APARTADO
I Charla nº 8
Preces
Las Preces
son una oración unánime, de toda la Obra. Se rezan en latín, con pronunciación
romana (todos igual: Numerarios, Agregados y Supernumerarios). Todos hemos
puesto una gran ilusión
en aprender a rezar las Preces de este modo, también los que son de idioma
de raíz distinta a la latina, y cualquiera que sea la cultura personal. Rezamos así, cor unum et anima una y hasta las mismas palabras, actualizando
los vínculos sobrenaturales que nos unen, dando una gran fuerza a nuestra oración, a nuestras peticiones.
Percibimos, al rezar las Preces, esa particular Comunión de los Santos que en la Obra es una maravillosa
realidad: "La Comunión de los Santos
es un dogma de la Iglesia, una realidad
maravillosa. Estamos bien unidos. Sentimos fuertemente la filiación divina.
¡Qué alegría! (...) Los miembros de la Obra rezamos cada día unas Preces muy
cortas. Pedimos por el Papa, por los Obispos,
por el apostolado, por nosotros. Al final imploramos al Señor que nos conceda el gaudium cum pace; ese
gozo y esa paz que no pueden compararse
con ninguna alegría de la tierra, porque son de un orden superior, un don de Dios, un regalo"
(Del Padre, en 1982, p. 471).
Ordinariamente, al decir Serviam!, antes de empezar a rezar las Preces, se besa el suelo. Sin embargo, cuando alguno lo
prefiera -una vez puesto de rodillas-, bastará hacer una inclinación muy profunda hasta casi
tocar el suelo con la cabeza. Es a un tiempo gesto de humildad y de afanes de plenitud en la entrega al servicio de Dios, de la
Iglesia Santa, de nuestros hermanos, de todas las almas sin excepción.
Es preciso que las recemos con pausa y devoción, con mucho amor. A nuestro Padre le
dolía enormemente cualquier distracción:
"Glorificad continuamente a la Trinidad Beatísima. Siempre me han conmovido esas
alabanzas que dirigimos en las Preces a la Santísima Trinidad. El otro día quise rezar atentamente una oración a Dios Padre, a Dios
Hijo, a Dios Espíritu Santo, paladeando las palabras, pero llegué al final sin darme apenas cuenta de lo que decía. Sentí
una pena enorme. Tuve ganas de llorar por mi falta de delicadeza y me acordé
de aquel crío que rompió en lágrimas,
porque se había tomado el dulce que más le
gustaba sin darse cuenta.
No lloré, pero advertí una vez más que soy muy poca cosa ante Dios, menos que un niño delante de mí (...)"
(De nuestro Padre, cn 1973, p.
815; ver Carta del Padre, IX-1975, pp. 84-85).
Las distintas oraciones de las Preces nos servirán muchas veces para mantener la
presencia de Dios durante el día, y para la oración personal.
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Charla fraterna
o Confidencia
La charla fraterna es una conversación -cordial, sencilla confiada, fraterna- con
el Director local u otro miembro de la Obra designado para ello, que tiene por objeto identificar nuestro espíritu con el espíritu del Opus Dei y
mejorar nuestras actividades apostólicas.
Es un medio sobrenatural para un fin sobrenatural; sería grave falta reducirla a mero
medio humano. A la dirección espiritual "no se va por amistad, ni por motivos personales; sino
por motivos sobrenaturales" (De nuestro Padre,
Cuadernos 3, p. 144).
Al
hacerla hemos de tener en cuenta que "cualquiera que sea quien recibe la
Confidencia, siempre es el mismo Padre vuestro
quien la recibe" (De nuestro Padre, n. 244).
Los temas propios de la Charla son: el cumplimiento de las Normas y Costumbres, especialmente
de la oración, la mortificación
y los exámenes de conciencia; de cuanto se refiera a la fe, a la pureza y a la vocación; "del espíritu de filiación, de fraternidad y de proselitismo; de las preocupaciones,
tristezas o alegrías; del amor a la Santa Iglesia y a la Obra; de la petición
por el Romano Pontífice y por los Obispos en comunión con la Santa Sede; de la oración y mortificación por el Padre
y por todos los miembros de la
Obra" (De nuestro Padre, Cuadernos
3, p. 145).
Se ha de hablar también del desempeño de las labores apostólicas y de las otras
tareas encomendadas, especialmente del encargo apostólico; del trabajo profesional y de las relaciones sociales y familiares sólo en
su dimensión apostólica y en cuanto influyen en la propia vida interior.
Para hacer bien la charla periódica es preciso prepararla dedicando el tiempo
necesario para poder tratar con hondura los temas indicados, de modo que se hagan patentes nuestras disposiciones interiores. Desearla
ardientemente y persuadirse de sus ventajas
y necesidad.
De este modo, de ordinario, bastan diez o quince minutos para tratar con claridad todos
los puntos necesarios: "es preciso hablar con humildad y brevemente" (De nuestro Padre, Cuadernos 3, p. 148).
"Después de la Charla hay que dar gracias a Dios, grabar en el corazón los consejos recibidos y tratar de
ponerlos en práctica" (ibid.),
sabiendo que vienen del mismo Jesucristo Señor Nuestro.
En la Charla, Dios nos da a conocer los puntos en los que quiere que luchemos
durante los días siguientes, y nos da la gracia
-abundante- para que esa lucha tenga eficacia sobrenatural. Para hacerla bien no basta no poner obstáculos
(por ejemplo, la insinceridad), es preciso de todo punto acudir con disposiciones
activas, con deseos eficaces de recibir la ayuda de Dios.
Es muy importante cuidar la puntualidad. Siempre será preferible
adelantarla que atrasarla, en caso de dificultad. Tener día y hora fijos.
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9. "¿Vosotros pensáis que las personas que reciben vuestra charla son gente que no comprende?
¡Si están hechos de la misma
pasta! ¿A quién le va a extrañar que un vidrio se pueda romper, o que un cacharro de barro necesite lañas? Sed sinceros. Es la cosa que más agradezco en mis hijos, porque
así se arregla todo; siempre"
(De nuestro Padre, cn IV-1972, p. 10).
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