APARTADO
I Charla nº 22
Trabajo. Laboriosidad
Amor a la Iglesia
"El trabajo es para nosotros el eje, alrededor del cual ha de
girar todo nuestro empeño por lograr la perfección cristiana" (De nuestro Padre, n. 44). "El trabajo no es sólo uno de los más altos de los valores humanos y medio con el que los hombres deben contribuir al progreso de la
sociedad: es también camino de
santificación" (Conversaciones, n. 24); es el camino específico que
Dios nos ha señalado.
"Una característica peculiar de la espiritualidad del Opus Dei es que cada uno ha de santificar su
profesión -su trabajo ordinario-, ha de santificarse en su profesión, ha de
santificar con su profesión" (De nuestro
Padre, Cuadernos
3, p. 168). Hemos de poner los medios
necesarios para hacer realidad esta enseñanza
constante de nuestro Padre, ofreciendo a Dios el trabajo, rectificando
la intención, convirtiéndolo en oración y en ocasión de apostolado.
Consecuencia
clara de nuestra misión divina es la exigencia
de trabajar mucho y bien, como el mejor, y si puede ser, mejor que el
mejor. "Al ocuparse en su trabajo, los hijos de Dios en su Opus Dei,
procuran no cumplir sino amar, que es siempre ex-cederse gustosamente en el deber y en el sacrificio" (De nuestro Padre,
Cuadernos
3, p. 171).
"Nadie puede sentirse descargado de ese deber: va en eso la seriedad de nuestra vocación. En la vida
social todos trabajan, sean o no jefes de
familia: no sólo están en su labor las horas
razonables, las que tienen todos, sino que muchos de ellos, llevados por
su pasión, o por la necesidad de obtener mayores beneficios, dedican más tiempo todavía al ejercicio de la profesión.
"No hacemos un favor al Señor cuando estamos sujetos a una labor intensa, con sus exigencias de horario, de
puntualidad, de eficiencia; nuestra actitud debe ser la que el Señor pone en
labios de aquellos siervos de la parábola: servi inútiles sumus; quod debuimus
facere, fecimus (Luc 17,10), "somos siervos inútiles: no hemos hecho mas que aquello que teníamos obligación de hacer" (De nuestro Padre, cn 1973, p. 179;
ver Amigos de Dios, n. 60).
5. "En el Evangelio encontraréis que Jesús era conocido como faber, filius Mariae (Mc 6,3), el obrero, el
hijo de María: pues también nosotros,
con orgullo santo, tenemos que demostrar con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres
y mujeres de labor!" (Amigos de Dios, n. 62).
"Trabajo, muchas horas de trabajo al día: sintiendo la urgencia de las
necesidades, también económicas de esta familia sobrenatural que formamos. Esto
es sentido de responsabilidad, esto es querer ser santos y servir a Dios" (De nuestro Padre, n. 45).
"El que pueda hacer como diez, tiene que hacer como quince. En la
guerra como en la guerra" (ibid., n.228
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Tenemos sobrados motivos para poner en el propio trabajo -sea cual sea- una gran
ilusión sobrenatural y humana. "No venimos
a la Obra a hacer ninguna cosa extraordinaria; todo es ordinario en nuestra vida. Luego no podemos ser ni apáticos, ni
imprudentes, ni como ésos a los que Dios vomita de su boca: tibios. Si no nos entusiasmamos con las cosas
humanas, con las tareas propias de
nuestra profesión u oficio, no las podremos divinizar" (De nuestro Padre,
cn 1973» p. 179). La clave está en descubrir su quid divinum.
Así "no perseveramos en el trabajo porque tengamos ganas, sino porque hay que
hacerlo; y entonces lo hacemos con ganas y con alegría. Sobre todo, hemos de continuar la tarea profesional con
ilusión, aunque se acabe la ilusión en el trabajo comenzado: es frecuente celebrar la colocación de las
primeras piedras, a mí me gusta bendecir las
últimas" (De nuestro Padre, cn 1973,
pp. 180-181).
"Vuestra vida y la mía han de ser así, corrientes. Procuraremos acabar bien, todos los días, las mismas
cosas que tenemos obligación de hacer, 'sin
chapuzas, ni complicaciones, ni tonterías
de imaginación" (De nuestro Padre, n. 46); sin mística ojalatera.
"Trabajar, trabajar, trabajar con optimismo. Ese es el milagro grande que hacemos.
