APARTADO I Charla nº 1
Amor a las Normas
Vida en familia: caridad, cariño
Originalmente
la palabra latina norma significa la escuadra o regla
que da el ángulo recto; instrumento indispensable para el proyecto y construcción de cualquier edificio sólido,
bello, de altura. Las Normas son también
medio necesario -y suficiente- para levantar rectamente, según el diseño
divino, nel bel mezzo della strada, el
edificio imponente de la santidad personal de cada uno de nosotros y, en consecuencia,
del Opus Dei en el mundo. "No son un fin", como nos advertía constantemente
el Padre, sino un medio. Un medio
¿para qué? Un medio para que, siempre, siempre permanezcamos
en la presencia de Dios, le digamos que
le amamos, nos consideremos hijos suyos y, por lo tanto, llenos de fortaleza
prestada, porque somos hijos del padre más poderoso que se pueda imaginar, y más lleno de Amor" (Del Padre, cn VII-1975, p. 28); es decir, un medio indispensable
para hacer el Opus Dei en el mundo, siendo nosotros mismos Opus Dei.
Con la naturalidad
con que el agua mana de una fuente, el
Espíritu Santo las hizo brotar de la fecunda vida interior de nuestro amadísimo
Fundador: "El me dio a mí los medios concretos
para ser santos en nuestro camino del Opus Dei, y la Iglesia
aprobó esos medios" (De nuestro
Padre, cn II-1968, p. 7), que ya son inalterables:
"En la vida nuestra el camino está perfectamente señalado: no hay nada
que no esté ¡esculpido!" (De nuestro Padre, cn X-1957, p. 6).
Son cosa de
Dios, y por ello todas son importantes e insustituibles;
forman un conjunto maravilloso; en ellas "hay una continuidad perfecta;
tienen relación una con otra; están armónicamente concatenadas"
(De nuestro Padre, Meditaciones
IV, p. 240). De modo que discurriendo
por el cauce que constituyen las Normas de nuestro plan de vida, el alma alcanzará
las más altas cumbres del Amor de Dios, la
santidad de altar, que el Señor ha querido al
llamarnos a su Obra.
No cumplir una Norma, de suyo no es pecado; pero
podría llegar a serlo si sucediera por desprecio,
negligencia o tibieza en nuestro deber de tender a la santidad. En consecuencia,
si alguna vez los Directores dispensan
a un miembro de la Obra de el cumplimiento
de alguna Norma, o ha sido materialmente imposible cumplirla, "habéis
de entender todo esto como lo que es: una excepción obligada por alguna circunstancia extraordinaria;
no es dispensa de un deber oneroso, sino más bien
la incapacidad momentánea de recibir un beneficio. Cuando un médico dispensa
de comer a un enfermo por cierto
tiempo -para reponerse, por ejemplo de una infección-, indica también la conveniencia de
volver cuánto antes a la normalidad,
justamente para recuperar fuerzas" (De nuestro Padre, cn II-1968, p. 10). Las Normas
son, precisamente el alimento, "fuerza
para nuestras almas contemplativas" (De nuestro Padre, Meditaciones
IV, p. 240), que no son "plantas de invernadero",
han "de estar a todos los vientos, al calor y al
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frío. y a la lluvia y a los ciclones" (De nuestro Padre, cn VII-1955, p. 3).
"Con
esos medios divinos -con la vida interior, con las
Normas, con la presencia de Dios, con el amor a la Virgen.- podemos ir a buscar
en su ambiente a los peces que de otra manera no
vendrían a la red" (De nuestro Padre, cn VII-1962, p. 54).
"Las Normas son como el aparato de oxígeno
de la pesca submarina, para ser pescadores de almas. Si van las Normas,
podemos andar por ahí; si fallan, ¡a la barca
corriendo a reponernos!" (De nuestro
Padre, cn VII-1955, p. 3).
