APARTADO II Charla nº 25
I. Pureza
II. Humildad colectiva y naturalidad
III. Costumbres
I. Pureza
Dios nos quiere hombres o
mujeres íntegros, que utilizan su inteligencia y su voluntad, sus potencias y
sentidos, para aquello que han sido creados: la gloria de Dios, que reverbera
en un cuerpo y un alma limpios, puros. La pureza es esencial para ser lo
que debemos: hombres o mujeres que luchan por alcanzar la santidad, con
sensibilidad para todo lo noble, lo humano y lo divino.
"El hombre animal no percibe lo que es del Espíritu de Dios"
(1 Cor 2,14); "Bienaventurados los limpios de corazón, porque
ellos verán a Dios" (Mt 5,8).
La santa pureza es afirmación
gozosa, virtud que permite amar con todo el corazón a Dios y a las
criaturas. "Vivimos delicadamente la castidad -cada uno en su estado:
solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que hace a los hombres recios y señores
de sí mismos, les da optimismo, alegría y fortaleza; les acerca a Jesucristo,
Nuestro Señor, y a Nuestra Madre Santa María; y es condición
indispensable para nuestro servicio a la Iglesia y a las
almas" (De nuestro Padre).
Es fundamental ser muy
sinceros, y especialmente antes. Si alguna vez se cae, hay que levantarse
enseguida; con la gracia de Dios, que no faltará si se ponen los medios;
hay que llegar cuanto antes a la contrición, a la sinceridad humilde, a la
reparación, de modo que la derrota ocasional se transforme en una gran
victoria de Jesucristo.
4. Enseña el Magisterio que
"el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan
elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente
grave" (SCDF, Declaración 16-1-1976, n. 10). También para los
casados, fuera del ámbito propio y legítimo del matrimonio, la
obligación de guardar la continencia -de cuerpo y espíritu- es tan
total y excluyente como para una persona soltera.
5. Medios para vivir esta virtud:
Presencia de Dios, que nos ve,
que nos mira siempre con infinito amor. No perder nunca de vista esa mirada, y
seremos fieles. La impureza sería expulsar a Dios de nuestro cuerpo, su templo,
y de nuestra alma.
La Eucaristía: es el alimento de
los fuertes, y de los débiles que quieren ser fuertes. ¡Señor, si quieres,
puedes limpiarme!
Devoción al Virgen: tota
pulchra. Ella nos contagia su maravillosa, magnífica pureza cuando la miramos,
cuando la tratamos, cuando cumplimos amorosamente las Normas
marianas, cuando no nos separamos de su lado. Mater Pulchrae
Dilectionis, filios tuos adiuva! La lámpara que luce siempre junto a su imagen en Villa
Tevere, muestra de la confianza de nuestro Padre en la Santísima
Virgen.
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Humildad, porque "lujuria
oculta, soberbia manifiesta". "La santa pureza la da Dios
cuando se pide con humildad" (Camino, n. 118). Humildad para reconocer que
"lo que mancha a un chiquillo mancha también a un viejo" (De
nuestro Padre). Sin obsesiones, estar siempre en guardia, con la paz de
los hijos de Dios. Huir de las ocasiones.
Sinceridad plena: antes, mejor
que después. Cuidado con el demonio mudo. Consultar cualquier duda,
cualquier posible ignorancia.
Templanza, mortificación, penitencia. Absolutamente
necesarias para ser fieles, reparar y
purificarse. El pudor y la modestia:
Camino, n. 128. Guarda del corazón y
de los sentidos.
Trabajo: "¡el ocio mismo
ya debe ser un pecado!" (Camino, n. 357). El trabajo serio evita muchas
tentaciones.
6. Para los Supernumerarios:
la pureza lleva consigo -entre otras cosas- que el amor conyugal esté
abierto generosamente a la transmisión de la vida, sin poner obstáculos
a los planes de Dios.
II. Humildad colectiva y naturalidad
La vocación al Opus Dei exige
la humildad de pasar como uno más, como Jesucristo en Nazaret: era
sencillamente fabri filius (Mt 13,55). La Virgen, siendo Madre de
Dios, gustaba de llamarse su esclava (cfr. Le 1,38). De esa honda humildad
personal, nace la humildad colectiva: la aspiración de la Obra entera es vivir
sin gloria humana. Es lógico, porque "las obras apostólicas
no crecen con las fuerzas humanas, sino al soplo del Espíritu
Santo" (Conversaciones, n. 40). Trabajar por tres mil y hacer el
rumor de tres.
No pregonamos nuestra
vinculación a la Obra, porque es algo profundo, interior, que no altera nuestra
condición en el mundo: no tiene trascendencia pública en la vida social, profesional, etc.
3. La naturaleza íntima y
sobrenatural del vínculo que nos une a la Obra conlleva la responsabilidad
exclusivamente personal de toda nuestra actuación externa: que cada palo
aguante su vela.
Así, cada uno resuelve sus propios asuntos, también con la familia de sangre.
Los Directores no intervienen para nada. No podemos
dar la impresión de que somos unos "mandados", gente sin voluntad
propia. Hemos de tener la "pillería" santa de presentar siempre
la estupenda realidad de la Obra de un modo agradable. Ejemplos.
III. Costumbres
1. El 19 de marzo, fiesta de
San José, renovamos la entrega. Por devoción -para servir con
voluntariedad actual, y ganar indulgencias- está muy recomendado que lo hagamos
a menudo. Buen momento es la Comunión.
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Lista de San José. Un medio
sobrenatural para el proselitismo, de probada eficacia. No somos
milagreros, pero sí hombres de fe que confían en la poderosa intercesión
de San José. Encomendar durante el año a las personas que hemos
puesto en la lista.
Los siete domingos de San
José, que preceden la fiesta del 19 de marzo, ocasión de prestar mayor atención
al Santo Patriarca, y aprender las grandes lecciones que, en silencio, nos
ofrece con su fidelidad. Es, y le llamamos, "nuestro Padre y Señor. Y yo
os digo que es algo más, porque es maestro de vida interior"
(De nuestro Padre). Devoción a la trinidad de la tierra; Jesús,
María y José.
Las llaves de nuestros
sagrarios tienen una medalla de San José, con la inscripción ite ad loseph (id
a José). San José, custodio de Jesús, custodia la Eucaristía. Es
también llamada a que acudamos a él en todas nuestras necesidades.
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