APARTADO II Charla nº 23
I. La tibieza
II. Normas de siempre (II): Actos de
desagravio, oraciones jaculatorias, mortificación.
III. Costumbres: Tiempo de trabajo de la tarde y tiempo de
la noche.
I. La tibieza
La tibieza espiritual o
acedía, es la- "tristeza ante el bien espiritual y
divino" (Santo Tomás, S. Th., II-II, q. 35, a. 3): una falta de
alegría, de prontitud, de entrega; un desánimo ante las cosas de Dios en
cuanto que exigen esfuerzo. "Lucha contra esa flojedad que te hace
perezoso y abandonado en tu vida espiritual. -Mira que puede ser el principio
de la tibieza" (Camino, n. 325). Hay en la tibieza mucho amor a la
propia comodidad, que puede llegar, incluso, al desprecio consciente
de los medios que nos unen a Dios. A los tibios, Dios -que es
Amor infinito- los vomitará de su boca (cfr. Apoc 3,14-16). Es un peligro
-que en este mundo nunca acaba de desaparecer del horizonte-
de las almas dedicadas a Dios.
No se debe confundir la tibieza
con la aridez espiritual, con la ausencia de sentimientos en la oración, con
las debilidades o pecados. La señal de tibieza está más bien en
el "ceder sin lucha" porque no es pecado grave (cfr.
Camino, n. 328). Es como un pacto con los defectos, con la pereza, con la
comodidad; conformarse con las metas ya logradas, imaginando una estabilidad
imposible; imposible, porque, en el camino hacia Dios, si no se
avanza, se retrocede. El cálculo o "cuquería", el egocentrismo,
las conversaciones ociosas y vanas, la connivencia con el pecado
venial, el obrar por motivos humanos (cfr. Camino, n. 331); el
no ir seriamente a la perfección dentro del propio estado
(cfr. Camino, n. 326).
3. Hay que estar prevenidos
también contra una forma de tibieza que puede presentarse con el paso del
tiempo: el aburguesamiento, que para un hijo de Dios en el Opus Dei, "tiene
unas manifestaciones muy claras. En primer lugar, el abandono de la lucha
por cumplir bien las Normas. Luego la despreocupación de lo que es
ocupación general de la Obra: la santidad personal y la santidad
de los demás. La vergüenza o el abandono para hacer o recibir
la corrección fraterna (...), luego el pensar que se hace mucho: yo me estoy
matando, cuando no hacemos nada. En casa no se mata a nadie, por mucho que
trabaje. Después, no tener interés en pegar esta locura de amor,
haciendo proselitismo..." (De nuestro Padre).
4. El gran cariño -real,
auténtico- de nuestro Padre, le movía a hablarnos con toda
claridad sobre el tema: "El aburguesamiento, hijas e hijos míos, la
falta de celo y de vibración son una deslealtad con Dios. Y los
que se aburguesan nos hacen daño; son un obstáculo para toda la
labor" (De nuestro Padre).
5. Se puede llegar a la
tibieza por un descuido de las cosas pequeñas y por la falta de espíritu de
mortificación. "No existe nada de poca categoría: un abandono, en algo que
se nos antoja de escasa monta, puede traer detrás una historia
desagradable de traiciones (...) Velad, para individuar con
prontitud el menor síntoma de flojera en la lucha. Todo tiene su trascendencia.
Mirad que el demonio pretende engañar y sugestiona,
arguyen-
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tando que tal o cual detalle no
lesiona ni la fe ni el camino y, si uno se deslizara por esos
pequeños abandonos, acabaría perdiendo el camino y la fe.
Atentos, hijas e hijos de mi alma, que el diablo no para, y todos arrastramos
concupiscencias y pasiones" (De nuestro Padre).
6. Para evitar o salir de la tibieza:
La humildad de reconocer la situación interior, sin
excusas, y la consiguiente sinceridad en la Charla y en la Confesión.
El deseo eficaz de santidad:
"Hemos de ser santos de veras, auténticos, canonizables; si no, hemos
fracasado, santidad auténtica, sin paliativos, sin eufemismos, que llega
hasta las últimas consecuencias; sin medianías, en plenitud de
vocación vivida de lleno" (De nuestro Padre).
Lucha concreta. Si hay lucha, no
hay tibieza, aunque haya derrotas de calibre. Cumplir las Normas todos los
días, con esfuerzo, poniendo la cabeza y el corazón. Concretar
una lista de pequeñas mortificaciones, etc. Cuidar los exámenes de
conciencia. Acudir confiadamente a Nuestra Señora. Comenzar y
recomenzar .
II. Normas de siempre (II)
Actos de desagravio, por los
pecados propios y por los ajenos: actos de contrición, que son la mejor
devoción; deben acudir a nuestro corazón, y a veces a los labios, después de
cada error práctico, del mismo modo que la sangre viene a la herida, repentina
e inmediatamente.- Hacer muchas veces al día de hijo pródigo.
Anécdota del gitano moribundo (cfr. Via Crucis, III, n. 3). Jaculatorias: Domine, tu omnia nosti, tu scis
guia amo te!. Domine lesu, Fili Dei,
miserere mei peccatoris!, etc.
Jaculatorias. Son oraciones
vocales breves, aunque a veces no se pronuncien; como dardos de amor que se
escapan del corazón enamorado. Expresión de cariño, y también medio
para incrementarlo. "No se puede llegar a tener vida
interior si no se pasan varios años con la preocupación de hacer muchos actos
de amor de Dios, y tantas mortificaciones, y jaculatorias" (De nuestro
Padre). Enseñar algunas jaculatorias.
Mortificación: es morir a uno
mismo, al propio interés, a los propios gustos, con afán de cumplir "lo
que resta a la Pasión de Cristo" (Col 1,29). "Paradoja: para Vivir
hay que morir" (Camino, n. 187; cfr. Mt 10, 39) • "Hay que
morir poco a poco, por la continua mortificación en mil detalles; y no es
para asustarse, porque ha de llegar a ser una cosa tan natural como el latir
del corazón. Yo no noto ahora el latir del corazón, pero se mueve,
late. ¡Y ay del día en que se pare!" (De nuestro Padre).
III. Costumbres
1. Tiempo de trabajo de la tarde.
Dura unas tres horas, desde
el final de la comida o de la tertulia del mediodía, para
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preparar la oración de la
tarde, poniendo especial empeño en la santificación del trabajo ordinario, y en
las demás Normas de siempre. Se vive todos los días, también los
domingos y festivos.
El modo de vivir esta
Costumbre, se adapta a cualquier circunstancia personal y de
trabajo. Lo importante es procurar un especial recogimiento; evitar
la dispersión y las conversaciones superfluas; y guardar, siempre que
no resulte chocante, el silencio exterior. En nuestros Centros: silencio y
ambiente de trabajo.
2. Tiempo de la noche. Dura
desde el examen de la noche hasta después de la Santa Misa del día siguiente;
se guarda silencio externo, que ayuda a llenar ese tiempo de diálogo
con Dios y a disponerse óptimamente para hacer muy bien la oración
de la mañana y participar con toda intensidad en la Santa
Misa.
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