Son como el guante que se adapta
perfectamente a la mano, a cualquier
situación en el mundo. Como son lo primero, siempre hay tiempo de cumplirlas. "Hijas e hijos míos, si alguna vez el trabajo -aun disfrazado de celo
apostólico- os impidiese cumplir con
amorosa fidelidad las Normas de nuestro plan de vida, ya no estaríais haciendo el Opus Dei: lo vuestro
entonces sería obra del demonio, opus
diaboli" (De nuestro Padre, cn II-1968, p. 10).
En cambio
"puedo decir -asegura nuestro Padre- que el que
cumple nuestras Normas de vida -el que lucha por cumplirlas-, lo mismo
en tiempo de salud que en tiempo de enfermedad, en la juventud y en la vejez, cuando hay sol y cuando hay tormenta, cuando no le cuesta observarlas y cuando le cuesta,
ese hijo mío está predestinado, si persevera hasta el fin: estoy seguro de
su santidad" (ibid., pp.
7-8). "Un hijo de Dios en la Obra que cumple las Normas tiene la salvación asegurada"
(De nuestro Padre, cn XI-1960,
p. 25). Y de la superabundancia de su vida interior se alimentarán muchísimas almas.
Si alguna
vez en nuestro caminar perdemos el sentido de la
orientación, el guía, la señal que nos da el Norte, son las Normas. "¿Te acuerdas cuando andábamos, por
aquellas tierras de Europa Central? (...) Había
unos palos altos, pintados de rojo, para que cuando viene la nieve, haya un
punto de referencia y se sepa siempre donde está el
camino" (De nuestro Padre, cn II-1959, p. 56). "Y nosotros también tenemos unas señales
maravillosas, que el Señor nos ha dado: nuestras
Normas" (ibid.).
"Las
Normas se han de cumplir con puntualidad: Hodie, nunc;
fielmente, con delicadeza de amor. Y cuando se prevén dificultades, no se atrasan: se adelantan" (De nuestro
Padre, n. 28). La
oración, por ejemplo, "si alguna vez prevéis que vais a andar escasos de tiempo, es mejor adelantarla y hacerla, en
cualquier lugar; si es necesario en la calle,
en el tren, en el autobús, etc." (De nuestro Padre,
cn II-1968, p. 12).
10. Pero "para ser fieles no podemos contentarnos con cumplirlas, sino que hemos de tener afán de hacer
de cada una un encuentro más íntimo
con Dios, y de esta manera una unión más prolongada" (Del Padre, cn VII-1975, p. 26).
El cumplimiento de las Normas no
puede degenerar en el cumplo y miento (cfr. Del Padre, Carta IX-1975, n. 45).
"Vamos a ayudarnos unos a otros a cumplir
bien las Normas, con la corrección fraterna, rezando unos por otros, cooperando
unos con otros para convertir nuestras Normas en una filigrana de amor"
(Del Padre, Carta
VI-1975, p. 29).
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11. El Padre nos aconseja que comencemos y terminemos
cada Norma "con un acto de
humildad, invocando la asistencia de Dios Nuestro Señor" (Carta
IX-1975, n. 55). Acudiremos, pues, al Espíritu Santo, y, como es lógico, a nuestro
Padre, para que nos enseñe y ayude a
cumplirlas como él lo hizo en la tierra, como desde el Cielo espera que las cumplamos.
Vida en familia: caridad, cariño
La vocación
a la Obra nos hace partícipes de una misma gracia específica,
propia de los que han correspondido a esa gracia soberana de la vocación, que anima todo nuestro ser,
y hace que seamos "todos, una sola cosa,
y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de
apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad
de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar
todos unísonamente!" (De nuestro Padre,
Cuadernos 3, p. 58). Hasta el punto de que podemos exclamar con particular fuerza: unum
corpus muí ti sumus! (1 Cor 10,17). Nos unen vínculos más fuertes que los de la sangre. Estamos consummati in unum, formando un solo
corazón: una familia unidísima, encantadora.
