APARTADO
I Charla nº 11
Exámenes
de conciencia. Examen general
Vocación.
Perseverancia
Para alcanzar el fin del camino es preciso conocer el punto de partida, la situación
en que nos hallamos. El fin es la Santidad, con mayúscula; es lo único que importa. Y el Justo siete veces cae (Prv 24,16). ¿Cuántas veces no nos sucederá a nosotros a lo largo del día? Es muy
importante -para rectificar siempre que sea necesario- conocer bien dónde, cómo, cuándo caemos o nos
salimos del camino: "limpia tu alma y guárdala con el examen del corazón,
para que desaparezcan todas las manchas que derivan de la maldad y todas las
indecencias de los vicios, y haz que se ilumine y engalane con el resplandor
de las virtudes. Escudríñate, pues, a ti mismo, averigua qué eres;
haz todo lo posible por conocerte" (San Basilio, Hom. 3).
"El examen responde a una necesidad de amor, de sensibilidad" (De nuestro Padre,
Cuadernos 3, p. 189). Surge del deseo
de agradar en todo momento al Señor, a quien queremos amar con toda
el alma, con todo nuestro ser. Precisamente "al examen hemos de ir a individuar las causas de nuestras acciones
y de nuestras omisiones, a descubrir
con valentía los motivos y las ocasiones que nos apartan, poco o mucho,
de la intimidad con Jesucristo" (Del
Padre, cn 1976, p. 1607).
Hemos de descubrir sobre todo las causas de nuestros desamores, porque el examen de
conciencia "no es una simple introspección, ni curiosidad psicológica, ni
un enfermizo afán de tranquilidad
delante del Juez divino, sino un medio indispensable para avanzar en el. camino de unión con Dios"
(ibid., p. 1608). Se trata de adquirir un conocimiento sobrenatural de
nuestra conducta, a la
luz de Dios, de sus requerimientos, de las obligaciones que comporta la vocación. Por
eso no basta el esfuerzo de la mente; es preciso acudir al "Señor que
ilumina las más densas tinieblas, y pone de manifiesto los secretos del
corazón" (1 Cor 4,5).
"A la hora del examen ve prevenido contra el demonio mudo" (Camino, n. 236). "El demonio se empeñará en taparnos los ojos. Es la
hora de clamar: Domine, ut videam!" (Del Padre,
cn 1976, p. 1610). "Yo os ruego -nos dice el Padre- que consideréis en vuestra oración y en la charla fraterna, si me
cuidáis esta Norma según las necesidades de
vuestra alma o si tendéis a pasar deprisa o con ligereza por encima de lo que
requeriría una atención más seria. Mirad: no podemos jugar. No podemos
acostumbrarnos a un examen falto de
fijeza, con metas imprecisas: va por medio
nuestra salvación y la salvación de millares de almas" (ibid.). "Si necesitamos una profunda
conversión, hemos de acometerla
cuanto antes. No hay mal que no se pueda remediar, aunque el camino sea
largo. Allá en el fondo nos espera nuestro Padre Dios, para darnos su abrazo de perdón" (ibid.,
p. 1613).
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"Veritas liberabit vos, la verdad os hará
libres. La verdad
ante Dios, haciendo bien el -examen; es absurdo que nos digamos:
he hecho esto mal, pero tengo esta excusa. Eso es una locura: hemos de ser valientes: he hecho esto
porque soy un miserable; tengo que
enamorarme más de Dios y así, el Amor de mis amores hará que no me disculpe, que no me apegue a mi vanagloria" (Del Padre, cn 1981, p. 777).
El demonio no se toma vacaciones. "Por
eso es preciso que el examen de conciencia esté bien hecho,
con toda sinceridad: con Dios y con los
Directores. Si no, seríais motivo de la risa de todos los diablos del
infierno: un hombre
que aparentemente se ha entregado a Dios, pero que en realidad no lo está, además de que no se lo pasa bien
-porque no puede tener la paz de Dios-, y de prescindir de tantas cosas, vendrá
con nosotros al infierno (...) No sucederá nunca, hijos míos, no puede ocurrir. ¡A ser muy fieles, muy sinceros!" (ibid.).
"Examínate: despacio, con valentía" (Camino, n. 237).
El examen
general es "un traje a medida para cada uno. No se pueden dan reglas
fijas" (De nuestro Padre, cn 1976, p. 1609): "Lo mejor es acudir al Director" (ibid.).