Así ningún día es igual al siguiente, aunque hagamos todos los días lo mismo" (De nuestro Padre, n. 54).
Trabajar, trabajar, trabajar, ésa es la enfermedad crónica incurable y progresiva que
tenemos en el Opus Dei. Es una maravillosa enfermedad sin la cual no podríamos
perseverar. De este modo,
la misma enfermedad es trabajo, y el descanso -que no es no hacer nada- es también
trabajo, preparación para una mayor eficacia.
10. Un riesgo, la profesionalitis (vid. Catequesis en América I, pp. 217-218), se sortea con humildad,
buscando en todas las cosas
solamente la gloria de Dios.
11. El prestigio
profesional es el anzuelo de pescadores de hombres.
Amor a
la Iglesia
1.
"Cristo amó a su Iglesia y se entregó por Ella" (Eph 5,25). Bastarían esas
palabras del Apóstol para amar con toda nuestra alma a la Iglesia. El
"amor apasionado y heroico por la Iglesia
y por el Papa" animó de manera permanente la existencia de nuestro Padre, "creciendo cada día más.
Amor que repetidamente le llevó a ofrecer al Señor su vida -y mil vidas que
tuviera, subrayaba-, por la Esposa
de Cristo y por el Romano Pontífice" (Del Padre, Discurso 12 de junio 1976 en la Universidad de Navarra). "Estoy seguro de que Nuestro Señor ha aceptado este
holocausto del Padre por la Iglesia.
Tengo la convicción de que, desde el Cielo, intercederá poderosamente por todo
el Pueblo de Dios y por sus Pastores (...)" (ibid.).
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"Me considero el último
de los sacerdotes de la tierra,
pero al mismo tiempo quisiera que nadie me ganara a amar y a servir a la Iglesia y al Papa,
porque éste es el espíritu que he recibido de Dios, que trato con todas mis fuerzas de transmitir a cada uno de mis hijos en todo
el mundo. La única ambición, el único deseo del Opus Dei y de cada uno de sus
hijos es servir a la Iglesia,
como Ella quiere ser servida, dentro de la específica vocación que el Señor nos ha
dado" (De nuestro Padre, citado por el Padre, ibid.).
"En el Opus Dei, hijas e hijos queridísimos, procuramos siempre y en todas las
cosas sentire cum Ecclesia, sentir con la Iglesia de Cristo, Madre nuestras corporativamente no tenemos otra
doctrina que la que enseña el Magisterio de la Santa Sede. Aceptamos todo lo
que este Magisterio acepta, y rechazamos todo lo que rechaza. No queremos
librarnos de las trabas -santas- de la disciplina común de los cristianos. Queremos por el contrario, ser con la gracia del Señor
-que El me perdone esta aparente falta de humildad-
los mejores hijos de la Iglesia y del Papa.
"Nuestro espíritu reclama una estrecha unión con el Pontífice Romano, con la Cabeza
visible de la Iglesia Universal. ¡Tengo tanta fe, tanta confianza en la Iglesia y en el Papa!" (ibid.)
.
4. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, la familia de Dios y único
camino de salvación (cfr. Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 14). La Obra ha nacido en la Iglesia, de la Iglesia y para la Iglesia: es
Iglesia.
"Constituimos una porción del Pueblo de Dios para unos fines ascéticos, espirituales y
apostólicos específicos. Y, al ser
un puñado del Pueblo de Dios, la Obra está compuesta por hombres y mujeres, por seglares y
sacerdotes, no como privilegio, sino por derecho común: una porción del Pueblo de Dios tiene que ser
así" (Del Padre, cn 1983, p. 59).
Cuanto mayor sea nuestro amor a la Obra, tanto mayor será nuestro amor a la Iglesia y
a todas las luces que en Ella encienda
el Espíritu Santo: "Hijos míos, a nosotros no nos molesta nadie. Nos da mucha alegría
que todos trabajen. Que es un mar inmenso el mundo de las almas. Que vosotros améis la labor de los demás. No nos estorba nadie.
Nosotros, en la parcela nuestra. Nunca a un hijo mío le debe preocupar, como no sea para bendecirla, la
labor apostólica de los demás. Y nosotros, con nuestro espíritu, ¡a pescar, hijos míos,
a pescar!" (De nuestro Padre, en IX-1961,
p. 35).
Ver:
Camino, nn. 517-521; De nuestro Padre, n. 191.
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