"Formad
un solo corazón. Quereos como una madre a su hijo,
como un padre a su hijo, como hermanos, que sois más que hermanos" (De nuestro Padre, cn V-1973, p. 153). "Sentid en vuestras almas esta bendita fraternidad, que se traduce en quereros
de verdad, más que si tuviéramos la
misma sangre: que, además, la tenemos, porque somos
hijos de Dios, bañados y purificados por su Sangre misma,
y elegidos con idéntica vocación" (De nuestro Padre, Meditaciones
VI, p. 12). Nuestra caridad llega con intensidad divina -"el
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones" (Rom 5,5)- a todas las almas, pero especialmente
a los "que tienen el lazo de la
fraternidad, por ser hijos de una misma Madre, la
Obra" (De nuestro Padre, Cuadernos
3, p. 87).
"No tengáis miedo a teneros
cariño, pero sin familiaridades. Que os
queráis; sin ninguna cosa particular, que es de gente boba y mal formada" (De nuestro Padre, cn VIII-1962, p. 13). "Dejaos de
simpatías y antipatías; nosotros obramos sobrenaturalmente. ¡Quereos! ¡Quereos de verdad!" (De nuestro Padre, en VI-1969, p. 8). Con amor
que es cariño humano y sobrenatural, que pasa por encima de todas las
diferencias de raza, lengua, nación,
modo de ser, temperamento, carácter. y defectos. Los
defectos son "sombras que
realzan las luces que hay en vuestros hermanos" (De nuestro Padre,
cn IX-1972, p. 53); "si no son ofensa de Dios hemos de amarlos" (ibid.).
4."Somos
un rinconcito de la casa de Nazaret"(De nuestro
Padre, en II-1980,p.12); "a esa Familia pertenecemos" (ibid.)."Pertenecemos todos: Numerarios,
Agregados y Supernumerarios. Todos
formamos parte de este hogar. Y todos hemos recibido la misma llamada a llevar, dentro del alma, este
calor de la caridad de Jesucristo,
para comunicarlo al ambiente donde se desarrolle la vida en familia de cada
uno; es decir, a la sede material de
nuestros Centros o a la familia de sangre con la que conviven la mayor parte de mis hijas e
hijos" (Del Padre, ibid.).
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En consecuencia,
cualquier cosa de un hermano nuestro "debe ser -¡de verdad!- muy nuestra: el día que vivamos
como extraños o como indiferentes, hemos matado
el Opus Dei" (De nuestro Padre, en
II-1980, p. 29). Hasta el punto de olvidarnos de
nosotros mismos y "poner en el suelo el corazón, para que
pisen blando nuestros hermanos" (De nuestro
Padre, Cuadernos
3, p. 88). "¡Pues no es poco! Ahí tienes todas las delicadezas
que se viven en nuestros Centros, todo ese cuidado
de procurar fastidiarse cada uno para
hacer más agradable a los demás la entrega a nuestro Señor, y para quitarles
los obstáculos en su camino de santidad" (ibid.,
p. 92).
El trato humano
ha de desenvolverse siempre en un tono de cordialidad
y afecto: con "una extremada delicadeza en el trato mutuo" (ibid.
, p. 90); con "esa
politesse humana y divina que es
la caridad, el cariño" (ibid.,
p.92).
Celebramos
las fiestas de los de Casa -el cumpleaños o el santo-;
nos alegran sus cartas, que leemos en familia; procuramos conocer sus gustos para poder complacerles; nos interesamos
por sus ilusiones y trabajos; estamos
pendientes de su salud, de su bienestar, de su alegría. Y "aunque somos
pobres, nunca falta lo necesario a nuestros hermanos enfermos. Si fuese preciso,
robaríamos para ellos un pedacico de Cielo, y el Señor nos disculparía"
(ibid.,
p. 88). Evitamos que haya en nuestro porte exterior algo molesto, chocante o extraño,
que desdiga del aire de familia. Cuidamos
el horario del Centro, las reuniones de familia, las tertulias, pensando siempre en los demás.
Procuramos evitar palabras malsonantes, gestos o modos de pedir las
cosas poco delicados. Así las virtudes
humanas y sobrenaturales se entrelazan
maravillosamente; pulen y enrecian a la vez nuestra
personalidad: la
asemejan cada vez más a la de Jesucristo.
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