Lo normal será dedicar tres minutos al examen general. Comenzando con un acto de
humildad, invocando al Espíritu Santo, a la Virgen Santísima, a San José, a nuestro Padre, a nuestro Ángel Custodio. Damos gracias
por las cosas buenas que hemos hecho ese día con la ayuda de Dios -sine me
nihil potestis facere-, y pedimos perdón con
dolor de amor por nuestras infidelidades; también
con acción de gracias, porque a pesar de nuestra miseria, el Señor sigue
llamándonos, sigue ofreciéndonos todo su Amor para que seamos santos de veras.
Hacemos un propósito concreto para el día siguiente, firme, decidido, confiando no en nuestras
fuerzas sino en el auxilio de la gracia.
En definitiva: "hacer a conciencia el examen de conciencia" (Del Padre, cn
1976, p. 1605)."En nombre del Señor te aseguro
que si me haces bien tus exámenes -con ansias de crecer en amor de Dios-, por mucha
que sea tu flaqueza, tú no te tambalearás" (ibid., p. 1610).
Vocación.
Perseverancia
Ego redemi te, et vocavi te nomine tuo; meus
es tu (Is 43,1). El Señor nos ha llamado a ser enteramente suyos en el
Opus Dei. La iniciativa ha sido divina; nosotros hemos respondido -humilde y
amorosamente, anonadados ante tanta misericordia- que sí: fiat! (Le 1,38) .
La vocación divina es eterna: desde siempre y para siempre: "Los dones y la
vocación de Dios son irrevocables" (Rom 11,29)» Y nuestro sí ha
de hacerse también eterno; cada día más vigoroso y profundo, siempre más lleno de amor.
Estamos "¡Comprometidos! ¡Cómo me gusta esta palabra! Nos obligamos -libremente- a
vivir dedicados al Señor por entero, queriendo que El domine, de modo soberano y
completo, nuestro ser. Puede
costar trabajo este 'compromiso’, pero incluso entonces la fidelidad
es una obligación gustosa, que no hemos de eludir, aunque exija dejar la vida,
aunque suponga sacrificio y es-
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fuerzo. Porque Dios nos necesita fieles" (De nuestro
Padre, n. 269).
"¿Sabéis qué se entiende comúnmente por lealtad, no sólo en la vida militar, sino
también en la civil? Pues poneos en la presencia de Dios y pensad en lo que significa ser leales
sobrenaturalmente. La perseverancia, hijos, es lealtad con el Señor" (ibid., n. 266). Es insistir
-profundizando- en el sí que le hemos dado al Señor; que ya es suyo, y no tenemos derecho a robárselo.
Faltar a nuestra palabra dada sería un grave quebranto
de nuestro honor, de
nuestra dignidad de hijos de Dios; y un pecado contra la justicia que debemos a Dios, a la
Iglesia, a la Obra, a todas las almas, que
tienen derecho al ejemplo y eficacia de
nuestra lealtad.
No faltarán obstáculos, a veces interiores. "A veces ocurre que hay gente muy buena
que se obsesiona; no discurren, ni ven, ni oyen, ni entienden; se niegan a
todo. Esto te puede suceder
una temporada a ti, y me puede suceder a mí, ¿por qué no? No soy mejor que tú. Estoy hecho del mismo barro, de la misma mala pasta. Todos venimos, sin
excepción, de la pata izquierda de Adán: todos" (De nuestro Padre, Catequesis en América I, p. 223).
Quien es fiel en lo pequeño, también lo es en lo gran- de. "Haremos, por tanto,
el propósito de ser muy fieles en lo pequeño. Aunque luego se haga patente la triste realidad de nuestras faltas de entrega, de
nuestra falta de generosidad. ¿Qué consecuencia
hemos de sacar entonces?; ¿que no servimos?; ¿que Dios se ha
equivocado al llamarnos? ¡Dios no se equivoca nunca! La consecuencia lógica es pensar: el Señor me ha
elegido, conociendo perfectamente lo
que soy: un pozo de miseria; se ha fijado en mí con amor de predilección y me
ha llamado. Si yo procuro luchar, si
trato de corresponder a la gracia, aunque tenga tantos tropiezos y
tantas debilidades, el Señor se enamorará cada día más de mí (...) El motivo de
nuestra esperanza es bien firme: la
Misericordia y el Amor de Dios y, después,
la protección de nuestra Madre Santa María" (Del Padre, cn 1982, p. 1059).
La
perseverancia fecunda del borrico de noria (ver Camino, n. 998).
"¿Que
cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. Enamórate, y no 'le' dejarás" (Camino, n. 999).
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