.
Las consecuencias de la
soberbia, cuando no se lucha, con la gracia de Dios, son gravísimas. La
soberbia repele todo cuanto no procede del yo, rechaza la gracia de
Dios, el don de la verdad revelada, y, más aún, el consejo de la
experiencia ajena, la ayuda de la dirección espiritual. La
consecuencia última es la negación de Dios. Por eso Dios resiste a los
soberbios, mientras que a los humildes da su gracia (1 Petr 5,5).El soberbio se separa de Dios y de los demás:
se queda solo con su espejismo de grandeza ilusoria.
El soberbio se ciega ante sus miserias y defectos: los
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ignora o los
justifica con sofismas. Y cuando la luz de la evidencia le muestra su
poquedad e impotencia, pierde la paz, se rebela, se angustia, se hunde en
la desesperanza; puede pasar sin solución de continuidad desde
la euforia insensata ante el éxito, al profundo descorazonamiento
ante el fracaso.
7. Se combate la soberbia:
Considerando la maravilla
encerrada en la sentencia de San Pablo: "nuestra suficiencia viene de
Dios" (2 Cor 3, 5). El hombre, de suyo, es nada; pero es criatura de Dios.
Dios quiere que participemos de su Bondad infinita y es dador de todo
bien: las cualidades personales, las virtudes, la gracia
soberana de la vocación, la eficacia apostólica, los éxitos
profesionales. y las humillaciones, para que
andemos en verdad y seamos humildes, con el gaudium cum pace.
Con oración. Pedir
al Señor -"manso y humilde de corazón" (Mt 11,29)- y a la Santísima Virgen la
humildad. Reconocer
la propia indigencia es comenzar ya a ser humilde.
"El darse al servicio de
los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de
alegría" (De nuestro Padre). Dominar la memoria y olvidarse de sí. Relictis ómnibus:
desprendidos también del yo. Buscar los servicios inadvertidos,
los encargos más humildes; el pasar oculto.
Rectificar la
intención, con un Deo omnis gloria! (cfr.
Camino, n. 780).
Agradecer al Señor las humillaciones que vengan, como un tesoro.
II. Trato con los Directores
"Tened muy en cuenta que,
en la Obra, el gobierno funciona a base de
confianza. Todos en el Opus Dei tienen con sus Directores una
franqueza, fraterna y filial a la vez, sin temores ni recelos; porque saben que
sería un gran mal, para sus almas y para la eficacia del
apostolado, que -por un falso respeto o por la cobardía de evitarse -una
reprensión- admitieran un pensamiento de miedosa timidez, ante los que
mandan: tener miedo a nada o a nadie, pero especialmente a los Directores, es
impropio de un hijo de Dios" (De nuestro Padre).
También nuestro Padre nos ha dicho que el miedo a los Directores es la peor
tentación.
3. Rezar
por los Directores (cfr. Camino, n. 621) y hacerles oportunamente la
corrección fraterna.
III. La Costumbre del día de guardia
1. Esta Costumbre mira de
manera especial a mantener vivo
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el
espíritu de servicio que ha de informar toda nuestra vida. La Obra es
familia, y es milicia, con todas las consecuencias. En el día de
guardia estamos más vigilantes que nunca, para que no se cuele el enemigo en
nuestras filas; atentos a las posibilidades de corrección fraterna;
abundantes en la oración y mortificación por la santidad de nuestros
hermanos.
2. Poner especial empeño por
vivir nuestro espíritu, Normas y Costumbres; intensificar
la presencia de Dios; dedicar más tiempo a la oración;
ofrecer al Señor alguna mortificación extraordinaria; rezar por el buen espíritu de nuestros hermanos; llenar de constantes detalles de servicio la convivencia
con ellos.
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