APARTADO
I Charla nº 7
Lectura
espiritual
Obediencia
Como todas
las Normas y Costumbres, ésta ha aparecido en la Obra
con la naturalidad con que mana el agua de una fuente, del ansia de santidad de nuestro queridísimo Fundador:
"No dejes tu lección espiritual. -La lectura
ha hecho muchos santos" (Camino, n. 116).
"En la lectura -me escribes- formo el depósito de combustible. -Parece un montón inerte, pero es de allí de donde muchas veces mi memoria saca espontáneamente
material, que llena de vida mi
oración y enciende mi hacimiento de gracias después de comulgar"
(Camino, n. 117). Enriquece nuestras ideas y deja un
poso saludable de buena doctrina, estímulo del amor a Dios y a las almas todas.
La lectura
espiritual es, pues, una parte importante de la vida
de piedad y de la formación; de ahí que deba hacerse con libros cuidadosamente escogidos, y aprobados por los
Directores, de modo que constituya con seguridad el alimento que necesita cada
alma según sus circunstancias.
Como regla
general, el tiempo que empleamos en hacer la lectura
del Santo Evangelio y del libro espiritual suma en total un cuarto de hora. No es preciso hacer ambas cosas
seguidas.
Para la lectura espiritual se
emplean:
-los libros del Antiguo
Testamento, de los Santos Padres y los
documentos del Magisterio de la Iglesia;
-los escritos de nuestro
Fundador, que todos hemos de leer y releer muchas veces a lo largo de los años;
así como los del Padre;
-editoriales
y artículos doctrinales de Publicaciones internas,
siguiendo siempre un orden adecuado;
-libros
clásicos de espiritualidad y otros recientes de bien
experimentada utilidad para las almas.
5. A veces, puede ser útil al leer, buscar algún
propósito concreto, para centrar más
la atención y llevar a la práctica la
doctrina aprendida: no se trata sólo de un medio de información, sino sobre todo de formación de la vida
espiritual.
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Obediencia
El poder de
la obediencia es enorme (cfr. Camino n. 629). Sin embargo, por encima de toda razón de conveniencia, su
necesidad no radica en otra cosa que en el plan
de salvación trazado por la Sabiduría divina. La obediencia constituye un
principio capital de la economía de nuestra
Redención: el pecado -raíz de todos los males que aquejan a la humanidad-
es desobediencia, y sólo obedeciendo se ataca de raíz el pecado y sus
consecuencias. De ahí que nuestro Redentor
fuese obediens usque ad mortem, mortem
autem crucis (Phi I 2,8); "mi
alimento es hacer la voluntad del
que "me envió y llevar a cabo su obra" (Ioh 4,34).
Nosotros
-llamados a corredimir con Cristo- hemos de imitar cada día más y mejor la
vida de Cristo: hacer de nuestra vida un holocausto, obedecer
usque ad mortem. "¡Qué bien has entendido la
obediencia cuando me has escrito: ‘obedecer siempre es ser mártir
sin morir’!" (Camino, n. 622). Pero
no nos sentimos "víctimas" -El es la "única" víctima-, porque nos mueve el Amor,
y nos lleva la libertad: "Yo entrego mi vida
para poder recuperarla. Nadie me
la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Tal es el mandato que he recibido de mi Padre" (Ioh 10,17-18).
"Los
Santos Evangelios nos han transmitido otra biografía
de Jesús, resumida en tres palabras latinas (...): erat subditus illis (Lc 2,51), obedecía. Hoy que el ambiente
está colmado de desobediencia, de
murmuración, de desunión, hemos de estimar
especialmente la obediencia.
"Soy
muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero
tanto esa virtud cristiana. Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de
nuestro Padre. Realizar las cosas según el
querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural" (Es
Cristo que pasa, n. 17).
Al amar sobre todas las cosas la amabilísima Voluntad de Dios -infinitamente
más amable que la nuestra-, es razonable que nos dé la gana cumplirla con toda fidelidad.
"Hágase
tu voluntad así en la tierra como en el Cielo".
¿Cómo se hace en el cielo la voluntad de Dios? Con la velocidad del pensamiento, con perfecta exactitud.
La
obediencia nos inserta en el plan de Dios; da valor divino -inconmensurable- a nuestras acciones humanas más
pequeñas, y les confiere eficacia sobrenatural.
Por eso es
nuestra alegría y nuestra paz obedecer en todo, en lo
que parece grande, y en lo que parece pequeño, "como en manos del
artista obedece un instrumento" (Camino, n. 617; vid. nn.
618, 620, 616, 623, 619, 625-627).
6.
Obedecer sabiendo que nos encontramos trabajando en una gran empresa sobrenatural; en "esta nueva arca de la
alianza" (De nuestro Padre,
citado por el Padre, Discurso en la Universidad de Navarra, 12-VI-1976, p. 30), arca de salvación para millones de almas a través de los siglos, que ha de
surcar todos los mares para llenar de Amor todas las naciones. Vale la
pena ser militia en nuestra familia
sobrenatural. Y cuando cueste, acudir a
Nuestro Señor: "Jesús, ¿cómo
obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem
autem crucis (Phil 2,8). Hasta la muerte y muerte de cruz.
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Hay que
obedecer, cueste lo que cueste; dejando el pellejo. Nunca sucederá esto ordinariamente; pero si llega, no te
preocupes: hasta eso llegó Jesús" (De
nuestro Padre, Cuadernos 3,
p.72).
"Que
seáis como esos grandes brillantes que se quedan donde
los colocan, sin protestar, sin soberbia" (De nuestro Padre, cn VI-1956, p. 10). "Yo
querría que el espíritu de obediencia estuviera
metido hasta el último rincón de nuestro ser" (De nuestro Padre, cn V-1962,
p. 13).
Ver: De nuestro Padre, voz
"Obediencia".
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